Opinión

Tiempo nuevo

Por Ronald Vega-Pezo
Tiempo nuevo

Cansado de lidiar con socialistas que nada socializan y comunistas amantes de los autos último modelo, Julio Dalton abandonó la política para dedicarse al comercio de cartas pokémon. Contrario a lo que podría pensarse, se trata de una actividad, aunque rentable, riesgosa y poco reconocida. El aumento preocupante del mercado negro aunado a las falsificaciones cada vez más profesionales, hacen de esta tarea un asunto de gentes en extremo prevenidas, desconfiadas; personas capaces de pasar desapercibidas entre desesperados sabuesos y andar silbando un tango frente a un contingente de policías nerviosos. Se trata, qué duda cabe, de un negocio peligroso.

Como en todo rubro, entre quienes comercian con estas cartas existen clasificaciones. Los hay de baja estofa, vendedores al menudeo que ofrecen a incautos escolares, en las puertas de las escuelas cartas de dudosa procedencia, vendidas a precios que harían llorar de risa al más desprevenido conocedor. Pillos que ante el alza progresiva que experimenta el mercado de estas cartas no dudan en venderlas falsificadas. Luego están quienes frente a la posibilidad de labrarse un futuro prometedor, se toman el asunto un poco más en serio y abren una cuenta en alguna red social para publicar fotos de sus productos. Al cabo de un tiempo logran hacerse de una poco menos que envidiable cartera de clientes, conformada en su mayoría por amas de casa que aterradas ante la insistencia de sus hijos, que en muchos casos no dudan en amenazarlas para obtener la carta que necesitan, utilizan las redes para hacerse de algunas a precio razonable. Finalmente están los de alto vuelo. Silenciosos y solitarios, cuentan con un proveedor oriental que los mantiene al tanto de nuevas apariciones, ediciones especiales y toda suerte de novedades del universo pokémon, lo que les permite satisfacer en tiempo récord, las demandas de la más exigente clientela en las principales ciudades del mundo occidental. Valga la pena recordar que en los últimos meses una sola carta fue vendida por una cantidad no menor al medio millón de dólares.

De este último grupo Julio hace parte.

Lustrosos zapatos de fino cuero, el terno reluciente, la camisa que de tan blanca resulta ofensiva a ojos de cualquier mortal y el infaltable maletín piel de lagarto, móvil caja fuerte con sistema numérico de seguridad, Julio Dalton camina por alfombrados pasillos de hoteles cinco estrellas en busca de la habitación en que se alojan millonarias familias que han cruzado el océano en viaje de turismo en el que entre tour y tour, aprovechan para dar una pequeña sorpresa a alguno de sus hijos. Así, entre brindis de alegría con tragos de inimaginables precios que él nunca paga, Julio ha logrado adquirir notable prestigio en el mundo del alto comercio de cartas pokémon, convirtiéndose en poco tiempo en un indispensable para ciertos adinerados compradores.

El día de su primera entrega internacional, durante una escala en el aeropuerto de Madrid, alguien lo llama por su nombre. Al voltear reconoce de inmediato a Camilo Prados, viejo amigo de sus épocas de militancia, manifestaciones y conciertos pro fondos, que lo saluda efusivo buscando el abrazo de años que Julio evita con suave determinación por temor a que le arrugue el terno. Camilo lleva zapatillas, jean gastado y chuspa en bandolera sobre una camiseta roja con la imagen del Ché en negro. Si por lo menos Biko, Malcom X o Lumumba o Sankara, hasta Mandela, pero no, tenía que ser el Ché, siempre el Ché, piensa Julio, todo un hijo de Wall Street, mientras ensaya una sonrisa de circunstancias. Emocionado y con cierto tufo de orgullo, Camilo cuenta que acaba de participar en un encuentro internacional contra el cambio climático. Otro que se pasó al ecologismo, rumia Julio en su interior acariciándose el nudo de la corbata. Tras mirarlo con detenimiento, Camilo le pregunta a qué se dedica. Julio, serio y sin inmutarse

-Vendo cartas pokémon

Camilo está seguro que Julio no dice la verdad. Sabe de antiguos militantes desencantados que desaparecieron del circuito de un momento a otro para terminar convirtiéndose en espías al servicio de potencias enemigas, y que para disfrazar su verdadera actividad se inventan impensables oficios. Camilo sabe que Julio lo pasea y que en su maletín, en lugar de esas cartas, lleva documentos secretos sobre armas químicas o tecnología militar.

En ese preciso momento aparece el proveedor oriental de Julio Dalton, un surcoreano ágil y bajito de nombre Kim-Won-Park, que ha venido a buscarlo para darle de viva voz las últimas novedades del mercado, pues las comunicaciones se tornan cada vez menos seguras. Al verlo, Camilo confirma sus sospechas. Julio se despide cortés y tajante, no sin antes enviar saludos a los antiguos compañeros, a la gente, dice. Camilo, mirada lacrimosa, con la nostalgia de los años anudada en la garganta vuelve a llamarlo

-Julio

-Qué

-...vamos todavía!