Opinión

Estados Unidos: 6 de enero, un año después

2022-01-06
Por Jorge Frisancho

Escritor

coverFoto: El Mundo

Hoy se cumple un año de la insurrección en el Capitolio de los Estados Unidos, que fracasó en su intento de impedir la certificación de Joe Biden como Presidente, pero sigue catalizando a la derecha y la ultraderecha, y en esa medida no ha terminado todavía.

De todo lo que después de doce meses se sabe sobre los participantes en los sucesos de ese día, el dato más importante es: su principal motivación fue —es— la fantasía paranoide del "Gran Reemplazo", según la cual hay una conspiración organizada para sustituir sistemáticamente las poblaciones "blancas" de Estados Unidos (y las de Europa u "Occidente") por otras que destruyan su superioridad y su dominio.

Eso es lo que encontró un análisis demográfico de los participantes en la insurrección realizado por especialistas de la Universidad de Chicago: el principal factor predictivo de su presencia en el Capitolio ese día es el declive de la población anglosajona como porcentaje de la población general en sus condados y comunidades locales. En otras palabras, son en su mayoría "blancos" que se ven "reemplazados" y proyectan esa ansiedad en el trumpismo, y están dispuestos a recurrir a la violencia y subvertir el orden constitucional para resolverla.

Las realidades políticas, por supuesto, siempre son más complejas de lo que puede explicarse mediante un factor único o una sola correlación, por potente que sea; este caso no es una excepción. Aun así, el dato es iluminador y no debe perderse de vista. Será, creo, un condicionante significativo para lo que suceda en el futuro.

El "verdadero pueblo"

En los Estados Unidos, el delirio del "Gran Reemplazo" empata con una larga y nutrida tradición de pensamientos y emociones racistas de las que muchos ciudadanos son apenas conscientes aunque participan de ellas, con la honda raíz institucional de la supremacía blanca y también con la persistente presencia de las ideologías de dominio racial en la política viva.

El mayor talento de Donald Trump como líder político, quizás el único que posee, es su intuitiva habilidad para articular ese nexo y asumir su representación simbólica. No es casualidad que ese día, en la manifestación que precedió al asalto al Congreso, haya azuzado a sus seguidores con estas minuciosamente calculadas palabras (énfasis añadido): "Nuestro país ha estado bajo asalto durante mucho tiempo, pero ustedes son el verdadero pueblo. Peleen como fieras para defenderlo". El escritor Ta-Nehishi Coates describió a Trump en 2017 como "el primer presidente blanco" de los Estados Unidos, y la que entonces pudo parecer una mera maniobra retórica quedó grabada a fuego hace un año: Trump fue el primer presidente de la reacción blanca ante la pérdida de privilegio y dominio sobre el orden social y el cuerpo político (y para muchos de sus seguidores, lo sigue siendo).

Pero el problema real no son Trump y sus seguidores, sino las plataformas institucionales que con tanta facilidad se han prestado y se continúan prestando a sus designios. Y de esas plataformas, la más peligrosa es la que les brinda el Partido Republicano, porque es a través de ella que se normalizan y se convierten en un proyecto institucionalmente viable.

Desde su derrota en las elecciones del 2020, el Partido Republicano ha desplegado sus considerables recursos y poderes —básicamente, su control de la mayoría de legislaturas y gobernaciones locales y estatales— en una prolongada campaña dirigida a cambiar las reglas de juego electorales, con la promoción y aprobación de leyes que restringen el acceso de los ciudadanos al voto en muchos estados, criminalizan la supervisión no partidarizada de los procesos electorales e incluso podrían permitir a las legislaturas estatales desestimar la votación popular y otorgarle la victoria al candidato de su preferencia, aunque no haya ganado en las urnas. Ninguna de las anteriores es una exageración. Todas son medidas presentadas y debatidas a nivel estatal y local, y algunas ya han sido aprobadas. Un reporte reciente de la ONG no partidaria States United Democracy Center detalla esta campaña y la cataloga, sin equivocarse en mi opinión, como un proyecto de sabotaje electoral y subversión antidemocrática; lo propio hace el Brennan Center For Justice de la Universidad de Nueva York. Y no son los únicos.

Hacia una dictadura de la minoría

Este proyecto es anterior a Trump y al trumpismo, por cierto. Como anota el politólogo Corey Robin, el Partido Republicano lleva décadas operando en esa línea, y su principal apoyo ha sido y continúa siendo el propio régimen constitucional. En realidad, no es necesario subvertirlo para hallar en él instrumentos que permitan, normalicen e incluso legitimen prácticas antidemocráticas. El diseño constitucional de los Estados Unidos ha sido desde siempre, y de manera explícita, un mecanismo para filtrar y tamizar la voluntad política de las mayorías. Es, en realidad, una constitución antidemocrática. En esa medida, dice Robin, lo que está ocurriendo no es "la imposición de un nuevo régimen", sino "una historia típicamente estadounidense".

Aun así, el proyecto se ha acelerado considerablemente en los últimos años y está llegando a un punto crítico, como el propio Robin reconoce: en alianza con sectores significativos del empresariado y el capital financiero, el Partido Republicano está hoy más cerca que nunca de cimentar una reacción definitiva contra la lenta, sobresaltada e incompleta —pero real— expansión de la franquicia democrática que ha marcado la historia de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, cumpliendo la promesa constitucional de una polis excluyente gobernada sobre líneas de filiación étnica y racial. Lo cual, dadas las realidades demográficas del Siglo XXI, solo puede significar una dictadura de la minoría, ejercida con cada vez mayor violencia represiva.

Eso es lo que llevó a los insurrectos de 2021 al Capitolio y lo que mantiene vivo (de hecho, más incandescente hoy que entonces) el fuego de su alzamiento. Para muchos de ellos y de quienes comparten sus ansiedades y sus deseos, se trata de impedir, cualquiera sea el costo, el "Gran Reemplazo" de sus pesadillas. Con la colusión creciente un Partido Republicano dispuesto a abandonar las delicadezas convencionales de la convivencia política y abrazar su espíritu violentista, un año después tienen sus objetivos más cerca que al principio. No hay garantía de que los logren, eso es verdad, pero el futuro que augura su persistencia no deja mucho espacio para el optimismo.