Opinión

¿Felices desde siempre?: La excepcionalidad histórica de Junín

Por Juan Antonio Lan

Autor de Sida y temor. Estudió el pregrado en la PUCP y la maestría en Historia en la FLACSO-Ecuador. Analista de comunicaciones del Vicerrectorado de Investigación de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y administra la plataforma digital El Reportero de la Historia.

¿Felices desde siempre?: La excepcionalidad histórica de JunínImagen: Centro de Estudios Histórico Militares del Perú

¿Existe el lugar más feliz del Perú? Para el psicólogo social Jorge Yamamoto, sí, y se encuentra en el Valle del Mantaro (Junín). En sus estudios sobre la felicidad, explica que la principal razón descansa en que sus habitantes no se avergüenzan ni de sus orígenes ni de sus tradiciones. Considerada una de las zonas más prósperas de los Andes, no es casual que existan más festividades que días al año. ¿Qué nos puede decir el transcurrir de la historia sobre este lugar tan peculiar?

Su excepcionalidad se manifiesta en la participación de los pueblos, comunidades e individuos de la Sierra central en diversos momentos claves del pasado. A fines de la época virreinal, se consideraron fieles súbditos del rey que incluso cambiaron el nombre de la plaza del Comercio por el de la Constitución liberal de Cádiz en 1813 en honor al rey Fernando VII. También fueron actores claves en la independencia del Perú, al participar de manera activa en distintas luchas y en las batalla de Junín y Ayacucho. Durante la Guerra del Pacífico, la resistencia heroica en la campaña de la Breña se dio gracias a los miles de guerrilleros indígenas y campesinos, quienes, bajo el mando de Andrés Avelino Cáceres, vencieron a los chilenos en diversos enfrentamientos.

Para los historiadores Waldemar Espinoza y Nelson Manrique, la excepcionalidad de Junín se rastrea en la temprana colonia, específicamente en 1562: el cacique de Hanan Huanca, don Felipe Guacrapaucar viajó a España para solicitar que su pueblo sea considerado una nación aliada por su apoyo en la conquista del Tahuantinsuyo. Gracias a sus esfuerzos, el rey Felipe II les concedió una Real Cédula en 1571 que prohibía la constitución de haciendas en el Valle de Mantaro. De esta manera, los huancas obtuvieran beneficios que eran casi exclusivos de los españoles asentados en América.

Esta es una de las razones por las cuales lograron preservar cierto grado de autonomía, a diferencia de otras comunidades de los Andes durante la época virreinal. Efectivamente, no quedaron sujetos a las formas convencionales de dominio colonial, como las haciendas o los obrajes. En consecuencia, la instauración de una servidumbre, común en otros rincones del virreinato peruano, resultaba altamente improbable para ellos. A nivel económico, se dedicaron a la ganadería, la agricultura, y mantuvieron una amplia tradición en el intercambio de mercancías. Su compromiso con el comercio llegó a tal punto que en 1572 se estableció la feria dominical de Huancayo, que, en la actualidad, se posiciona como la más importante de la sierra peruana.

La investigadora Fiona Wilson destaca que, aunque los huancas mantuvieron cierta independencia, esto no implica que no hayan existido extensas concentraciones de tierras controladas por la élite criolla e indígena. En términos generales, los latifundios se localizaban en las zonas altas o de puna, donde predominaban las haciendas dedicadas a la ganadería intensiva. En contraste, el próspero valle era principalmente explotado por las comunidades locales y los indios libres. Es por esta razón que la agricultura estaba mayormente bajo el dominio de lo que se conocía como la "nación huanca".

Un caso emblemático es el del mito de Catalina Huanca, el cual incluso aparece en una de las tradiciones de Ricardo Palma. Extraordinariamente adinerada, ostentaba sus riquezas en viajes desde la Sierra central hasta Lima, acompañada por un séquito de 500 personas. Según la leyenda, Pizarro le otorgó tesoros en agradecimiento por el apoyo de su familia contra los incas. Investigadores contemporáneos, como Hurtado Ames, sugieren que Catalina Huanca puede estar relacionada con la cacica Teresa Apolaya, quien gobernaba extensas tierras que abarcaban Jauja, Huancayo, Chupaca y Concepción. Historiadores han documentado que era una líder con vastas riquezas su dominio incluía centenares de miles de cabezas de ganado y propiedades valoradas hasta diez veces más que las fortunas más ricas del Cuzco. En síntesis, Teresa Apolaya constituye una figura femenina empoderada durante la colonia. Su importancia fue tal que, durante la Campaña de la Breña, se difundieron anécdotas que vinculaban a Andrés Avelino Cáceres como descendiente de Catalina Huanca. Aunque no existen pruebas concluyentes, su supuesta ascendencia en la región central contribuyó a que fuera considerado legítimo entre los guerrilleros indígenas.

Finalmente, es crucial reconocer que existen numerosos casos de desarrollos regionales, y las generalizaciones pueden simplificar las complejas realidades hasta convertirlas en meras caricaturas. Esto no implica que esta región haya sido una panacea, ya que también enfrenta diversos problemas irresueltos que comparte con todas las demás regiones del Perú.