Opinión

Julián M. Portillo: liberalismo del siglo XIX y Lima de aquí a “doscientos” años

Por Christian Elguera
Julián M. Portillo: liberalismo del siglo XIX y Lima de aquí a “doscientos” años

Cuando se escribe sobre el texto Lima de aquí a cien años, la primera pregunta que surge es: ¿qué puede decirnos este texto frente al Bicentenario de la República del Perú? De hecho, la serie de Ediciones MYL, en que se reeditan ahora las obras de Julián M. del Portillo, se llama Colección Bicentenario. Portillo, al publicar su folletín en 1843, imaginó que Lima sería una de las ciudades más modernas del mundo en 1943. Gracias a la generosidad de un genio divino, el narrador de Lima de aquí a cien años (primero identificado como J.M. de P. y luego llamado Artur) y su amigo cusqueño son trasladados hacia una ciudad futura. El narrador limeño (tal como se cuenta en la primera entrega del viernes 30 de junio de 1843) despierta en una embarcación que se dirige a Lima. Cuando llega a la ciudad, describe la modernidad y el cosmopolitismo de este nuevo espacio, lleno de hoteles, óperas, teatros y calles de nombres europeos, iluminados y con buen pavimento.

En respuesta a Portillo, en El Comercio del martes 4 de julio de 1843, se publica un texto titulado Cusco de aquí a cien años, firmado por Carlos de A. Se trata de un folletín paródico, donde el estilo de Portillo es sobredimensionado para provocar un efecto cómico. Así, respecto de las referencias futuristas, el autor sobredimensiona el estilo de Portillo como sigue: “Una terrible borrasca que ha estraviado el coche aéreo en las altas rejiones, que por poco lo obliga á hacer escala en la luna”. Las principales burlas son dirigidas al autor de Lima de aquí a cien años, principalmente cuando se exagera su donjuanismo, su ego intelectual y sus pretensiones de político.

A los pocos días, Portillo responde en un texto publicado el martes 1 de agosto. Esta es la segunda entrega de su novela, donde brinda mayores explicaciones sobre el progreso económico de Lima y describe su encuentro con un anciano que comienza a contarle la historia del país en los últimos cien años. Al siguiente día, el miércoles 2 de agosto, Portillo prosigue con su historia, ahondando en las crisis políticas provocadas por los caudillos hasta la intervención del genio divino, quien convierte a la patria moribunda en una joven muchacha.

Siempre utilizando el formato epistolar y en aras de ridiculizar a Portillo, Carlos de A. publica el segundo segmento de Cusco de aquí a cien años el viernes 4 de agosto de 1843. Reitera sus pullas y describe, con detalles, las leyes incaicas de Portanqui Inca, quien para entonces gobierna esta ciudad cusqueña. En total, considerando el intercambio entre los narradores de Lima y Cusco, estamos ante cinco cartas publicadas. Por esto, podemos considerar que el fascículo publicado por Portillo en 1843, de manera autónoma, corresponde a una sexta entrega que concluye la fábula y paratextos de este universo narrativo. Este último texto, publicado en la Imprenta de El Comercio se contrapone con el talante futurista de las anteriores entregas y se torna un ejemplar de las novelas decimonónicas: escenas costumbristas, patriarcalismo familiar, romanticismo impostado. La amada del narrador limeño, llamada Delia, muere en una embarcación rumbo a Rusia. Se infiere que había sido ofrecida por dinero a un príncipe ruso. Artur logra recuperarse del dolor y la locura provocados por esta muerte gracias a los consejos del anciano, quien lo invita para realizar un paseo por Amancaes junto a su familia. En dicho paseo, Artur se enamora de Julia, la bisnieta del anciano. Luego de enamorarse en cuestión de segundos, comienza a organizarse la unión entre ambos, siempre bajo la venia y el amparo del anciano. Una vez que ambos personajes han sido comprometidos a casarse, se retoma la narrativa histórica. Es entonces cuando el anciano describe cómo Lima se convirtió en una potencia mundial. En el trasiego de la narración, Julia muere súbitamente el mismo día de su matrimonio. Esto provoca, nuevamente, la locura de Artur, quien desentierra el cuerpo de su amada y le roba el corazón. Luego, debido al impacto y la tristeza de la pérdida, termina muriendo, no sin antes encomendar a Carlos de A. que, por favor, prosiga con su proyecto de escribir una historia del Perú.

