Opinión

Chimbote: absurdo y crisis de nuestra identidad

Por Augusto Rubio Acosta

Escritor y gestor cultural

Chimbote: absurdo y crisis de nuestra identidadFoto: Radio Santo Domingo

La polémica que se ha generado en la población de Chimbote, tras la instalación de un árbol navideño metálico e iluminado de 15 metros de altura sobre la cima de la Huaca San Pedro (sitio arqueológico ubicado a escasos minutos de la Plaza de Armas), es un asunto que debe ser analizado desde múltiples aristas. Más allá del atentado cultural que la invasión del espacio intangible y patrimonial representa, del histórico abandono en que se encuentra el monumento, así como del aspecto normativo y jurídico en que se verán envueltos quienes resulten responsables, el tema que me permito revisar en estas líneas se circunscribe a su vinculación con el absurdo y con la grave crisis identitaria de quienes habitan esta tierra.

¿Estamos en condiciones los chimbotanos de responder preguntas respecto a nuestra propia individualidad?, ¿sabemos quiénes somos, que nos gustaría ser o qué deberíamos ser en el futuro?, ¿somos conscientes que la construcción identitaria es una tarea individual, pero a la vez social?, ¿qué es lo que valida lo que somos y nos permite construirnos e identificarnos como sociedad o grupo humano?, ¿qué mirada tiene el otro sobre nosotros y sobre sí mismo?, ¿cuál es la imagen social que pretendemos proyectar?, ¿somos conscientes que la construcción y revisión de nuestra identidad no es una tarea que podamos -en algún momento- dar por finalizada, sino que irá reapareciendo y modificándose según los diferentes momentos vitales que nos toque experimentar como individuos y los eventos históricos que nos toque vivir?

La respuesta a estas preguntas está en los miles de comentarios y reacciones que la ciudadanía ha tenido respecto a la instalación de la mal llamada “obra de arte” en la cima de la Huaca San Pedro, los mismos que de manera abrumadora justifican el atentado al monumento histórico y están vinculados al absurdo. Habitar Chimbote es un absurdo, en consecuencia; carece de absoluto significado pensar y fomentar cultura y desarrollo social desde un espacio territorial en el que la ciudadanía es indiferente a las interrogantes del párrafo anterior y a las más elementales preguntas existenciales. ¿Qué distancia existe entre la búsqueda de un sentido por parte de algunos seres humanos y la absoluta indiferencia de las mayorías ante esta cuestión?, ¿para qué buscarle significado a un hecho que simplemente no lo tiene?

Hubo un tiempo en el que muchos, desconcertados ante los vertiginosos cambios originados por la erosión del Estado, la globalización y la pérdida de soberanía territorial y de legitimidad del gobierno en el ejercicio de su poder ante sus representados, dirigimos nuestra mirada hacia la ciudad como última esperanza en términos de creatividad, solidaridad y construcción identitaria. Hubo un tiempo en el que pensamos que la densidad de relaciones y la defensa de los bienes comunes era posible desde la participación de los vecinos y de las comunidades que habitan los barrios.

Hubo un tiempo en que creímos que, desde el espacio intercultural, la lucha por la justicia social tenía más posibilidades junto a la forja de nuevas identidades y sentimientos de pertenencia que las grandes mayorías albergan alrededor de los barrios, de sus espacios de vida. En el pueblo joven San Pedro, en las inmediaciones de la huaca, entre sus pobladores y en la mayoría estamentos sociales del puerto, esto no es posible hoy en día. Es lamentable, pero es así; la construcción de la identidad de los chimbotanos como ciudadanos a partir de su participación en los ⁠asuntos de la polis, ha quedado evidenciada en los múltiples pronunciamientos, comentarios, voces, insultos y amenazas, que se han levantado para defender -con fetichismo exacerbado- el armatoste navideño instalado sobre la cima de un espacio histórico e intangible.

La crisis identitaria en Chimbote está asociada a la educación y a la pobreza, a la corrupción y exclusión social; por eso estamos como estamos. El desprecio a los paisajes culturales históricos sobre los que descansan nuestras raíces e identidad cultural, es una desgracia contemporánea que debemos combatir al costo que sea.