Gustavo Montoya

Opinión

¿Liberar o invadir Lima ? 1820 – 1821

coverLugar de la Memoria (LUM)

“Una bella bandera, sencilla y elocuente, que se agitaba con orgullo sobre aquel pueblo poderoso” Abraham Valdelomar (1921)

Ante la inminente proclamación de Pedro Castillo, el campesino que se hizo profesor, el profesor que se convertirá en el presidente del Bicentenario, convendría evocar y recuperar, algunas de las múltiples realizaciones plebeyas durante las guerras por la independencia, y que dieron lugar al establecimiento de la República. Interesa tal dialogo entre los actuales escenarios y esa época, aparentemente tan lejana, pero que, sin embargo, sus resplandores pugnan una y otra vez por hacer acto de presencia. En el Perú, para bien o para mal, el pasado se niega a ser perpetuo. Puede incluso adquirir los rasgos de una pesadilla, como también, proyectar faros de entendimiento.

Entre noviembre de 1820 y mayo de 1821, en la sierra central, se gestó un proyecto político y militar, afortunadamente, ahora ya está plenamente documentado(1), y que consistió, nada más y nada menos, en intentar liberar Lima del despótico gobierno del ultimo virrey, el español José de la Serna. Este emprendimiento de carácter popular, tuvo como epicentro las actuales ciudades de Huancayo, Concepción, Jauja, Tarma y la mayoría de pueblos y localidades del extenso y fértil valle del Mantaro. Todas estas comunidades se pusieron sobre las armas y se comprometieron a seguir las banderas de la Patria, debido fundamentalmente, a la presencia de la expedición libertadora, conducida por el general republicano Juan Antonio Álvarez de Arenales.

Antes del ingreso de San Martín a Lima y de la proclamación de la independencia en la capital, aquel feliz o fatídico 28 de julio de 1821, en los Andes centrales acontecieron múltiples realizaciones en favor de la libertad y de la autonomía. Esto es, una seguidilla de proclamas, adhesiones y juras en favor de la independencia. Y, lo más destacable, la proliferación de milicias civiles, locales, y el nombramiento de gobernadores vía cabildos públicos que desafiaban en el discurso y las armas al régimen virreinal en Lima. Al sostenimiento de estas soberanías de base municipal, acudieron las elites y las mayorías sociales. En consecuencia, emergió un proyecto de comunidad integrado, de ancha base; su legitimidad se fundaba justamente en tal composición multiétnica, y socialmente diversa. Una verdadera comunidad de lucha.

¿En qué hubiera derivado la independencia si el proyecto de liberar Lima desde los Andes, con la multitudinaria participación de milicias peruanas hubiese tenido éxito? A veces, el razonamiento contrafactual, libera esos “instantes de peligro” a los que se refería Walter Benjamín, en su intento de recuperar la memoria de los vencidos. Pues, si alguna innovación historiográfica nos trae el Bicentenario, es justamente la renovación de estudios locales y regionales, que significativamente nos van mostrando toda la riqueza cualitativa de los pueblos en la gesta emancipadora. Y es inevitable la inquietante alegoría entre lo acontecido en los Andes en los tumultuosos años del establecimiento de la Republica, con lo que nos ha mostrado las recientes elecciones.

Hace doscientos años, puntualmente, en mayo de 1821, en la entrevista de Punchauca entre el libertador San Martín y el virrey La Serna, se consumó la independencia controlada. La orden terminante de San Martín para que Arenales abandone la sierra central, el ingreso pacífico a la capital de los libertadores, a cambio de la ocupación del ejercito realista del extenso y productivo valle del Mantaro. La consecuencia práctica de aquel tremendo giro en la conducción de la guerra, aun aguarda a nuevos historiadores que estén dispuestos a cuestionar y corregir a ciertas narrativas complacientes, afanosas en no agitar las aguas de lo acontecido.

Mientras en Lima se daba inicio a esa fiesta permanente que intentó ser el protectorado y el proyecto de monarquía constitucional, en la sierra central, el desengaño y la perplejidad de esas milicias plebeyas y de sus líderes, ante la decisión de los libertadores, no derivó en pánico o en una estampida. Más bien se replegaron hacia las zonas altas, de difícil acceso para el ejército profesional realista, y desde ahí llevar adelante una guerra de guerrillas no convencional, que fue en realidad, la demostración más palpable de la presencia popular en la independencia en esa región.

Decía que es inevitable para cualquier historiador del proceso independentista, vincular los dilemas y sucesos de esa época con lo que acontece ahora mismo. El conocimiento del pasado no garantiza nada a nadie. Menos a un país cuya conciencia histórica es heterónoma. Integrar conocimiento y memoria histórica requiere una profilaxis conceptual que puede desencadenar arrebatos de toda índole. Sin embargo, aquellos que se sienten los libertadores del Bicentenario, harían bien en ponerse al día con los nuevos hallazgos historiográficos, no sea que, desde ahora, ya estén tramando o intenten actualizar versiones depuradas del encuentro en Punchauca. Y no olvidar, por ejemplo, que los actores de hace doscientos años ya no son, ni pueden ser los mismos. Esa impaciencia plebeya republicana tiene curvas y abismos insondables. La advertencia ya fue formulada de mil formas y en mil idiomas. Mientras tanto, la casona de Punchauca sigue ahí cual espectro, derruyéndose trozo a trozo. ¡Qué ocurriría si esos adobes hablaran!


(1) Montoya, Gustavo, La independencia en Tarma 1820. Primer gobierno patriota, Lima, ed. Horizonte 2020.