Opinión

Sobre “Atemporal” y el rol de los festivales en el Perú

2022-06-23
Por Claudia Arteaga

Profesora e Investigadora de cine documental peruano

coverImagen: Afiche Festival

La segunda edición del Festival Itinerante de Cine Latinoamericano – Atemporal arrancó el 17 de este mes en modalidad online a través de sus diversas plataformas digitales y en modalidad presencial en la ciudad de Cajamarca. A propósito de esta segunda edición que termina el 27 de junio (aunque las proyecciones virtuales, el 24), comparto algunas reflexiones –bien en borrador— sobre el rol que vienen cumpliendo los festivales en este contexto neoliberal de falta de apoyo estatal, programático y estructural, al cine peruano no comercial.

Atemporal surgió el año pasado por iniciativa de un grupo de jóvenes comunicadoras de Trujillo, en su mayoría mujeres, quienes se propusieron hacer de diversas ciudades del Perú “un punto de encuentro del cine latinoamericano de no ficción, buscando generar espacios de formación, visibilización y reducción de la brecha de género en el ámbito cinematográfico”. Asimismo, se propusieron “retratar temáticas sociales, políticas e históricas contadas por nuevas formas estéticas y narrativas que hagan memoria de resistencia en la región” (https://www.atemporalfestival.com/i/2/quienes-somos). En su segunda edición, con un equipo al que se han sumado comunicadores de la disidencia sexual, Atemporal consolida esa línea, de ser alternativa para el desarrollo y promoción de un cine que apuesta por una estética con enfoque social; esto es, forjado a la luz de preocupaciones que caracterizan el contexto de donde surge y al cual busca transformar de alguna manera. La apuesta en última instancia es por generar prácticas audiovisuales que brinden la posibilidad de transformar relaciones sociales a través de la centralidad de voces e imágenes usualmente relegadas en el imaginario nacional al terreno de lo que no importa o se percibe como ajeno.

Abriendo el panorama, tal vez el rol de estos activismos culturales (de Atemporal, de Corrientes, del Festival de Cine de Trujillo, entre otros) sea justamente de proveer, a través del visionario audiovisual y la experiencia misma del festival, formas de relaciones sociales que entren en contienda con una sensibilidad alimentada por un orden neoliberal, el mismo que precariza nuestra economía y banaliza la cultura. Como señala Laura Arroyo en un artículo publicado en NoticiasSer: “El neoliberalismo cría sujetos”, refiriéndose a que promueve en estos la validación de la mercantilización de todo hasta de los derechos, así como ridiculización de cualquier esfuerzo colectivo que busque algún tipo de emancipación o forma de repensar las relaciones sociales por fuera de la competencia tóxica y la lógica darwiniana del que solo el más fuerte sobrevive. Basándome en Verónica Gago, citada por Arroyo en su artículo, lo que tenemos en los festivales peruanos y en la labor incansable de sus gestores culturales independientes es una respuesta colectiva al efecto debilitador que el neoliberalismo ocasiona en la cultura, minando su función de regenerar un tejido social, evidenciar sus fracturas o reformularlo a través de la potencia creativa. La labor de los agentes festivaleros es hacer valer, en la breve duración de un festival, el derecho a la cultura, no solo facilitando un acceso gratuito a las obras programadas, sino también contribuyendo a la formación de productores audiovisuales, lo cual va a contracorriente del elitismo que caracteriza el acceso a una formación cinematográfica, mayormente reducida a técnicas y fórmulas establecidas para la satisfacción de un mercado. Regresando a Atemporal en este punto, uno de sus méritos, al ser formado por jóvenes, es que toma en cuenta trabajos de estudiantes. De hecho, una de sus dos secciones de competencia está dedicada a elles.

Asimismo, los festivales peruanos de estos tiempos ofrecen una plataforma de exhibición que, especialmente, un cine no ficción, de bajo presupuesto, hecho en modalidad de guerrilla o que no tiene fines comerciales, etc. no tiene porque simplemente no hay pantallas para exhibirlo (con excepción de salas universitarias o de centros culturales). Además, los festivales proveen de mecanismos de promoción de las obras, lo cual da prensa (la poca cultural que subsiste) y respaldo a nuevos realizadores que de otra manera contarían con una casi nula cobertura para la promoción de sus trabajos. Por último, algo en común entre gestores culturales y programadores es una atención a otro de los aspectos cada vez más debilitado en nuestros tiempos que es la memoria (tal vez el caso más palpable sean las muestras realizadas por Corriente el año pasado). Hablo de “memoria” a secas por lo que la sola palabra evoca en términos políticos y culturales, así como a un nivel íntimo y social. De un tiempo a esta parte, lugares públicos de memoria como museos, bibliotecas o repositorios archivísticos se encuentran en constante asedio, precarización o, como es el caso reciente del Archivo General de la Nación, en peligro de desalojo. Parece ser que ni los archivos institucionalizados se salvan de una desvalorización del pasado, que para el caso de memorias no oficiales se vuelve una borradura consciente de la historia. Ejemplos de esto último es la omisión en los currículos educativos de periodos históricos de lucha social, como el de las luchas campesinas y lo acaecido en la larga década de los 60. Solo para mencionar unos pocos casos. En su lugar, tenemos una narrativa común en donde la historia reciente del Perú pareciera empezar con la “vuelta a la democracia” en 1980. No es casual que documentales exitosos, como “La revolución y la tierra” (2019) de Gonzalo Benavente, y “Hugo Blanco, río profundo” (2019) de Malena Martínez Cabrera, constituyan impulsos archivísticos que a su salida despertaron el entusiasmo de un público amplio, aunque también el pánico en sectores conservadores que censuraron algunas de sus proyecciones.

En este panorama de indiferencia, olvido, negacionismo y censura no sorprende, entonces, que en el Perú no haya una preocupación mínima de parte del estado por tener un acervo audiovisual, en donde se recupere, preserve y se disponga para la investigación imágenes filmadas sobre el pasado. Sin embargo, esa falta de valor que en general se da la historia, clausurando cualquier tipo de aproximación crítica, lejos de calar en realizadores independientes, los más jóvenes sobre todo, ha motivado su curiosidad por indagar en archivos familiares y registros audiovisuales que ponen en duda lo conocido sobre el pasado y el presente. En esa línea, la tarea adoptada por un festival joven como Atemporal –que en esta edición tiene el título elocuente de “Raíces con memoria”— es motivar también intervenciones estéticas en estos archivos personales, familiares u otros no institucionalizados sobre una comunidad mayor. Como se puede apreciar en su programación, en los conversatorios organizados en estas dos ediciones (todos colgados o por colgarse en Facebook), el equipo del festival sigue la ruta de gestores, realizadores y activistas audiovisuales dentro y fuera del Perú, en su deseo por promover un rescate de las historias negadas, silenciadas o complejas de un país para pensarlas, intervenir en ellas, apropiárselas, darles una vitalidad para el presente.