En esta investigación propongo que no es el futuro lo que interesa a Portillo, sino trazar una guía para la transición socio-política del liberalismo. Luego de la derrota de la Confederación Perú-Boliviana liderada por Santa Cruz y derrocado Gamarra en su segundo gobierno, los liberales volvieron a consolidar su poder como en los inicios republicanos. Debido al descubrimiento del guano en 1841, los liberales lograron cimentar una economía de libre comercio que generó, a decir de Basadre, una prosperidad falaz. Lima de aquí a cien años se escribió para legitimar el colonialismo liberal del siglo XIX. Si bien se proyectaba hacia 1943, podemos considerar que el proyecto colonial de esa novela ha seguido caracterizando la historia peruana de los siglos XX y XXI. Entiendo por colonialismo liberal a los discursos y las prácticas, tanto culturales y políticas, que han promovido la exterminación de grupos minoritarios, así como la imposición de jerarquías raciales y sociales en las primeras décadas republicanas. Me aventuro a afirmar que la violencia de la colonización se hizo más fuerte en el siglo XIX. Cuando las naciones latinoamericanas tuvieron la oportunidad de llamarse “independientes” y comprender su composición heterogénea, decidieron imitar los modelos europeos, ansiando parecerse a Francia o Inglaterra. En lo que respecta a las poblaciones originarias, es sabido que en el periodo histórico que conocemos como Colonia hubo mayores vías de empoderamiento. Son numerosos los casos de juicios, levantamientos y negociaciones encabezadas por élites indígenas en los virreinatos del Perú y Nueva España. Esto no pretende negar o poner en duda la violencia colonial desde 1536 hasta 1821; sin embargo, las naciones latinoamericanas enfatizaron los ultrajes y los crímenes contra grupos subalternos. Basta leer textos como Indios, ejército y frontera (1982) de David Viñas y conocer los detalles sobre la masacre de Huancané en 1867, ordenada por el Coronel Andrés Recharte y Corrales, para comprender que las repúblicas no se diseñaron para sujetos indígenas o afrodescendientes.

Por esto, Lima de aquí a cien años es una novela emblemática del Bicentenario. En sus doscientos años de existencia republicana, los gobiernos peruanos nunca se han preocupado por resolver las violencias coloniales que han vulnerado los derechos y los cuerpos de las minorías. Ni durante el conflicto armado ni durante el retorno a la democracia después de la dictadura fujimorista, los políticos y los gobernantes supieron entender y respetar la heterogeneidad del país, que en todo caso aparecía bajo el control de membretes multiculturales o exotistas. Y esto es lo que ocurre en el texto de Portillo: vemos una ciudad construida sólo para clases dominantes, una ciudad que se rige por las modas griegas y europeas, una ciudad donde los personajes pertenecen a familias pudientes, una ciudad donde el orden de los abolengos y el dinero se ha restablecido, una ciudad donde cualquier amenaza de caudillismo (y de sus posibles seguidores indígenas) ha desaparecido en nombre del progreso económico. Como las redes sociales son la expresión de un imaginario nacional, ahí también podemos apreciar la continuidad de la ideología colonial de un texto como Lima de aquí a cien años. Es más fácil sentirse próximo a modelos foráneos, europeos, orientales, norteamericanos, que comprender las realidades de grupos sociales que viven en pobreza extrema o han sido violentados durante décadas, especialmente en el contexto del covid-19. Esto es lo que llamo el “Portillismo”: la ansiedad por escapar hacia paraísos artificiales, la ansiedad por exhibir un yo “eurocéntrico”, la falsa inclusividad que convierte en souvenirs o anécdotas “esencialistas” cualquier huella de las poblaciones originarias o afro. Pero Portillo no solo expresó su subjetividad colonial y colonizadora en Lima de aquí a cien años. Volvemos a encontrar su europeísmo, más precisamente su admiración por España, en el prólogo de El hijo del crimen. Dicho prólogo puede ser leído como adelanto de los argumentos hispánicos defendidos por José de la Riva Agüero en Carácter de la literatura del Perú independiente (1905). Por su parte, en El inventario, que luego reedita con el nombre de Amor y muerte, Portillo evidencia un conocimiento de las ideas abolicionistas de su época, pero siempre dentro de límites que no alteren el orden colonial. Así, dicha novela cuestiona los abusos contra una esclava blanca llamada Jenny, aunque nunca aparezca cuerpo alguno de esclavos negros, tan siquiera como referencia. Portillo invisibiliza aquellas presencias que puedan interrumpir el desarrollo liberal que tanto defiende.

