José Ignacio Távara Castillo

Opinión

Los aprendizajes de estos días

coverFoto: Caretas.pe

La larga y cansada coyuntura electoral actual es, a mi modo de ver, una fuente y oportunidad de muchos aprendizajes para nuestro ser ciudadanos, ser país, sociedad política, comunidad nacional de intereses y destino común. Y esto se da justo ahora que cumplimos doscientos años desde que el general argentino proclamara o declarara la independencia o separación del Perú del reino de España.

Primera lección: las caretas caen

La campaña electoral y especialmente la poselectoral, que aún no termina y no se sabe si terminará o cuándo, ha permitido ver en ciertos personajes un rostro distinto al que habitualmente habían proyectado, a veces a lo largo de treinta o cuarenta años de acción en la esfera pública.

Habían cultivado la imagen de personas sensatas, razonables, juristas y estadistas, demócratas convencidos, capaces de dialogar con diferentes ideologías y posturas políticas, comprometidos con el sistema y las reglas de juego de la democracia, como son la lealtad, la veracidad, la legalidad.

Y de pronto aparecen promoviendo golpes de estado, pregonando una alianza civil-militar, difundiendo falsedades, defendiendo causas a todas luces ilegales, desconociendo y atacando a las autoridades legítimamente constituidas, animando a sus oyentes, lectores o seguidores a usar toda arma posible porque según ellos, en esta lucha todo está permitido. Ni en una guerra está todo permitido.

No todos ciertamente, porque a algunos ya los conocíamos. Pero muchos han dejado su rostro al descubierto. Casi como cuando la señora Flores Nano profirió su irrepetible famosa frase respecto de la alcaldía de Lima, cargo al que aspiraba, cuando percibió que iba perdiendo la elección.

Segunda lección: ¿la palabra vale?

Acostumbrados a juramentos y compromisos de honor, se firman documentos y se hacen declaraciones que después ni siquiera se reconocen y se incumplen abiertamente sin rubor.

Pero que conste que las mismas personas ya habían hecho los mismos juramentos en situaciones similares y los habían incumplido. Incluso, habían pedido perdón por ese incumplimiento. Claro que a esa deslealtad le llaman error. Y, de nuevo, ingenuamente, se les llama y convoca a firmar documentos que se sabe o, por lo menos, se debería sospechar, que no van a cumplir.

Hemos aprendido, pues, que hay personas para quienes la palabra, ese lazo propio de la relación entre seres humanos, ha perdido su valor.

Tercera lección: los estrategas yerran… por tercera vez consecutiva

¿Qué es lo que hace que una persona con todo a su favor (ingentes recursos económicos, cualificadas asesorías políticas y comunicacionales, el apoyo de grandes empresarios y medios de comunicación) pierda una elección que uno podría pensar que ya tenía ganada? Y por tercera vez consecutiva.

Viendo a sus sucesivos competidores en segunda vuelta: un militar en retiro, un empresario octogenario, un profesor rural, uno se hace la pregunta ¿a quién podría ganarle?

Los primeros ataques de esta derecha unida fueron contra la candidata de la izquierda que llaman capitalina, de clase media, moderada, a la que acusaron de pro terrorista (pro terruca en su lenguaje procaz) o directamente terrorista (terruca).

Con esos ataques, totalmente errados por la calificación y por el objetivo al que se dirigían, propiciaron las condiciones y el espacio para el surgimiento silencioso de una candidatura que avanzó como un vendaval en los sectores menos favorecidos por las estrategias económicas promovidas y ejecutadas en los últimos treinta años. Y precisamente en las zonas donde el terrorismo (el verdadero, el senderista) había hecho los mayores estragos. Y así, azorados y sorprendidos, se encontraron con un contendor inesperado, absolutamente débil en el discurso, en propuestas, en organización política, en recursos económicos y de todo tipo.

Error estratégico que los dejó concentrados allí donde era su plaza fuerte: la capital de la República y la costa central y norte del país sin avanzar nada en las zonas pobres y andinas.

No obstante, siguen con su discurso anticomunista a sabiendas de que la mitad del país, especialmente los más pobres, no les han creído.

Cuarta lección: palabras muy usadas sin conocer

En la misma línea de la desvalorización de la palabra, se han usado y se usan términos cuyo significado uno puede dudar de que sea conocido por quienes los escuchan, dicen y escriben. Comunismo, democracia, populismo, auditoría electoral, fraude, libertad y otros.

Desde las alturas del sistema social, político e ideológico, es decir, de quienes tienen el control de la palabra pública, se han venido pregonando estos términos sin explicar nunca su significado. ¿Cuántos comunistas hay en el Perú si acaso uno? Porque no se puede creer que alguien en su sano juicio piense que ocho millones de ciudadanos que apuestan por instaurar en el Perú un sistema “comunista”.

