Opinión

No te metas con las peruanas, Fujimori, nunca más

2021-05-08
Por Violeta Barrientos Silva

Escritora y abogada feminista

coverLuisenrrique Becerra

Si hay algo que vuelve al fujimorismo insoportable es su deshonesta capacidad de invertir las cosas. No en vano es un populismo de derecha. Un populismo de derecha es aquel que, apoyado en las grandes mayorías, termina usándolas para el efecto inverso, es decir, en favor de una minoría que concentra el poder político y económico.

Las elecciones de 1990 fueron la primera muestra de esa habilidad fujimorista. El candidato buscado por el aprismo para ser la alternativa al shock neoliberal de Vargas Llosa, al llegar al poder terminó haciendo lo inverso, arrinconando a Alan García -que tuvo que huir del país para salvar su vida- e instalando el modelo neoliberal constitucionalmente.

En términos de las ciencias sociales, en la sociedad hay subalternos y hegemónicos, para referirse a las relaciones de poder que existen. En la sociedad peruana la relación de poder, parece no haber cambiado mucho desde la Colonia y ha hecho que nuestro país esté dividido, “no por el odio” sino por una realidad en la que Lima es el gran centro de la modernidad y el resto del país marcha a velocidad distinta. Las mujeres, los indígenas, afrodescendientes, los homosexuales, lesbianas o transexuales, son algunos grupos “subalternos” que no han ejercido a plenitud sus derechos desde la fundación de la República que este año cumple su bicentenario. Decir, enunciar, revelar, no quedarse callado/a sobre esta realidad es según el fujimorismo, “sembrar el odio”. Con ello, cual mandato dictatorial, intenta clausurar la posibilidad de oír otra versión distinta a su modelo de sociedad.

Para el efecto, pone en marcha su habitual mecanismo de inversión a cargo de un ejército de subalternos. Una congresista afrodescendiente, un periodista homosexual, que a la voz de “Al odio dile no”, salen a acallar no el grito de una actriz en un video, sino una masiva protesta que a caballo parece no detenerse más ante el viejo espejismo de las oportunidades perdidas o la política del miedo.

Al día siguiente, una segunda campaña pone a una serie de mujeres “del pueblo”, en defensa del fujimorismo. Anunciada desde la víspera por la alianza de Mendoza y Castillo, la ecuación es casi matemática: Mendoza ha dejado de lado sus luchas por el género y la diversidad sexual, que desde su machismo arcaico Cerrón o Castillo no quieren dejar pasar, y por lo tanto, el fujimorismo llevará adelante la revolución de las mujeres peruanas. Pues si ni Castillo ni Cerrón “llevarán a cabo la revolución de las mujeres”, tampoco lo hará la señora Fujimori quien solo recibe un poder delegado por su padre y hereda el mismo estilo oportunista que echa mano de las víctimas y de la subalternidad.

Durante su gobierno, Fujimori padre estuvo muy interesado en la educación sexual y el control de la reproducción, pero no por las mujeres mismas, sino para imponer un control reproductivo sobre cierta población “residual”. Tan es así, que ahora Fujimori hija, rechaza la educación sexual como tema público y el enfoque de género transversal a las políticas de Estado. A Fujimori padre le importaban las mujeres, para las que abrió espacios en el Estado, pero como clientela. Fujimori padre estuvo también preocupado en reclutar a familiares víctimas del “terrorismo” para ubicarlas en el pedestal de figuras públicas de su corte, del modo como en su pasado de rector elevaba a un conserje a autoridad universitaria.

No nos extrañe entonces la capacidad de multiplicar seguidores del fujimorismo, ya que no es una forma de hacer política sino de hacer transa. Y un país donde la gente puede hacer dos horas de cola por ahorrar un sol o merecer un táper, es un país desguarnecido donde el fujimorismo cree que hay mucho que cosechar. No nos extrañe oír en sus filas el discurso del mundo al revés y recubrir de “odio” la defensa que hace el débil de su propia dignidad. Pero lo inédito en esta ocasión, es que nunca antes el fujimorismo se enfrentó a un “subalterno” tan real y que desprovisto de mediadores en la clase política se alza hasta imponerle condiciones.