Portillo es un intelectual decimonónico que nos permite entender mucho de la ciudad letrada del siglo XX. El portillismo quizá está ahora más vigente, porque jamás tan cerca arremetió el cosmopolitismo de impronta colonial. Editoriales transnacionales, revistas, lives en Facebook o Stremyard, han venido difundiendo recitales, simposios, presentaciones, que en su mayoría hablan de escritores adheridos a lo que Mariano Siskind (2014) y Héctor Hoyos (2015) llaman una literatura cosmopolita o global, respectivamente. Centrándonos en el caso peruano, Portillo se reactualiza cuando los escritores del país imaginan solo una literatura desde sus modelos importados, como si las prácticas literarias tuvieran un inicio y un final en Mallarmé o Montalbetti.

En Lima de aquí a cien años, como se evidencia en la escena de la Biblioteca Nacional, la lectura era una característica del héroe decimonónico, como anota Marcel Velázquez. Y aquí es importante recordar que, dentro de las esferas letradas, la lectura no es un acto desinteresado o un simple gesto erudito, sino que su adquisición y práctica configura el prestigio de esos sectores privilegiados que heredan un poder cultural sin mayores contratiempos o luchas, aunque lo camuflen con la “ilusión” del aprendiz que estudia, tal como demostraron Bourdieu y Passeron. No en vano, hasta muy recientemente, las principales librerías del Perú se encontraban en Miraflores o San Isidro, ubicaciones geográficas con un mensaje muy categórico: el saber quedaba dentro de los mapas trazados por las clases dominantes. Por esto, la estructura y las injusticias espaciales que ahora sentimos en Perú fueron planificadas, profetizadas, por intelectuales como Portillo.

Portillo podría ser, en enero del 2021, un escritor miraflorino, que vive de las rentas de sus padres, que quizá nunca ha hecho mayores esfuerzos en toda su vida que despertarse y ponerse a leer, escribir o cortarse las uñas, quizá pedir a su servidumbre que le haga una pedicure, porque su clase no le permite nada más que gozar esos placeres públicos: ser escritor, figura pública, intelectual, acaso un músico, con acceso a los periódicos, amigo de los influyentes en el diario del momento, posiblemente blanco, quizá afrancesado, devoto de las óperas más kitsch. Los Portillo, pues, se han venido multiplicando a diestra y siniestra.

Los Portillos del 2021 no solo son aquellos a quienes les cortan las uñas, sino también aquellos que defienden solo los intereses de sus propios grupos. En las Marchas contra Manuel Merino en el reciente 2020, hemos visto cómo numerosos colectivos salieron a marchar, confrontando un régimen dictatorial. Los medios oficiales, las plataformas alternativas, las redes sociales, se habían unido en un solo reclamo contra el gobierno ilegítimo. Era una causa justa. Sin embargo, a las pocas semanas, comenzó un paro agrario, organizado por campesinos de Ica y La Libertad que comenzaron a protestar por sueldos justos, por un sistema laboral que respete su dignidad, luego de décadas de haber soportado leyes dispuestas según las conveniencias de los políticos de turno. Entonces se sintió la diferencia, sobre todo en los letrados. Se escuchó un silencio general. Pocos se atrevieron a levantar protestas contra los hacendados y las élites; continuaron, más bien, con sus recitales o presentaciones de libros. Esta es, considero, otra huella del portillismo: pensar un bienestar solo para una clase social muy específica, ignorando por completo la existencia de otros grupos sociales, desfavorecidos y violentados desde hace siglos. Esta es, tal vez, la herencia indirecta de Portillo: letrados eurocéntricos que defienden a capa y espada los intereses de sus clases, para quienes nada existe más allá de sus espacios elitistas: antes esa Lima de 1943; ahora Miraflores, San Isidro, La Molina o el balneario Asia. Por los motivos expuestos, Portillo es nuestro decimonónico más coetáneo.

