Opinión

Los nadies

Por Diego Abanto Delgado

Estudiante de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Los nadiesFoto: Presidencia de la República

Las autoridades no están jamás.Hace siglos que en el Perú no está nadie.

Redoble por Rancas, Manuel Scorza.

No sé en qué momento el país se fue al carajo. Resultaría difícil tratar de explicar ahora de qué forma se logra pasar de una extraña tregua a una normalizada violencia en cuestión de días. No sé en qué momento volvieron los videos de militares disparando, policías golpeando manifestantes, titulares terruqueando marchas, presidentes terruqueando ciudadanos. No sé si alguna vez se fueron realmente. Todo esto hace parecer que lo que venía ocurriendo frente a nuestras narices en cada conflicto social era solo una advertencia de lo que hoy vemos desatado en nuestro país en el más profundo desgobierno.

Tras el fallido golpe de Castillo leí mucho sobre el triunfo de la democracia peruana y sus instituciones. Ese republicanismo tribunero, intelectual y sordo que cree que la democracia se esconde tras las oficinas del Estado aplaudió la fortaleza de la democracia. Esa misma democracia que permitió que un grupo liderado por viejos blancos privilegiados -y en muchos casos, limeños- se creyera con la autoridad de negar un resultado electoral y mantuviera en vilo a todo un país por un capricho que reflejaba racismo antes que otra cosa, y tras ver negada esa voluntad se convirtiera en obstruccionismo disfrazado de fiscalización y lucha anticorrupción. Esa misma democracia que permite aún que un canal sirva de voz de resonancia del racismo, violencia y desinformación siga al aire porque “la libertad de expresión es un derecho”. Esa misma democracia que confrontada con la corrupción que corroe en sus instituciones prefiere singularizar el problema en individuos antes que aceptar que es algo más sistémico. Esa misma democracia que teme escuchar la voz de donde reside su principal fuerza: el pueblo. A mi entender, el golpe de Castillo no falla por la fortaleza de la democracia, falla porque quien lo dio no pertenecía al círculo que de alguna u otra forma ha monopolizado el poder durante décadas, sino siglos. Las instituciones no rechazaron la dictadura ni el autoritarismo, rechazaron de quién provenía.

Esto no significa que Pedro Castillo no cargue con ninguna responsabilidad. De hecho es uno de los principales responsables. No es solo que no lo dejaron gobernar, sino que él mismo parecía no querer hacerlo. Aún si la corrupción llegó a él o no, no quedan dudas que eligió rodearse de lo mismo que viene rodeando al Estado los últimos treinta años: corruptos e ineptos. Hoy, a través de cartas y mensajes en redes, pretende liderar una movilización cuyo hartazgo no le pertenece y recuperar un liderazgo del que nunca tuvo mayor interés esgrimir. Castillo no fue elegido por pura representatividad pero parecía canalizar la voz de los nadies, esos peruanos que veían la espalda de la clase política o las armas de los militares, pero jamás sus rostros. Sin embargo antes que atender sus demandas, eligió transitar por el mismo camino que sus antecesores pensando como suelen pensar tantos, que los pobres le pertenecían (Flores Galindo dixit).

Pero así como Castillo existe un segundo responsable: los congresistas de la República. Incapaces de escuchar a la población y con un cinismo digno del aplauso formaron una suerte de Asamblea Constituyente -esa que buscan detener- reescribiendo e reinterpretando la Constitución a su gusto, bajo la atenta mirada de nuestras buenas instituciones. Y fueron los mismos que, tras la vacancia de Castillo, corrieron a tomarse fotos, celebrando, posteando por todos lados la victoria de algo que habían anhelado desde el 28 de julio de 2021. No era la victoria sobre el autoritarismo, sino sobre ese “nadie” que había ocupado Palacio de Gobierno. No era un rechazo a la corrupción, sino a una que no les pertenecía o beneficiaba de modo alguno. Y en la misma línea se encuentran los medios de comunicación. Ambientados en un monopolio difícil de romper y sin mayores contrapesos, sus titulares pantanosos y tendenciosos acabaron cultivando una desconfianza que hoy termina de explotar en forma de violencia. No se puede negar que existió una alianza no tan tácita entre los medios de comunicación y el Congreso no para sacar a Castillo del poder, sino para humillarlo. No era una lucha contra la corrupción, sino contra Castillo mismo.

Pero por encima de estos tres actores y en tiempo record Dina Boluarte ha entrado al podio de la infamia. Una presidenta que hablaba en su discurso de juramentación sobre Arguedas y prometía luchar por los nadies es precisamente la que hoy representa desde la indolencia y el terruqueo el asesinato de los mismos. Antes que detener el estallido social ha decidido ponerse de espaldas y apoyarse en el Congreso y los grupos de poder para mantenerse en el poder hasta 2026. Al final su discurso como el de tantos políticos apuesta por una representación performática, por una política de las promesas vacías. Su reacción frente a las movilizaciones es de manual: primero fingiendo ignorancia, luego apoyando a las Fuerzas Armadas en la represión y finalmente equiparando la violencia de los manifestantes con el terrorismo. Anteayer, sus condolencias por las muertes no tenían nombre ni rostro. Esas muertes, para fines prácticos, eran pura estadística. Ni en eso Boluarte se separa de sus antecesores.

No puedo dejar de señalar como responsable del caos a la represión de una fuerza que defiende a los poderosos y deja expuestos a los indefensos. Hay quienes sostienen que así como existen malos elementos en las marchas, los hay en la Policía, pero creo que hay instituciones que no pueden permitirse tener malos elementos; simplemente no pueden. Esa lógica de las “malas manzanas” o “algunos malos elementos” es la misma que esgrimió Francisco Sagasti cuando se rehusó a llevar a cabo una reforma policial tras lo ocurrido en noviembre de 2020 y que desde entonces fue condenada al olvido. Las muertes de esos jóvenes llevan también su nombre.

Ahora, hay quienes prefieren centrarse en cualquier cosa (desde carros a vidrios rotos) antes que en las víctimas de este desgobierno. Bajo alguna lógica frívola que no termino de comprender es mucho más valioso un carro que una vida. No sorprende, pues, que se busque imponer el discurso del “la ley y el orden” para legitimar la violencia y represión con la que actúa la Policía, que se criminalice la protesta desde algunos medios de comunicación, que se terruquee a los manifestantes desde quienes hoy están en el poder, que se criminalice el hartazgo de un pueblo que no aguanta para más. Lo más triste es que un gobierno que decía representarlos es el que termina no solo no representándolos sino que opta por silenciarlos, reprimirlos y en última instancia, matarlos.

Durante los últimos días, he leído a muchas personas criticar por “marchar ahora” como si el país no hubiera estado en crisis durante los últimos meses. Pero esa custodia del “porqué y cuándo se marcha” es inútil y hasta frívola ahora. No importa lo que hicimos o no hicimos ayer, sino lo que hacemos hoy para construir un mejor mañana. Está en nuestras manos no solo detener el círculo de violencia sino buscar una salida que termine con este caos, tratar de construir un país donde los nadies dejen de ser asesinados y empiecen a ser finalmente escuchados.