Nacional

Hablemos de "Neoliberalismo”

Por Laura Arroyo Gárate

Comunicadora política. Directora del podcast “La batalla de las palabras”

Hablemos de "Neoliberalismo”Foto: Noticias SER | Luisenrrique Becerra

“La otra vez me encontré con una señora que buscaba en la basura. Y le decía “¿qué estás haciendo aquí?” Y me dijo “es que yo recojo la basura para comer”. La miré y le dije “Te felicito. Porque tú no te quedas quejándote y hablando mal del otro que sí tiene, quejándote de tu vida. Tú sales y haces y lo logras y sacas a tu familia adelante porque me contó que tenía muchos hijos…Aplausos por esas personas que no se quejan.
(Fiorella Cayo - Diciembre 2016)

Generalmente, cuando pensamos en la palabra “neoliberalismo”, creemos que hace alusión a un modelo exclusivamente económico y, por tanto, que quienes no somos economistas o eruditos en la ciencia de los números -algo también inexacto, por cierto- no tenemos nada que decir. Y aquí está una de las primeras victorias de una palabra que hace alusión a un proyecto que excede completamente las sumas y las restas. Tal vez no lo sepas pero el neoliberalismo está pronto a cumplir un siglo desde aquel lejano 1938 en que un grupo de discretos intelectuales acuñó el “neo” para distinguirse de los liberales de viejo cuño y dar inicio a un nuevo pensamiento.

Hay quien puede creer que este nuevo pensamiento es fácilmente traducible en las coordenadas de lo que hoy entendemos por “neoliberalismo”. De ahí que se crea que esta doctrina, proyecto o modelo apuntan a acabar con la presencia del Estado para poner a los mercados en el rol protagónico y medular de nuestros sistemas. Esta concepción del “neoliberalismo” está muy extendida pero resulta inexacta. El trayecto histórico nos demuestra que, en aquellos años 30, la apuesta nunca fue por acabar con el Estado, sino por torcer lo que el Estado debía significar. De hecho, en aquella década, el “neoliberalismo” surgía de una crisis en la que la noción del laissez faire había demostrado todos sus límites. La apuesta entonces era por tener un Estado fuerte, sí, pero que se encargase de salvaguardar los mercados y de garantizar que rentistas y capitalistas no se vieran en la incertidumbre para poder desarrollar sus negocios y proyectos con un aval respecto a la acción estatal. Querían garantizar que no habría intervencionismo fiscal ni monetario ni proteccionismo comercial, etc. Toda una garantía, sí, pero ¿para quiénes?

Podríamos decir "de aquellos polvos estos lodos". ¿Cómo explicamos si no que durante la pandemia, préstamos estatales como fue el caso de “Reactiva Perú” fueran recibidos mayoritariamente por aquellos que repiten a diestra y siniestra que el Estado no debe meterse y que los mercados no deben ser regulados? Pero en crisis, no dijeron ni “pío”. No solo gozaron de estas medidas excepcionales, sino que además lo hicieron mayoritariamente pese a contar con espaldas más anchas que otros comercios menores para enfrentar la pandemia. Lo dicho: el “neoliberalismo” que apuesta por señalar al Estado como un problema desde su protagonismo en la regulación económica, política, social, etc. en realidad no busca acabar con el Estado, sino torcer su acción para que ésta se limite a garantizar que los mercados se muevan a su antojo.

Si bien el “neoliberalismo” en términos históricos hace alusión a la corriente que inició en la década de 1930, lo cierto es que se le define sobre todo como el periodo en que se hace hegemónico, a partir de los años 70. La doctora en ciencias sociales y autora de La razón neoliberal, Veronica Gago, apunta a definirlo como “la forma contemporánea del capitalismo” y nos recuerda que el capitalismo requiere siempre -y lo logra- reciclarse y reformarse para subsistir. El “neoliberalismo” fue la forma en que logró hacerlo tras la crisis de los 70. Y desde entonces habitamos en este modelo que apunta a perpetuarse a nivel mundial.

Los límites del neoliberalismo los conocemos bien. La pandemia se hizo cargo, de manera sangrante, de evidenciar todas las costuras de un modelo que profundiza desigualdades y que generó que mucha gente muriera no por un virus, sino por ser pobre. No por falta de vacunas, sino por las condiciones materiales que les impedían pagar una cama UCI o acceder a un balón de oxígeno. Y estas desigualdades son característica inherente del modelo neoliberal que logró, entre otras cosas, que el debate en el peor momento de la pandemia fuera “¿economía o salud?”. Un debate perverso que nos habla de lo que realmente gatilla este modelo: un individualismo tóxico.

Para Gago, además, hay un detalle fundamental relacionado al modelo neoliberal en nuestra región. Si bien el neoliberalismo es hegemónico a nivel mundial, no se puede obviar una característica de origen de este modelo en países de América Latina. Tanto en el caso chileno, argentino como peruano, el neoliberalismo vino de la mano de fuerte represión estatal, violación de los derechos humanos, limitación feroz de las expresiones de resistencia o insurgencia, etc. En suma, de periodos totalitarios -en su mayoría militares- que son su seña de identidad. Pensar en el Fujimorismo supone no solo pensar en la dictadura en términos de derechos y libertades recortadas, sino en la foto completa que supone también pensar en el modelo que implantó tanto a través de una Constitución que así lo avala como de políticas culturales y económicas que apostaron por construir otra subjetividad que guíe la interrelación de peruanos y peruanas. Una subjetividad del individualismo competitivo, del peruano miloficios, del emprendedurismo superviviente y, a la par, de demonización, fractura y terruqueo de las expresiones colectivas de lucha como son los sindicatos, los movimientos sociales, las organizaciones de la sociedad civil, etc. El neoliberalismo cría sujetos desde esa forma de concebirnos que nuclea nuestras relaciones entre pares de aquellas individuales maneras. En efecto, no se trata solo de un modelo económico.

