Opinión

La niebla de la guerra

Por Carlos Reyna

Sociólogo

La niebla de la guerraFoto: Ámbito

Robert McNamara (1916 – 2009), Secretario de Defensa de los EEUU con John Kennedy y Lyndon B. Johnson entre 1961 y 1968, es un caso único entre sus colegas por la autocrítica sobre el papel de su país en varias de las guerras en las que el mismo participó. Quizás no fue del todo satisfactoria esa autocrítica, pero ninguno otro hizo algo semejante.

En 1995 publicó el libro “Controversias, tragedia y lecciones sobre la guerra del Vietnam”, sobre la intervención de su país en dicho país, a la que llamó “equivocada, terriblemente equivocada”. Esa intervención, como se recuerda, fue avalada por el Congreso de los EEUU en 1964 bajo la influencia de un incidente que después se supo fue inventado por su inteligencia naval: el supuesto ataque norvietnamita a una nave de guerra gringa en el golfo de Tonkin. Fue falso, pero metió a los EUU en un conflicto que le costó cerca de 60 mil vidas, 300 mil heridos, otros cientos de miles desadaptados, y un duradero desgaste político porque, diez años después, salieron derrotados.

Fog of war

En 2002, McNamara fue el protagonista central de un documental en el que se explaya sobre el tremendo peligro que supone poner el alucinante potencial destructivo de las armas modernas, incluidas las bombas nucleares, en manos de altos mandos probadamente falibles como cualquier ser humano.

En la II Guerra Mundial, este economista, muy hábil para la planificación, había servido para el alto mando de la fuerza aérea norteamericana en la programación de los bombardeos a las ciudades enemigas. Supo de primera mano la gran destrucción que ya habían sufrido las principales ciudades japonesas antes de las trágicamente célebres bombas atómicas. En el documental deja entender que ya no habrían sido necesarias.

Los misiles cubanos si tenían ojivas nucleares

En el mismo documental también se refiere a la crisis de los misiles rusos instalados en Cuba y revela un detalle que no se conocía hasta la aparición del film. Como se sabe, la crisis estuvo dominada por la gran tensión entre los EEUU que ya había desplegado naves para atacar a Cuba y la URSS que ya había enviado una flota hacia el Caribe. McNamara cuenta que la dureza de la posición gringa partía del supuesto de que los misiles aun no tenían ojivas nucleares. Pasada la crisis, y ya retirados los misiles de Cuba, se enteraron que esas ojivas ya estaban en los misiles. Un ataque hubiera sido catastrófico para los propios EEUU.

Demasiadas armas, escasa capacidad

El documental, dirigido por Errol Morris, se llama Niebla de Guerra. En un pasaje, McNamara expresa “Lo que significa 'la niebla de la guerra' es que la guerra es tan compleja que está más allá de la capacidad de la mente humana para comprender todas las variables. Nuestro juicio, nuestro entendimiento, no son adecuados. Y matamos gente innecesariamente”.

Muchos han criticado a McNamara porque su autocrítica no habría sido todo lo completa y profunda como tendría que haber sido porque fue protagonista de mucho de lo que cuestiona. Pero su testimonio sirve para acreditar que los procesos de las guerras se desarrollan en medio de una densa niebla informativa para todos los involucrados en ellas.

Es cierto que esa niebla en gran parte es creada por los altos mandos políticos y militares que llevan a sus pueblos al abismo de la guerra. Pero esos mismos presidentes, cancilleres y altos mandos militares viven su propia penumbra, bajo la cual toman decisiones gravísimas que tendrán un costo enorme para sus pueblos, e incluso determinarán su derrota o victorias de costo muy alto. De hecho, la práctica imperial de los EEUU, desde la II Guerra Mundial hasta el presente, ha dejado un saldo donde solo hay derrotas y victorias pírricas: el resultado ha sido la declinación evidente de su poder económico y político en el mundo.

EEUU, Rusia y la niebla en torno a Ucrania

Ucrania es otro pueblo y otro territorio más en el que acaba de instalarse la niebla de la guerra. Una de las pocas claras que saltan a la vista, por sobre el humo de los bombardeos, es que este país es la nueva víctima de un nuevo conflicto entre dos potencias militares que se lo disputan como zona de influencia: EEUU y la Federación Rusa.

La responsabilidad mediata es de los EEUU, que desde la disolución de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia y de la reunificación alemana, no ha dejado de expandir los ámbitos del pacto militar de la OTAN hacia las fronteras rusas.

Algunos de los miembros europeos de la OTAN, especialmente Alemania, no han estado de acuerdo y han resistido esa expansión para no provocar a Rusia. Pero a los EEUU eso no les ha importado y continuaron induciendo, tanto a Georgia, como a Ucrania, a enrolarse en el pacto militar occidental. Con eso regalaron argumentos a Vladimir Putin para sus propios objetivos expansionistas. La invasión rusa y la guerra, ahora desatadas en suelo ucraniano, han sido en parte atizadas por los EUU.

Pero la responsabilidad inmediata de esta guerra corresponde a Rusia y a Vladimir Putin. Sus precedentes apoyos a movimientos separatistas, y el ataque armado y la invasión general del territorio ucraniano, rompen el marco jurídico internacional, reducen radicalmente la posibilidad de una solución pacífica de las tensiones acumuladas en la zona, y han derivado en el involucramiento de otros países europeos en el conflicto.

Envueltos en su propio humo

Con los discursos confrontacionales con los que cada uno acusa al otro de ser el único responsable, ocultando sus propias responsabilidades, los gobiernos de EEUU y Rusia, instalan la niebla de desinformación típica de las guerras. Pero también pueden ocurrir que desaten reacciones que no esperaban y terminen perdiendo su propia brújula. El más vulnerable a esto puede terminar siendo el propio Putin, por estar en el ojo de la tormenta bélica, mientras Biden y los EEUU antagonizan, pero a la distancia.

De hecho, no parecen haber previsto el fervor de la resistencia ucraniana, ni la reacción de los países europeos, que no han enviado enviando tropas pero sí importante armamento. Lo están haciendo incluso Alemania y Holanda.

Y si Rusia termina tomando control de toda Ucrania, seguramente será una de esas victorias pírricas, semejantes a las que han tenido los EEUU: seguirá existiendo una resistencia local muy apoyada desde fuera, tendrá el desgaste de las sanciones económicas y atraerá la antipatía internacional de los agresores demasiado evidentes.

Más allá del cese del fuego

Uno diría bien merecido, y ya. Pero Putin no es el único problema. Todo este episodio puede tener otras derivaciones militares y económicas de mucho daño a escala planetaria, y el fantasma de las armas nucleares ha vuelto a planear sobre el mundo.

Por eso, junto con la demanda a Rusia para que cese su agresión armada y de un viraje hacia la negociación de un acuerdo de paz sostenible con Ucrania y los otros países de la región, los gobiernos deberían incluir en sus pronunciamientos temas que reviertan el armamentismo y apunten a la desnuclearización del mundo, al reemplazo de pactos militares por pactos de desarrollo ecológicamente sostenibles y al descarte de las sanciones que dañan más a las poblaciones de menores privilegios y menos a los verdaderos responsables.

Y toca a la ciudadanía mundial no dejarse envolver por la desinformación de las potencias hegemonistas, ni alinearse con ninguna de ellas, sino actuar con autonomía y enfocados en los objetivos de un mundo de paz, fraternidad, libertad y de cuidado de la casa común de toda la humanidad. Atormentado por sus recuerdos, McNamara se contentaba con la desnuclearización y murió sin verla, pero esta casa necesita mucho más para seguir existiendo.