Pero hay un punto que vuelve a Portillo un intelectual ideal del Bicentenario. Portillo debe ser el ícono que ministros como Alejandro Neyra tienen que recordar en cada espectáculo republicano. No solo por su raíz colonial, sino también por su amiguismo. En otras palabras, Portillo buscó ser un ejemplar de la contactología letrada. Llamo aquí contactología a aquella estrategia de un intelectual zalamero, que busca siempre quedar bien, elogiar y defender a sus mecenas, a aquellos grupos de los que esperan un favor, una beca, un viaje pagado o un puesto en el congreso. Contactología u otra variante del clientelismo de acuerdo a lo propuesto por Julio Cotler en un texto fundamental de 1968. Un letrado o un burócrata se encuentra, siguiendo a Julio Cotler, “en función de la protección personal que pueda lograr de una persona de influencia y al que es necesario retribuir en forma igualmente personal”.

En Lima de aquí a cien años encontramos una escena que, sin mayores datos, puede parecer graciosa o fuera de lugar. Luego que el matrimonio de Artur y Julia ha sido programado, entonces el anciano propone un brindis a la altura de tan magno evento. Sin dudarlo, decide brindar con unas de las bebidas que, tal como se afirma en el texto, es consumida por las mejores familias de la sociedad limeña. Se trata del llamado vino Elías. Es interesante advertir la manera en que Portillo trata de resaltar las virtudes del licor producido por Domingo Elías. Primero el anciano le pide a Artur probar ese vino; luego le pregunta sobre el origen de dicho brebaje. Artur, entre dudas, considera que se trata de un vino proveniente de Europa. Ante esta respuesta, el anciano lo corrige con cierta socarronería y acota: “Pues ni es madera ni es de Francia; las viñas de que se han hecho son peruanas, el lugar donde estas crecen se llama Pisco, el vino tiene el nombre de su dueño-Elias”. Luego de esta explicación, se renueva el brindis de la familia, rozagante, llena de esa felicidad; un brindis que Portillo solo restringe a las familias privilegiadas de 1943. No estamos ante un elogio casual. En realidad, con esta escena, Portillo trató de tejer alianzas con uno de los peruanos más ricos e influyentes de entonces: Domingo Elías, creador del Colegio Guadalupe en 1840, dueño de inmensos viñedos en Ica, candidato presidencial en 1851, opositor de Echenique y Ministro de Finanzas en 1855 (segundo gobierno de Castilla). El 29 de noviembre 1843, meses después que Portillo publicó Lima de aquí a cien años, Elías fue nombrado prefecto de Lima, con miras a asumir un mayor protagonismo políticos en los pocos meses. En efecto, Elías asumió el cargo de presidente interino del país en 1844, delegado por Manuel Ignacio de Vivanco. Éste, mientras tanto, salía a combatir las huestes revolucionarias lideradas por Castilla. Finalmente, Vivanco fue derrotado debido a que Elías permitió la entrada a Lima de las huestes castillistas. Entonces, con gran olfato de rastacuero, Portillo buscó ganarse los favores de un posible mecenas, ejemplificando esa contactología tan propia del siglo XXI: un like por un elogio; un favor por un viaje; un pasaje de avión a cambio de panegíricos para quien pagó hotel y boletos; pleitesía hacia el beneficiador de turno, aquí, allá o acullá, sin importar éticas o ideologías. Portillo, con esa escena del vino, demostró de lo que son capaces nuestros letrados por un favorcito, por un poco de fama, éxito efímero, por una tribuna solo ocupada por amigos y aduladores.

