Opinión

Reflexiones electorales de un liberal irónico

2021-07-20
Por Daniel Salas
coverTwitter Arturo Ayala

La literatura contemporánea suele mostrarnos que hay un desarreglo, un desajuste, algo que no anda bien en el mundo en el que creemos vivir. Como si el mundo estuviera mal hecho, y las cosas más cotidianas padecieran de un error que no logramos entender. Los cuentos de Cortázar o de Saki me dejan este sabor no en la boca sino en el pensamiento. En la literatura arcaica, todo encaja y las aventuras del héroe cobran sentido. Tienen un por qué que se comprende hacia el final.

Para cuestionar la teoría de la acción Weber (y cuestionar a un gigante no es cualquier cosa), Schutz argumentaba que el sentido de la acción solo puede ser percibido por el observador cuando éste ya ha acabado. El ejemplo que usa Schutz es el de un leñador. Observamos su acción a través de una secuencia de actos (acción no es lo mismo que acto en la sociología de Schutz) y podemos ir realizando hipótesis: “está cortando un árbol para ampliar el terreno” o “está buscando madera para calentar su hogar” o “trabaja para una compañía maderera”. Su verdadera finalidad es cobrar un salario. El sentido se descubre y concreta una vez que termina el hecho. Y esto pone en cuestión la definición clásica de Weber sobre la acción como “todo acto humano adherido a un sentido”.

Pero para el agente ese problema del sentido como algo que se adjunta a lo acabado no es muy distinto del observador. El leñador puede sufrir un accidente y considerar ese hecho como un anuncio divino o del destino (“no debo cortar árboles”, “he perdido mi destreza”) o puede no ser retribuido por el empleador (“he sido estafado”, “mi esfuerzo ha sido en vano”). Los sentidos del observador y del observado tienden a coincidir si ambos conocen las consecuencias de los hechos pero que tiendan a verse de manera similar como hechos sociales no quiere decir que el observador pueda reproducir con exactitud la experiencia subjetiva del otro que cumple el papel de observado.

En el principio de este comentario puse a Saki y a Cortázar como ejemplos de lecturas que nos pueden hacer sentir no tanto que hacemos las cosas mal, sino que el mundo está mal hecho. Pero esto es propio de la literatura moderna. En ella, no todo tiene sentido. Siempre hay cabos sueltos que nos indican que el mundo es imperfecto y, a pesar de ello, nuestra mente opera de manera arcaica: queremos que todo tenga sentido. Pero el mundo no está hecho para darle sentido a nada. Es nuestra mente la que ha desarrollado la capacidad, muy útil pero también peligrosa e ilusa, de que todo debe tener un sentido. Cada acto se dirige a una acción que le confiere su racionalidad (ese es uno de los grandes aportes de Weber) pero la cadena de actos puede llevarnos a un final inesperado y, por tanto, puede ser incomprensible.

Yo veo al Perú de hoy como un país triste porque la sucesión de actos de millones de agentes nos ha llevado a un punto difícil de comprender y sobre el cual no hay un sentido previsible. Esto también lo entrevió Schutz: no hay ni puede haber historia del presente por la sencilla razón de que no sabemos en qué acabarán los hechos. La historia, insiste Schutz, no tiene leyes. Avanza sin que sepamos hacia dónde se dirige. Aquello que creemos que será (estas ideas ya son mías, no de Schutz) son la esperanza o el apocalipsis, el inicio de algo nuevo o el fin del mundo en que estábamos acostumbrados a vivir. Pero eso no es historia sino una apuesta hacia el futuro.

Los gritos pasionales, las amenazas violentas, la insistencia férrea en falsedades, así como los entusiasmos exacerbados y las proclamas de redención, son reacciones esperables frente a un panorama de profunda incertidumbre. El escéptico o, lo que yo llamo, el liberal irónico (la manera en que me defino) observa estas reacciones como fenómenos a analizar, pero nunca a ejercer. Sé que, en el largo plazo, el mundo será mejor. Pero no sé qué si lo será en el corto plazo. Sí, paradójicamente, el liberal irónico puede predecir con más certeza el futuro de aquí a cien años que el presente más próximo. Norbert Elias sostuvo que debemos vernos como bárbaros tardíos más que como civilizados tempranos. Porque mucho de lo que no podemos comprender ni controlar ahora (las guerras, los fundamentalismos, el crimen) lo entenderemos y lo controlaremos en el futuro. Pero el futuro no es hoy. Atravesamos una crisis cuyo sentido no podemos comprender y cuyas consecuencias no podemos predecir. Ideas que consideraba superadas como los nacionalismos, el racismo, los extremismos de izquierda o de derecha brotan de nuevo como males no superados.

Y mientras esto ocurre en el microcosmos que es el Perú, en otros lugares muy apartados de lo mundano, ya existen desarrollos cibernéticos que permiten recuperar la vista, máquinas complejas que permiten al cerebro dar órdenes directas y descubrimientos médicos que recuperan las funciones del cerebro, así como órganos nuevos que sustituyen a los fallidos sin causar rechazo.

Es como si el mundo estuviese partido en dos. Por un lado, en una gran zona de conflictos incontrolables, compuesta por seres humanos incapaces de seguir la razón y su consecuencia natural que es la ética, y otros conformados por mentes, unas pocas, mentes brillantes que exploran el universo sin miedo a la verdad. Pero ¿cuánta verdad puede soportar un hombre? No lo sabemos todavía. Desde el 28 de julio nos enfrascaremos en una lucha absurda por el poder, una lucha mediocre, diminuta, comparada con el avance que, por otro lado, nos ofrecen la ciencia y la tecnología.

Referencias

Schutz, Alfred. (1932 [1962]). Phenomenology & Existential Philosohy. Northwestern UP.

Elías, Norbert. (1989 [1994]). Teoría del símbolo. Un ensayo de antropología cultural.