Pero si no es sólo un modelo económico, ¿qué es? Para Sánchez Cedillo la clave tiene nombre: un proyecto antropogénico. Esta apreciación resulta precisa pues permite entender los alcances de un modelo que no tiene como finalidad sólo definir las relaciones entre estado y mercados, sino la construcción de un tipo de sujeto que dentro de estas lógicas sea también el mejor defensor de este modelo. De ahí que Sánchez Cedillo apunte a hablar de un modelo que modifica la condición humana a partir de una operación de Estado. Esta modificación permite la creación del homo economicus que surge del quiebre de lo común y la interdependencia para dar paso a un momento de mercantilización de todos los intercambios. De este modo, el neoliberalismo ha construido una caligrafía propia que enaltece a los individuos por sobre los o las ciudadanas, que aplaude la competencia del yo por sobre la unidad de los varios, que penaliza las luchas colectivas y aplaude el “no te quejes” de la cita recogida al inicio de este artículo. Un modelo que construye una subjetividad distinta donde el individuo vale en la medida de la riqueza que produce y que, si no la produce, resulta tolerable en la medida en que no se queje y no si reclama por la injusticia que supone que mientras un 1% de privilegiados pueden disfrutar de derechos, un 99% deba callar no poder acceder a ellos.

Y aquí está la clave de la victoria y por tanto, de la perpetuación de la hegemonía del neoliberalismo. Que no es un modelo económico al cual se le pueda responder con data objetiva únicamente. Esto sería fácil y tal vez otra sería la historia hoy tras la pandemia. La clave está en que desde la caligrafía de este sistema, hemos sido criados para ser los mejores defensores de aquel modelo que nos condena a la supervivencia. No se entiende de otro modo el éxito simplón de frases como “el pobre es pobre porque quiere” o, de la ya mencionada Fiorella Cayo aplaudiendo a una señora por comer basura sin quejarse. ¿Qué clase de sociedad construye el “neoliberalismo” que no es capaz de apostar por un mínimo de empatía entre seres que somos iguales? ¿Es una muestra de amor decirle a alguien en la miseria que está bien que no se queje? ¿Dónde ha quedado el valor de lo común y lo colectivo que logró derechos a nivel mundial y que sigue siendo la única forma de alcanzar victorias por la igualdad?

La alternativa por tanto ha de venir no sólo de la data objetiva. Como bien señala Sánchez Cedillo, lo peor del neoliberalismo no es sólo su despliegue de cifras del horror de la desigualdad o la mediocridad en materia de las cifras macroeconómicas como si estas describieran realmente la realidad de los países; sino la construcción de un modelo que fractura la interdependencia de los sujetos condenándolos al aislamiento desde el cual cualquier tipo de emancipación resulta imposible o, cuando menos, mucho más difícil. El neoliberalismo es aquel modelo que ha generado la mayor desigualdad de rentas a nivel mundial de la historia de la humanidad porque nunca tan pocos tuvieron tanto ni tantos tuvieron tan poco y aún así, no somos capaces de construir alternativa porque los puentes entre los sujetos que pudieran hacerlo están también quebrados.

Ahora bien, para no acabar este texto con ánimo frustrado, lo cierto es que tenemos poco tiempo para ver la urgencia de esta transformación. El neoliberalismo como modelo hegemónico no es sólo un riesgo por las desigualdades que ocasiona, el obstáculo contra la justicia social o el quiebre del bien común como horizonte. Hoy en día el neoliberalismo es también la mayor amenaza a nuestra propia supervivencia pues nos estamos jugando literalmente, el planeta. El único que tenemos. Y por ello, el tiempo apremia.

Como señala Gago, desde los movimientos feministas se vienen poniendo sobre la mesa los análisis más interesantes sobre alternativas al neoliberalismo pues uno de los ternos de batalla sobre los que el neoliberalismo avanza hoy es el de la reproducción social. Esto tiene que ver con la privatización y financiarización permanente de los ámbitos clave de la reproducción social como son el alimento, la vivienda, la salud o la educación. Y es desde ahí desde donde podemos construir nuevas formas de resistencia.

No obstante, si has llegado hasta aquí, sabrás que esto será imposible desde el individualismo que opera siempre en favor de quienes oprimen. Como decimos siempre las feministas “solas no podemos, juntas sí”. Tal vez nos toque recordar que no hay victoria, ampliación de derechos o cambios estructurales que se hayan logrado desde el individualismo. Salir de un modelo destructor de lo común y perpetuador de la precariedad supone empezar por el comienzo: quebrar el tipo de sujeto que construye en cada uno de nosotros y nosotras. Y, tal vez, desde ese punto de partida, ya hemos hecho bastante por ponerle punto final.

Estas reflexiones son producto del octavo episodio del podcast “La Batalla de las palabras” que pueden oír completo aquí

Spotify: https://open.spotify.com/episode/4ZqztOkouScsWJJReq8Woi?si=bHRZ_eUCQLO-UmgUF-v_5w

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