Opinión

Tiempo antiguo

Por Ronald Vega-Pezo
Tiempo antiguoFoto: www.istockphoto.com

I

El abuelo se llamaba Lenin, apellidaba Castro y era de derecha. Nunca conocí hombre más malo. Amaba la música rusa y el alcohol fuerte. Cada domingo sus hijos llegaban desde distintos puntos de la ciudad para el almuerzo familiar, especie de secreta liturgia de la cual era oficiante. Dominaba la mesa como un anciano rey medieval. A su derecha la abuela, seguida por los nietos en orden de edad, y a su izquierda sus siete hijos comenzando por mi padre, el mayor, tía Margarita al medio y al extremo el tío Julio, quien por entonces, mala idea, vivía con él.

Era tal su falta de confianza que jamás intentó siquiera comenzar una carrera o aprender oficio alguno, decidiéndose desde muy temprano a trabajar como operario en una fábrica textil, a pesar de los esfuerzos de sus padres y hermanos para convencerlo de lo contrario. Lo intentaron todo, incluso mandarlo a estudiar al extranjero, sin resultados; al tío Julio no solo le gustaba su trabajo sino que con el tiempo terminó por incorporarse al sindicato de la fábrica, en el que solía ocupar puestos de importancia que continuamente lo tenían entre despidos y reposiciones, según el fluctuante humor de la patronal.

Tía Margarita era el equilibrio. Siempre cerca de la abuela, se encargaba de los cuidados de la casa y de prepararlo todo para el almuerzo dominical, para lo cual llegaba la víspera a instalarse en la misma habitación que ocupara desde la infancia hasta el momento en que decidió abandonar la casa para hacerse monja. Era sin duda la preferida de los abuelos y gozaba del respeto y cariño de sus hermanos, al punto que ninguna decisión familiar se tomaba sin antes conocer su opinión. No era el hábito lo que le confería esa autoridad tanto como su carácter, seco y siempre directo.

II

El primer y único ejemplar de Prensa Obrera que apareció en casa del abuelo desató un vendaval de emociones encontradas entre los miembros de la familia. Fue un domingo a la hora del postre. La abuela, que cuidaba del viejo Lenin con amor de madre, aprehensión de esposa y disciplina espartana, apareció trayéndolo entre pulgar e índice como si tomara una rata por la cola, y lo puso frente a los ojos del anciano que con solo verlo comenzó a agitarse y enrojecer. Papá dijo que no era para tanto, que vivíamos en democracia y había que defender la libre circulación de ideas; sus hermanos eran de opiniones divididas, no faltó uno que levantó la voz, otro que acusó a aquel de fascista, alguien que recordó a la madre de Marx y otro que, mirando a tía Margarita, despotricó contra la Inquisición y el Papa; todo mientras el abuelo, que pretendía decir algo, parecía atorarse con sus propias palabras. Nosotros, que no entendíamos nada, aprovechamos la barahúnda para lanzarnos trozos de tarta ante la furibunda e inútil mirada de la abuela, que nada podía frente a todo aquel nieterío descontrolado. Hasta que, como impulsada por un resorte, tía Margarita se puso de pie haciendo sonar los tacos, barrió a todos con la mirada, lanzó un par de improperios grueso calibre y abandonó el comedor. Tío Julio, recogiendo del suelo el ejemplar, también salió. Los postres se terminaron en silencio, nadie tomó café.

Algunas semanas después del hecho, mientras escuchaba Una noche en el Monte Pelado de Músorgski y con varias ginebras encima, el abuelo moría solo en la sala de su casa. Cuando la abuela lo vio no gritó ni dijo nada, fue hasta la habitación, sacó una sábana y cubrió el cuerpo, luego llamó a tía Margarita para darle la noticia y pedirle que avisara al resto de la familia; hecho esto, regresó a la sala y tras tomarse un calmante se acomodó en el sofá, solo entonces soltó el llanto.

III

Tras la muerte del abuelo los hermanos se perdieron el rastro, solo tía Margarita acompañó a su madre hasta sus últimos días. Pasados los años supe que había colgado los hábitos, adquirido el vicio del tabaco y que terminó por instalarse en casa de los abuelos, donde envejecía tranquila entre habanos y lecturas hagiográficas. Un día fui a visitarla, quise saber sobre el tío Julio y sacó unas cartas escritas con letra apurada desde impensables lugares. Le pregunté si podía quedarme con algunas, me miró en silencio, posó suave una mano sobre mi brazo y con la otra me rodeó la espalda dejándome sentir su cuerpo enjuto, luego acercó su cara hasta casi pegarme los labios a la oreja y arrastrando sus palabras, con enronquecida y débil voz de anciana fumadora y desdentada dijo

-Ni cagando

Tentado estuve de meterle un empujón ahí mismo y salir corriendo cartas en mano pero me contuve, respiré y terminé por aceptar la negativa.