Portillo, a pesar de su contactología, fue un escritor desconocido entre 1843 y 2004, con brevísimas menciones en el interregno. Estamos hablando de casi ciento sesenta años de silencio sobre este autor. Sorprende que a pesar de su credo liberal y sus aparentes contactos con las clases dominantes de su época, casi nadie haya mencionado a Portillo por tan largo tiempo. Diferente suerte tuvieron Luis Benjamín Cisneros y Ricardo Palma. Por un lado, Cisneros fue una de los políticos y economistas más influyentes de su época, sin mencionar la recepción favorable de sus novelas Julia y Edgardo. Mientras tanto, Palma fue uno de los primeros intelectuales en gozar de un poder simbólico gracias a sus escritos. ¿Cómo explicar entonces que un escritor fanático del liberalismo, adulador de Domingo Elías, epítome del liberalismo de su época, haya quedado relegado al ostracismo literario? Considero que en su afán por ganar la simpatía de las élites liberales, Portillo habló demasiado y terminó develando las raíces autoritarias del liberalismo. Así, cuando se reestructura el orden, el pueblo escoge a un gobernante y se establece una relación paternalista. Leemos así que los ciudadanos le dicen a su nuevo presidente: “apoderate de nuestro suelo, de nuestras mujeres, de nuestros bienes, de nuestras leyes y de nosotros mismos”, Luego el anciano apunta: “el hombre que elijieron los comprendió y los amó; trató de darles gusto y de hacerlos felices”. El sistema político que describe Portillo semeja al régimen de líderes autoritarios como Bolívar y Gamarra, que tanto temían los liberales. De hecho, en ese gobernante descrito por Portillo se advierten las huellas del poema Epístola a Próspero (1826), que José María Pando compuso en honor de Bolívar en 1826. Con esta escena Portillo dejaba en claro que los liberales también eran autoritariarios, que sus reales preocupación fueron fortalecer el Poder Legislativo y así lograr que los presidentes estuvieran bajo su control. De esta manera, podrían promover un desarrollo económico que solo podría beneficiar a sus propios grupos. Por lo demás, su esencia era la de políticos autoritarios, principalmente contra sus opositores

La urgencia por volver a Portillo se debe a su imposibilidad para reconocer heterogeneidades culturales y su intento por construir una historia peruana a partir de principios eurocéntricos. Portillo elimina presencias indígenas y afrodescendientes en su Lima de 1943, donde solo aparecen sirvientes (elementos infaltables para retocar el estilo costumbrista de su última entrega en Lima de aquí a cien años). En Amor y muerte (1846, publicado anteriormente como El inventario en 1842), a pesar de ambientarse en el sur de los Estados Unidos, en una plantación de Alabama, nunca vemos aparecer ni hablar a ningún sujeto afroamericano. En el prólogo de El hijo del crimen (1848) los personajes incaicos cumplen un recurso clave para Portillo: demostrar que aquella cultura fue derrotada por su inferioridad ante la civilización española. Es por esto que el narrador de Lima de aquí a cien años, lee en la Biblioteca Nacional un libro de historia del Perú que comienza con la invasión española. Asimismo, este narrador se siente admirado cuando se encuentra con la tumba de Pizarro, a quien considera su héroe. Hay continuidades entre la ciudad de Portillo y las ciudades de los conquistadores: Tenochtitlán no fue más una ciudad sobre un lago, rodeada de canales, sino que fue destruida para construir la ciudad de México y así fortalecer el poder ibérico; Lima fue fundada para beneficiar el comercio marítimo a nivel transatlántico, lo cual implicó la aniquilación de espacios habitados por poblaciones nativas. Por todo lo expuesto en esta introducción, Portillo y su obra, especialmente Lima de aquí a cien años, simbolizan la racionalidad y la violencia de la colonización en la historia peruana, ya sea bajo discursos liberales, cosmopolitas o progresistas.


El presente texto es unFragmento del estudio preliminar a las obras de Julián M. Portillo, publicadas por Ediciones MYL