Opinión

Entre dos fuegos

2022-09-02
Por Violeta Barrientos Silva

Escritora y abogada feminista

coverFoto: CNDDHH

El domingo 28 de agosto se celebró un aniversario más de la entrega del informe de la Comisión de la Verdad en 2003. Durante la ceremonia a la que asistí, y a medida que oía los testimonios de familiares dolientes o de activistas de derechos humanos, no podía dejar de relacionar aquellos años de confrontación y el momento de tensión actual. Era inevitable también pensar en lo hecho durante estos veinte años. Desde la CVR se habían formulado recomendaciones, “orientadas a modificar las condiciones que generaron y ahondaron el conflicto interno”. ¿Cómo así los herederos políticos de un cuestionado régimen pudieron lograr una aplastante mayoría en el Congreso hacía solo cinco años? ¿Cómo así veíamos hoy a reservistas o veteranos del conflicto armado desfilando por las calles en demostración de fuerza? ¿Cómo era posible llegar al fin de un ciclo de relativa estabilidad y paz, y vivir la amenaza de una confrontación que nos retrotrae veinte años atrás? ¿Y cómo así coincidían en el Congreso y Ejecutivo grupos de izquierda y derecha que no tenían vergüenza de declarar sus coincidencias autoritarias anti-derechos de los peruanos?

Como lo formulaba en un artículo reciente, la historiadora Cecilia Méndez: “…llevamos mucho más tiempo cultivando la antipolítica, la desregulación de la economía (y, con ella, de la ética), la conversión de los servicios públicos en negocios privados”(1), en fin, la no intervención del Estado como distribuidor de derechos y beneficios entre sus ciudadanos, y más bien su aprovechamiento por redes mafiosas desde 2001, a lo que habría que sumarle, el vaciamiento de la política y la inexistencia de verdaderos partidos políticos.

Sumadas estas cuestiones, hemos llegado a la predominancia de los autoritarismos de izquierda y derecha hoy en día. Estos se valen para expandir su poder de ciertos mecanismos: 1) la apropiación de la sacralidad religiosa o laica 2) la liquidación de las formas institucionales, 3) la apelación a lo emocional, 4) la estigmatización de grupos contrarios a sus posiciones haciendo de ellos chivos expiatorios.

  1. Contrarios al debate político, recurren con facilismo a los símbolos sagrados: “Dios”, “Patria”, camiseta y bandera nacional, “Familia”, “Hijos”, “Vida”, o el idealizado “Pueblo” que decidiría por mayoría qué derechos dar y qué no dar sin aceptar mediaciones en un país sin partidos políticos. El Pueblo no es privativo de la izquierda; Donald Trump tomó el mando anunciando que “el poder de Washington lo devolvía al pueblo”, y que el pueblo se convertiría “en el dirigente del país”.
  2. Al ser Dios o el Pueblo el gestor del Estado, no hay entonces necesidad de institucionalidad ni normas a respetar o cuidar. Tanto el Congreso como el mismo Ejecutivo desmontan la poca institucionalidad que se logró construir. La exaltación religiosa o popular tampoco necesita detenerse a respetar leyes o instituciones.
  3. La psicología de masas ha dicho muy bien que la emoción se impone a la razón. El Presidente Castillo recurre a la identificación con el oyente movilizando así un sentimiento de proximidad, una particularidad que viene del Ande peruano: “Hermano, hermana… ¿dónde más podíamos recibirlos a ustedes si no es en la casa del Pueblo?”, o “Porque siento igual que ustedes, que he tenido que comer el pan con el sudor de mi frente, este gobierno no es solo mío …sino de ustedes”. Pero también estamos en el tiempo de los discursos de odio de uno y otro lado en el espacio público, real o virtual, y en los medios de comunicación hegemónicos, lo que termina llevándose de encuentro toda teoría, intelectualidad o razonamiento. La apropiación de lo sagrado explota a su vez lo emocional.
  4. El discurso emotivo del odio, tiene por objetivo mostrar la supuesta fortaleza de los que más vociferan a expensas de quienes son señalados como “enemigos”. El ataque a las ONG desde ambos extremos hace recordar cómo el gobierno populista de derecha que subió al poder en Nicaragua en 1997, acusó a las ONG de corrupción y de beneficiarse de la pobreza del país e hizo un pacto político con el partido de Daniel Ortega que años más tarde llevaría al clímax la persecución contra las mismas. En realidad, había enemigos más importantes a quienes enfrentar, pero así se socavaba la legitimidad de las ONG, entidades que formulaban análisis críticos de la situación del país. Los autoritarismos se oponen a las élites intelectuales o movimientos sociales que se les resistan en su afán de “allanar” su camino. La estigmatización de los “caviares” o la invisibilización de las causas de las mujeres tiene el mismo sentido, acabar con quienes no podrían plegarse al clientelismo e insistieran en el apego a una institucionalidad.

Finalmente, así como en los años 80, somos la mayor parte de ciudadanos, los que estamos en medio de la disputa. Hay quienes ven una “atomización de la sociedad cuya consecuencia es la anomia y debilidad de las clases orgánicas” , otros tienen esperanza en que la ciudadanía se organice como mayoría y tire con fuerza hacia el diálogo social para salir del entrampamiento. Hagamos que la historia no se repita.

(1) Méndez, Cecilia. ¿Cómo llegamos a esto? La República, 28 de agosto de 2022. https://larepublica.pe/opinion/2022/08/28/como-llegamos-a-esto-por-cecilia-mendez/