Opinión

Los caminos de las izquierdas que ganan elecciones

2022-01-09
Por Carlos Reyna

Sociólogo

coverFoto @Luisenrrique Becerra/Noticias SER

El reciente triunfo de las izquierdas chilenas está siendo mirado por la gran mayoría de sus pares peruanas con una mezcla de alegría, admiración y con la inevitable pregunta sobre si algo semejante podrían lograr en nuestro país.

Pasa que, como se sabe, las izquierdas peruanas tuvieron buenos resultados entre 1978 y 1986, y algo regulares en las municipales de 1989. Recién en 2016 volvieron a tener un buen resultado. Estuvieron a punto de pasar a segunda vuelta con Verónika Mendoza, que tuvo el 19 % de los votos válidos.

El costoso triunfo de 2021 en Perú

En 2021, en medio de una fragmentación política realmente anómala, ganó la lista encabezada por Pedro Castillo. Una candidatura que le hizo un notable servicio al Perú, al impedir que el gobierno cayera en manos de un grupo de procesados por graves delitos. Pero nadie sabía cómo iban a gobernar Castillo y Perú Libre. Aun así se asumieron los riesgos y ahora, después de solo seis meses, ya sabemos que estaban muy poco dotados para esa tarea, especialmente por su pobreza ética.

Ese triunfo, entonces, fue bueno para el país, pero a estas alturas ya se ha convertido en un triunfo pírrico y demasiado caro para las izquierdas. Serán estas las que paguen la factura por las trapacerías de Castillo y Cerrón. Razón demás para que se pregunten, mirando a Chile, por los caminos que llevan a una buena victoria, no a cualquiera.

Los diferentes contextos de las izquierdas ganadoras en América Latina

Demás está decir que cada izquierda victoriosa en América Latina, ha tenido caminos y contextos propios, con distintos factores históricamente gravitantes para esas victorias. La izquierda chilena es muy singular con su larga tradición democrática y de participación electoral, incluso en el caso del Partido Comunista. La brasileña lo es también con la potencia de su clase obrera, que se ha manifestado cuando fue el soporte del laborismo de Getulio Vargas, y después el de Lula y el PT, los dos presidentes más protagónicos que ha tenido el Brasil en los últimos 100 años. En el caso de Bolivia, han sido singulares el arrojo y la fuerza organizativa de los mineros y campesinos, primero en la revolución de 1952 y los triunfos del MNR, y más recientemente de los cocaleros y los indígenas que auparon a Evo Morales y al MAS.

En el caso del Perú, cuando más cerca estuvieron las izquierdas de llegar al gobierno, fue cuando era una de las izquierdas más fuertes del continente, en la segunda mitad de los años ochenta, y aún imperaban Pinochet en Chile y la derecha en Brasil. Por ese entonces, hubo un momento en que las encuestas mostraron que Izquierda Unida tenía la mayor probabilidad de ganar en 1990. Pero la polarización inducida por la terrible violencia política y por los disparates económicos de Alan García llegaron a abrir fisuras en el liderazgo izquierdista y esa chance se pasmó. Pero igual fue cuando más cerca estuvieron y también cabría preguntarse cómo llegaron hasta ahí.

Los ciclos que no podrían saltarse en la construcción de las izquierdas

Pese a las diferencias de lo recorrido por las izquierdas victoriosas de Brasil, Bolivia y Chile, y por la izquierda peruana cuando más se aproximó a algo parecido, parecieran haber ciclos que se repiten en todos los casos y por los que tuvieron pasar para convertirse en fuerzas creíbles y potencialmente capaces de ganar no solo una elección, sino de formar gobiernos sostenibles.

Esos ciclos no se culminan de un año para otro. Tampoco solo en un puñado de años. Necesitan de un tiempo significativo que podría ser de diez o más años. Pero tampoco depende de cuantos años se tomen, ni de cuantas veces participen en elecciones, sino de qué hacen en ese tiempo.

Es obvio que de lo que se está hablando es de la construcción de partidos políticos que merezcan el nombre de tales. Manuel Alcántara, politólogo español, decía razonablemente que los tres elementos fundamentales de un partido eran: un programa de gobierno, una organización nacional, y una dirección cohesionada y leal entre sí.

Nada de eso puede construirse a la carrera. La lealtad y la visión compartida entre compañeras y compañeros se maceran compartiendo retos y venciendo dificultades en un tiempo medianamente largo, atravesando esos ciclos en los cuales, además del compañerismo, también se forjan el programa y la organización.

