Opinión

La Selva Central como un espacio regional

Por Niel O. Macedo Muñoz
La Selva Central como un espacio regionalFoto: Niel O. Macedo

Los reconocidos antropólogos Fernando Santos Granero y Frederica Barclay Rey de Castro en su libro publicado en 1995 «Órdenes y desórdenes en la Selva Central: Historia y economía de un espacio regional», presentan la tesis que en el territorio conformado por las provincias de Chanchamayo, Satipo y Oxapampa, llamado comúnmente selva central, se ha configurado un espacio regional distintivo al de otras regiones selváticas, e inclusive serranas, del país. Santos y Barclay la definen como un espacio en donde la articulación de antiguos y nuevos frentes económicos han dado lugar a la existencia de un núcleo territorial ya estabilizado, con alto grado de densidad poblacional y económica, en el que predomina todo tipo de relaciones mercantiles no dependientes desde tierras, trabajo, bienes, servicios y de capital.

Este espacio regional se formó por diferentes factores intencionales y no intencionales. Los primeros capítulos del libro, destacan los lazos históricos, describiendo los similares procesos de ocupación por parte de foráneos, entre extranjeros y nacionales, y la disputa de tierras y desalojo de nativos amazónicos en toda la selva central, producto de la forzada interacción entre estos grupos humanos desde el siglo XVII. Pero, sin duda, serán los lazos económico-productivos los que definirán a la selva central como un espacio regional particular, facilitado por la construcción en 1943 del tramo carretero Chanchamayo - Oxapampa, y en 1973 de la Carretera Marginal que une Chanchamayo y Satipo. A partir de allí, la ciudad de La Merced ̶ afirman los autores─ será el punto nodal de circulación de capitales, bienes y tecnologías.

Esta articulación económica se basó en la relación de la extracción forestal y la actividad agropecuaria; la primera, permitiendo la ampliación de la frontera para la utilización de los recursos naturales; y la segunda, como factor estabilizador de las áreas incorporadas, convirtiendo los frentes forestales en fronteras agropecuarias y demográficas permanentes. Así pues, la tala de árboles dio paso al cultivo de café y frutas, así como, a la formación de anexos y centros poblados en toda la selva central.

Pero estos lazos históricos y económico-productivos no se han desarrollado en paralelo con los lazos políticos y culturales, en cuanto a relaciones de poder e identidad. Hasta 1995, Santos y Barclay, mencionan apenas la gestación de una identidad embrionaria de la selva central basado en la culinaria, la música, las tecnologías domesticas y productivas, las creencias y tradiciones y en el desarrollo de un vocabulario regional. Pero las identidades colectivas marcadamente diferenciadas conformadas por los miembros de las etnias amazónicas, los descendientes de inmigrantes asiáticos y europeos establecidos en la zona en el siglo XIX y las familias de colonos serranos que llegaron masivamente desde 1950, complejizan la posibilidad de síntesis de una verdadera identidad regional; si es que ─siguiendo la propuesta de los antropólogos─ no se abren nuevos espacios de respeto mutuo y se modifican las relaciones de subordinación y discriminación económica y política.

Un factor determinante para tal carencia identitaria, es el desconocimiento ─y, por ende, la falta de puesta en valor─ de la historia regional de la selva central, tanto de sus pobladores como del resto de país. Ya que, si no se afronta el pasado, no se remediarán los diversos conflictos en el presente, ni mucho menos se puede elaborar planes de desarrollo en el futuro. Resumiendo: con el conocimiento de la historia regional se podrá cimentar una convivencia pacífica y la afirmación de una identidad propia.

Sin embargo, en las dos últimas décadas, se observa cómo la actividad turística se ha convertido en el elemento unificador de las tres provincias. Vale decir, que el turismo como actividad transversal, y que influye no solo en lo económico, sino en lo político, social y cultural, viene liderando la pretendida construcción identitaria de la selva central. Este proceso se aceleraría, por ejemplo, si se dejase de tomar las expresiones culturales de los indígenas y de los descendientes de colonos como meros «componentes folklóricos» incorporándolos en alternativas de turismo histórico, vivencial y ecológico a corto y mediano plazo.