Opinión

“...pero es mi gobierno”

2022-08-19
Por José De Echave C.

Investigador de Cooperacción

coverFoto: Presidencia de la República

Cuentan las crónicas, que se vivían los últimos momentos del gobierno de Salvador Allende, en un clima de gran inestabilidad y los rumores de golpe eran cada vez mayores. Por entonces, Allende ya había sobrevivido al paro de octubre de 1972, a la huelga de los camioneros y al intento fallido del golpe de estado que lideró el teniente coronel Roberto Souper, el 29 de junio de 1973.

A pesar de toda la crisis política, económica y el desabastecimiento, en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, la Unidad Popular mejoró su votación. En medio de toda esta situación complicada, el 4 de septiembre de 1973 -apenas unos días antes del golpe de Estado-, Allende convocó a una marcha frente a La Moneda que resultó siendo multitudinaria. De esa marcha se recuerda el cartel que portaba un humilde poblador con el ahora famoso mensaje: “Este es un gobierno de mierda, pero es mi gobierno”.

Comentando el hecho, el periodista y analista chileno, Alfredo Sepúlveda , señala que en el Chile de entonces, fuertemente polarizado, la Unidad Popular ya no era simplemente un gobierno; no era simplemente una cuestión electoral; era también una cultura y un sentimiento que identificaba a casi un tercio de la población: “no es una cuestión de razón, porque la razón ya estaba fuera de órbita el 4 de septiembre del 73, ya no había razón en la política, solo quedaba sentimiento y pasión; y esa persona iba a ir con ese gobierno hasta el final”.

Teniendo bien presente las diferencias sustantivas que existen entre el Chile de Allende y el Perú de estos tiempos, nos atrevemos a plantear la siguiente interrogante: ¿algo de eso puede estar pasando en algunos sectores de la población peruana? Y no nos referimos necesariamente a las recientes reuniones que el presidente peruano ha tenido con varias organizaciones sociales en Palacio de Gobierno. Apuntamos, sobre todo, a las opiniones que recogemos desde los territorios que votaron mayoritariamente por el presidente Castillo, donde si bien le exigen que cumpla con sus promesas, al mismo tiempo saben perfectamente que los que nunca aceptaron la derrota electoral; los que apelaron a un fraude sin pruebas; los que desde un primer momento señalaron que iban a tumbarse ministro por ministro, hasta traerse abajo a todo el gobierno; y los que han insistido y seguirán insistiendo en la vacancia, desde diferentes tribunas, incluidos los medios de comunicación, están operando y lo seguirán haciendo, hasta lograr el gran objetivo.

Un periodista, desorientado por los resultados de una reciente encuesta, le decía a uno de sus habituales entrevistados -que estaba aún más desorientado-: nada de lo que ustedes han hecho está sirviendo: el presidente Castillo ha aumentado 5 puntos de respaldo en la última encuesta. En realidad, los mejores aliados del presidente Castillo siguen siendo sus enemigos políticos y la propia prensa. El hartazgo de sectores de la ciudadanía por las campañas y los sesgos que también muestran los medios de comunicación, es un factor que provoca que Castillo muestre en las recientes encuestas crecimiento en la propia Lima y en zonas del norte del país.

Pero a estas alturas, lo que también hay que tomar en cuenta en el análisis es la fuerte identificación de sectores importantes, en especial del interior del país que, por sobre todas las acusaciones y constataciones de lo mal que está gobernando, lo perciben como uno de los suyos, al que le están haciendo la vida imposible, precisamente por su origen, porque no forma parte del elenco estable de la política nacional y porque es rechazado por los sectores que siempre gobernaron. Las percepciones, la identificación y los símbolos cuentan.

Pero ojo, hasta aquí no más llegamos con las comparaciones. Ni Castillo es Allende, ni Perú Libre es la Unidad Popular. Allende nunca tuvo a un Bruno Pacheco que escondía dinero en el baño de Palacio o a algún otro personaje que negociaba favores políticos a cambio de coimas. Tampoco tuvo a un ministro como Silva o a sobrinos fugados, entre varias otras perlas que han colocado el manto de la corrupción sobre este gobierno.

Las diferencias son notorias, pero las identificaciones, las percepciones y los símbolos, no pueden ser dejados de lado en el análisis, sobre todo si queremos intentar descifrar los capítulos que todavía están por venir y los posibles desenlaces.