Si se hiciera un esfuerzo mínimo por entender las razones y motivaciones por las que la gente votó por Pedro Castillo y su discurso elemental y a veces contradictorio, buen trecho avanzaríamos en dejar de excomulgarnos mutuamente, que esto a nada bueno conduce como ya tantas veces ha sido demostrado en la historia de la humanidad, que tampoco es tan larga.

Asimismo, sería un error monumental pensar que ocho millones de ciudadanos han votado por reinstaurar en el país un régimen de corrupción, aprovechamiento obsceno del estado, destrucción institucional, autoritarismo y violación de los derechos humanos como fue el régimen de Alberto Fujimori entre 1990 y 2000. Puede ser que algunos lo crean. Sería un error. Ni el escaso diez por ciento que votó por Keiko Fujimori en la primera vuelta lo piensa así. Otras son sus razones. Puede ser que la cúpula fujimorista -los vivos de siempre- pretenda reinstaurar tal tipo de gobierno, pero la gente del común no.

Ahora se usa la palabra libertad. Y se la quiere contraponer a las palabras equidad o igualdad social. Como si el banquero más rico del Perú tuviera los mismos márgenes para el ejercicio de su libertad que la viuda pobre que hace buscar cada día el alimento para los hijos. O como si la libertad tuviera el mismo significado para quien puede pagar una clínica en el extranjero que para quien tiene como única “elección” la posta médica o el hospital público. La libertad no existe en el aire. Ella se ejerce y se asienta sobre condiciones sociales, económicas, culturales muy precisas. Y llama la atención que cuando vastos sectores ciudadanos, ejerciendo su libertad política, votan por un candidato que no representa los intereses y expectativas de los poderosos, se pone en entredicho esa libre elección.

Quinta lección: el insulto como argumento

Hemos asistido al bochornoso espectáculo del insulto como argumento. Periodistas, candidatos, activistas han lanzado insultos contra candidatos, autoridades y electores. No voy a escribirlos porque alguna limpieza se debe mantener.

Insultos de corte racista, clasista, absolutamente despreciativos del otro, cuya condición de ser humano, de ser persona, casi se desconoce, como si estuviésemos de vuelta a las primeras décadas de la colonia cuando algunos filósofos y juristas españoles se preguntaban si los indios tenían alma.

Sexta lección: las irracionalidades

Vivimos una campaña completamente irracional. Y la seguimos viviendo. Claro que me dirán que no existen campañas racionales, pero esta vez se usó la irracionalidad hasta el extremo.

Se jugó al miedo de la gente. Que te van a quitar tu casa, tu carro, tus propiedades, que no habrá pan ni alimentos de primera necesidad, que te han robado tu voto, que está en juego la libertad, que buscamos la verdad, que no importa que se llegue al 28 de julio sin presidente proclamado, que se pueden presentar recursos legales al infinito porque “ése es mi derecho”, que se trata de una conspiración internacional. Hasta se llegó a invocar la muerte para adversarios políticos.

Se arguye la existencia de firmas falsificadas o firmantes suplantados. Y cuando aquél o aquélla cuya firma supuestamente se habría falsificado, desmiente tal afirmación no se toma en cuenta su testimonio. Como si careciera de valor, se le silencia, se le oculta, no tiene ninguna significación.

El dicho de un poderoso, en este caso de dos poderosas (Fujimori y Flores Nano) ¿vale más que el testimonio de cincuenta o cien no poderosos?

O se difunden propuestas innecesarias y se cifran las esperanzas en el cambio de una constitución sin explicarse qué puntos o aspectos de ésta deben ser cambiados y por qué. O se dice una cosa hoy y otra mañana.

Séptima lección: la desorganización social y política

Dieciocho candidatos, dieciocho organizaciones políticas, ninguno de los cuales recoge en la primera vuelta una gran (o siquiera mediana) adhesión popular. Partidos que ayer gozaban de gran predicamento hoy desaparecen del escenario.

Este hecho nos revela la desorganización política y la dificultad para construir fuertes corrientes de opinión y opción políticas en la ciudadanía.

No hay partidos que puedan llamarse fuertes, nacionales, que acojan en sus propuestas y opciones la diversidad y heterogeneidad social y cultural del país. No saben hablar ni relacionarse con los diferentes. Ni tan siquiera se sabe si desean hacerlo. Se refugian en sus reductos y allí se quedan.

Ésas me parecen algunas lecciones que nos retan a:

  • actuar ahora mirando lejos.
  • desarrollar el juicio crítico.
  • organizarnos.
  • promover el reconocimiento del valor de todos y todas, de cada persona, como camino y estrategia para la construcción de una comunidad nacional de ciudadanos y ciudadanas iguales en derechos y en dignidad.