El ciclo de la implantación social

Un primer ciclo en cada uno de esos casos es el de la implantación social, el de construir vínculos con los sectores populares, los llamados clivajes, que le dan al futuro partido la savia no solo de la mirada política de esos sectores sino de sus culturas que son fundamentales para formular propuestas y formar liderazgos locales con proyección. Asumiendo sus luchas, construyen el arraigo que, bien cuidado, permitirá resistir los desafíos de los ciclos posteriores y expandirse hacia otros sectores.

Los primeros partidos socialistas europeos, que llegaron a ser de masas, tuvieron la adversidad no solo de estar impedidos de participar en las elecciones en sus inicios, sino incluso de estar perseguidos. Pero ese impedimento les sirvió para dedicarse de lleno a la organización social por un buen tiempo. Cuando les llegó la oportunidad de participar en elecciones, ya tenían redes más o menos extensas de organizaciones.

Ese primer ciclo de implantación social también ha sido visible en los caminos seguidos por la corriente de Lula y de otros que lo acompañaron en la fundación del PT, especialmente entre la clase obrera y las favelas brasileras. De hecho, Lula fue primero conocido como líder sindicalista que como líder partidario. Lo mismo Evo Morales y sus compañeros, como líderes cocaleros e indígenas antes que como líderes partidarios. Más recientemente, Boric y sus compañeros se forjaron primero como líderes universitarios de grandes movilizaciones. Después dieron el salto hacia el liderazgo partidario.

Históricamente, ese también fue el primer ciclo transitado por la izquierda peruana tanto en el caso del Apra originaria de Haya de la Torre, que primero fue un dirigente universitario que fue al encuentro de la clase obrera. Igual fue el caso del socialismo de Mariátegui y los suyos, que hicieron lo mismo. El Amauta incluso tomó una opción más de mediano plazo, menos apresurada que Haya, en aquello de la participación electoral. Proceso similar siguieron otras corrientes de izquierda latinoamericana.

Ocurrió lo mismo con las posteriores generaciones de izquierdas en América Latina y en Perú. Como la participación electoral siguió siendo restringida por varios lustros, la actividad militante consistía en la construcción de células en organizaciones populares. Eso pasó incluso con la llamada Nueva Izquierda de fines de los 60 y en los 70. Estimuladas por un contexto mundial de rebeldía juvenil, movimientos triunfantes de liberación nacional y por el propio clima de las reformas velasquistas, oleadas de nuevos militantes izquierdistas activaron o aportaron en la formación de esas organizaciones sociales

El ciclo de la construcción de la identidad programática e ideológica

Angelo Pannebianco, que ha estudiado procesos partidarios históricos, sostiene que este ciclo de militancia y arraigo en el mundo popular, coincide con el de la progresiva elaboración, definición e internalización ideólogica de los partidos y de sus militantes. Es el momento en que el incentivo para estos es el de adquirir una identidad política validada por sus vínculos con al menos una parte de la sociedad.

En el caso de la última generación de izquierdistas peruanos que recorrió ese ciclo entre 1968 y 1978, como no hubo elecciones en todo ese tiempo, pudo hacerlo durante una década completa, siendo el espacio de encuentro entre jóvenes estudiantes, obreros, jóvenes de barrios, campesinos e intelectuales, en prácticamente todo el país.

El ciclo electoral

Las cosas se dieron de tal modo que cuando ocurrió la elección para la Constituyente de 1978, las organizaciones de izquierda no eran muy grandes todavía, pero ya estaban lo suficientemente implantadas, forjadas y diferentes de lo que eran los antiguos partidos como para empezar el segundo ciclo habitual en los procesos de construcción partidaria, el electoral. Lo hicieron bien durante diez años, hasta 1988. Allí comenzó la declinación izquierdista peruana, pero si no se hubieran implantado tanto como en la década anterior, no hubieran llegado hasta donde llegaron.

El alto precio de quemar etapas y saltarse los ciclos

Ese primer ciclo de implantación social, organización, cohesión y construcción de identidad y lealtades partidarias básicas, seguido por muchas de las izquierdas perdurables, en Perú y en otras partes, han sido saltados apresuradamente por proyectos posteriores y más recientes. Quizás por eso no han durado mucho en el segundo de los ciclos de la forja de los partidos, que es el de las batallas electorales.

Como la política peruana no va a terminar una vez que se voltee la página de Pedro Castillo, posiblemente le caiga bien, a las izquierdas que ya existen, recolocarse y relegitimarse vinculándose sistemáticamente con las organizaciones sociales. Y para las nuevas que surjan, hacer su pasaje por esos mismos ámbitos, ganar legitimidad en ellos, y hacer lo necesario para mantenerla, antes de zambullirse en los avatares electorales. Tomará algo de tiempo, pero Roma no se hizo en un día y fue grande y longeva.