Opinión

¿Es posible cambiar nuestro comportamiento para enfrentar la pandemia?

2020-06-01
Por Carlos Flores Lizana

Antropólogo y Profesor

coverFoto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

La pandemia que vivimos nos reta a darnos cuenta de lo que hacemos o dejamos de hacer. Como dijo el pasado jueves 28 de mayo el conocido doctor Elmer Huerta “el contagio y la disminución del mismo se halla en el terreno del comportamiento, es decir en el campo de la ética y la conducta”. Lo duro es que los comportamientos y los valores no son fáciles de adquirir y cambiar. Pero tenemos que cambiar y hacerlo ya. Para ello, es bueno revisar la relación que existen entre nuestro comportamiento social, la ética y la religión.

Tengo la impresión, que los peruanos somos personas esforzadas y trabajadoras, sobre todo las mujeres, persistentes y resistentes ante las adversidades de la vida, e inteligentes para solucionar los asuntos prácticos. Damos mucha importancia a la familia, sabemos festejar y colaborar con ella de manera incondicional y hasta heroica.

De otro lado, el 96 % de los peruanos se considera creyente y practicante de alguna de las iglesias de este país. La fe en el Dios cristiano -sobre todo- y en las divinidades andinas es un soporte importante para los momentos difíciles y para mantener la conducta en las directrices que nuestra conciencia nos norma en el terreno de la ética individual y social.

Sin caer en una caricatura de lo que somos éticamente, habría que matizar muchas de estas afirmaciones, dándoles los bordes y colores precisos para que termine siendo un retrato. Por ejemplo la moral sexual de los varones: no somos ni controlados ni honestos, el número de niños y niñas no reconocidos y abortados por presión del varón es muy alto. Se calcula que en el Perú hay casi un millón y medio de hogares conducidos por mujeres solas. Este comportamiento es también expresión del machismo, aprendido y tolerado por las mismas mujeres y la sociedad en su conjunto. Un machismo más occidental que andino prehispánico, por lo que he podido conocer directamente en mis años de convivencia con comunidades andinas.

Otro matiz necesario tiene que ver con las relaciones familiares. De un lado, las empresas pequeñas y medianas, la mayoría de las cuales se han hecho sobre la base y el esfuerzo de la familia extensa (que incluye no solo padres e hijos, sino también primos, tíos, compadres, ahijados, paisanos, etc.). Esto es bueno pero a veces sirve para que algunos se aprovechen, sobre todo, a la hora de reconocer derechos y condiciones de trabajo o beneficios económicos. De otro lado, la violencia familiar, los feminicidios, la horrorosa situación de las niñas violadas y explotadas por sus propios padres, hace volar por los aires ese valor que es amar la familia, estar unidos, saber festejar, ayudarse entre parientes, etc.

Los peruanos somos muy inteligentes para muchas cosas prácticas y sabemos arreglar -con cuatro cosas- un carro malogrado, la lavadora, el horno, el triciclo, las instalaciones eléctricas, lo que sea. Igualmente, si no tenemos trabajo nos lo inventamos y sabemos “parar la olla” cada día, “como sea y donde sea”. Las familias pobres no solo han conseguido el terreno donde vivir sino que han levantado su casas aunque sea en 30 años, ladrillo por ladrillo. Lo mismo podríamos decir de los negocios, tiendas, servicios que y dan de qué vivir a miles de familias. Hernando de Soto, desde otra perspectiva afirma esta idea, solo que él la piensa desde una mirada capitalista tradicional.

Cuando pasamos al campo de la religión, es clave relacionar moral, comportamiento y fe. Los peruanos somos creyentes, y esto nos viene de nuestras raíces prehispánicas y de la fe cristiana traída por los conquistadores españoles. Ambos aportes son fundamentales para nuestra identidad religiosa, pero en los últimos cien años aproximadamente, el evangelismo y otras iglesias van complejizando y enriqueciendo esta dimensión de nuestra vida, sobre todo en el terreno de la política y la cohesión social.

Somos un país que vive sobre todo su fe expresada en la llamada “religion popular”: fiestas religiosas, sacramentales, veneración de los santos, culto a los muertos, cofradías, hermandades, asociaciones religiosas organizadas, pero con poca formación espiritual, bíblica, teológica, y moral. Muchos católicos somos grandes bebedores de alcohol, violentos en nuestras casas, tramposos, arribistas, con poco sentido de la justicia social. Muy pocos líderes sindicales se inspiran en los valores cristianos para dirigir e inspirar su lucha social por la justicia, la democracia, el socialismo, los derechos humanos y/o la libertad. Tenemos unas iglesias clericales, machistas, con escándalos sexuales y económicos muy graves, económicamente dependientes de los servicios sacramentales en algunos casos casi simoniacos, sin rendición de cuentas. Y gracias al Concordato, se mantienen sueldos para obispos y capellanes de los cuerpos represores del estado, como la PNP y las FFAA. Esto lleva a que los laicos no encuentren la coherencia que buscan en sus pastores y autoridades.

Me pregunto, después de expresar este horizonte contradictorio pero real de nuestra manera de ser y vivir, ¿qué otros elementos de nuestra historia hacen que seamos como somos en los tres aspectos que estamos tratando? Me parece que la historia de dominación y la mentalidad rentista de la clase económica y política de nuestra patria, explican nuestro poco respeto a la ley y las normas. El mal ejemplo de las autoridades es realmente terrible. Leer el libro “Historia de la corrupción en el Perú” de Alfonso Quiroz es alucinante, porque comprobamos que siempre hemos estado plagados de gobernantes corruptos. Los últimos 30 años de nuestra historia reciente lo ratifican. Por eso muchos peruanos piensan “si las grandes autoridades roban, ¿por qué yo no?”. El mal ejemplo de las autoridades no es compatible con la exigencia de buena conducta. Ya dice el refrán sabiamente “el ejemplo arrastra, aunque las palabras convenzan”, y otro pensamiento parecido “dice más de ti lo que haces, que lo que hablas”. La consecuencia de esta ausencia de integridad es la falta de respeto por todo tipo de autoridad, nadie les cree y nadie confía en ellas.

Frente a este escenario nos preguntamos ¿Qué y cómo hacemos para que los comportamientos de los que están caminando a la muerte día a día, cambien y se cuiden?

Lo primero es normar u ordenar ayudando a que sea posible cumplir lo que se pide. No se puede exigir cumplir sin dar las condiciones necesarias para cumplir lo que se manda. En Paris se multa severamente a los que orinan en la calle o en los parques, porque hay baños públicos limpios y gratuitos en muchos lugares. Ahora en Lima se quiere que los ambulantes y que las personas no salgamos a las calles, pero cuando alguien se muere de hambre no se le puede exigir que cumpla con una norma que va contra su propia sobrevivencia.

Lo segundo es mejorar la comunicación entre autoridades y ciudadanía, sin ello es imposible dar órdenes y motivar su cumplimiento. La costumbre del presidente de salir casi cada día a explicar lo que hace el gobierno, es buena pero me parece que no llega ni al 20 % de la ciudadanía. Si quieren que llegue se tiene que hacer una cadena de comunicación con todos los medios públicos y privados que tenga el país. Podemos recordar al General Velasco en los años de la Reforma Agraria, el país entero lo veía y escuchaba. Ahora sería necesario hacerlo sin confiscar los medios o cosas por el estilo.

Lo tercero es pedir a las instituciones de nuestro país con más prestigio moral que promuevan campañas comunicativas para reactivar las reservas morales dormidas que tiene nuestro pueblo. Entre estas están los bomberos, algunas iglesias, la Cruz Roja nacional e internacional, las rondas campesinas, las redes de comedores populares, etc.

Lo cuarto es invitar a los grupos y personas que producen belleza como músicos, pintores, poetas, danzantes, escritores para que con su fuerza creativa alienten a la autoestima y la esperanza.

Finalmente, pedir a las personalidades ejemplares de nuestra patria, como el sacerdote Gustavo Gutierrez, el periodista Gustavo Gorriti, los fiscales del caso Lavajato, y otros tantos “verdaderos tesoros escondidos” de nuestro pueblo, que son garantía de la presencia del espíritu de honestidad y servicio, que salgan a los medios a conversar con la gente y comuniquen su compromiso con la vida y sus reflexiones. Cada familia y cada uno de nosotros tiene que mejorar su autoestima, reconocerse único y valioso. A pesar de que la vida no nos haya dado lo que nos merecemos, somos importantes, tenemos derecho a ser felices y ver a nuestros hijos dichosos. Muchos sobrevivientes de los campos de concentración y las guerras nos dicen que los que tenían esperanza y metas, fueron los que vencieron a la muerte. No dejemos de soñar en un país con un futuro mejor y más hermoso.

Pasando finalmente a lo práctico, aparece como una medida eficaz exigir que los más vulnerables a que no salgan de sus casas, es decir aquellas personas de más de 65 años o que tienen enfermedades de riesgo, pero asegurándoles que los vamos a cuidar más. De otro ladop, es clave que en los barrios pobres, se ayude a estas familias con alimentos, dinero, medicinas, visitas personalizadas y familiares, sin demora y sistemáticamente. La crisis social y económica que golpea a los pobres es muy seria y todos nos debemos preocupar por ellos. Sin misericordia por el más débil no hay futuro ni novedad, como lo acaba de decir el papa Francisco en un excelente escrito titulado “La vida después de la pandemia”. Si no lo hacemos aquellos morirán o enfermarán mucho más en todo sentido: física, mental y espiritualmente.