Opinión

El presidente que no lee periódicos ni mira televisión

2022-01-23
Por Carlos Reyna

Sociólogo

coverFoto: Presidencia de la República

Recién cinco meses y veinte días después de haber asumido el cargo de presidente de la República, Pedro Castillo Terrones ha dado su primera entrevista. Se la ha dado a uno de los mejores entrevistadores y el menos indulgente del periodismo peruanos. Las preguntas que César Hildebrandt le ha hecho ha ratificado su fama como entrevistador. Las respuestas que ha dado Castillo no mejorarán su imagen como presidente. No van a reducir nada del odio que le tiene una parte del Perú, ni el fastidio o la decepción que le inspira a otro sector. Y una tercera parte, la más pequeña, la que lo quiere, lo seguirá queriendo porque su afecto no tiene mucho que ver con lo que aparece en los medios ni con el arte comunicativo de su presidente.

Una entrevista sin novedad alguna

Pasa que, no obstante la agudeza del periodista, no pudo sacar nada nuevo. El mismo título de la entrevista delata que no pudo extraer ni una sola pepa. Solo dice “Castillo decide hablar”. Bien pudo ser “Castillo insiste en no hablar”. El entrevistado fue el mismo de siempre ante los medios: evasivo, contradictorio, confuso, autojustificatorio, negador de lo evidente, vacío de ideas, repleto de frases cliché, pero calmo, frío, casi inerte. Si antes venía toreando a los medios sin hablar con ellos, ahora toreó a uno de los más temibles de modo presencial, face to face. Hay que reconocerlo, este singular presidente maneja su técnica de evasor de mejor manera que Hildebrandt la de cazador de primicias.

Los que lo odian

Los que van a seguir odiándolo tienen sus propias razones. No tienen nada que ver con lo que diga Castillo, ni con sus silencios ni con sus evasivas, mentiras o verdades. Tampoco con lo que haga o deje de hacer. Una parte de ese odio tiene una causa objetiva: la bronca porque derrotó a Keiko Fujimori, a Rafael López Aliaga y a Hernando de Soto. Otra parte es de origen puramente subjetivo, ficticio, falso, y se los inoculó Keiko. Es esa doble mentira de que Castillo quería y quiere implantar una dictadura comunista y de que ganó la elección con fraude. De allí la pulsión por derrocarlo cuando sea, como sea y por lo que sea. Están dispuestos a demoler la democracia para ello. Es un odio sin medida ni clemencia, pero además incondicional y muy destructivo. De esos que no hay ni en los valses ni en los tangos más resentidos.

Los que lo quieren

Los que van a seguir queriéndolo, así ya no sean tantos, también tienen sus razones, mitad objetivas, mitad subjetivas. Son sus más fieles votantes, aquellos que lo vieron como a uno de ellos y ellas. El más parecido de cuanto candidato se tenga memoria. Con sus mismas coordenadas: la pobreza, la ruralidad, lo andino, la exclusión, y una cierta rebeldía social. Eso es objetivo, así era y sigue siendo. Lo asumieron como su representación por identificación. Eso explica ese fenómeno que Vargas Llosa no entiende, así como nunca entendió a Arguedas: que en la segunda vuelta algunas comunidades pequeñas discutieran su voto en asambleas y votaran por él todos y todas.

Lo subjetivo, lo imaginado por los que lo quieren, es que él va a ser su salvador y un buen gobernante para ellos. Si no lo llegara a ser, como todo parece indicar, sería una ficción que al menos no es destructiva, ni menos aún antidemocrática. Es alimentada por el propio Castillo, que mientras es evasivo y frio ante los grandes medios, y no les suelta prenda, frente a sus más fieles votantes, en sus distritos y provincias, sí se presenta cómodo, cálido y hablantín. Allí si suelta noticias y primicias que luego repetirán los medios. Así sean motivo de, crítica, rechazo o mofa por esos medios, son bastante aplaudidas allí donde lo anunció.

Los decepcionados y hartos de él

Los que, habiendo votado por Castillo, sienten ahora fastidio, decepción, o incluso desearían que lo vaquen, no tienen mucha razón para ello. De lo que debieran decepcionarse es de sí mismos, y de su poca memoria de por qué votaron él. Deberían recordar que nadie tenía una idea sobre sus cualidades como político ni sobre su potencial como gobernante. La enorme mayoría de sus votantes de la segunda vuelta votaron por él, no por sus desconocidas virtudes, sino por los vicios de Keiko Fujimori y asociados. Por lo tanto, que resultara un mal o inclusive un pésimo gobernante, estaba perfectamente dentro de lo posible.

Parte de lo que era posible es este mal manejo que tiene Castillo de su relación con los medios. Esa frase que dice en la entrevista, “no leo periódicos ni veo televisión”, debe haber hecho rabiar una vez más a los que se decepcionaron de él, ratificándolos en su cólera. ¡Cómo le van a importar un pepino los medios a un Presidente! Si pues, está mal y hay que decirlo. Son muchas, y obvias, las razones por las que está mal, pero antes de condenarlo, o de ver su error como una simple burrada, sería bueno recordar algunas cosas, no para justificarlo sino para ubicarnos bien en el terreno en que estamos.

La memoria ayuda a no perderse

Por ejemplo, recordar que la mayor parte de los grandes medios se sumaron, en la segunda vuelta, a la guerra de vergonzosas mentiras contra Castillo lanzada por Keiko Fujimori y compañía. Eso nunca terminó. Basta con ver cualquier día la mayor parte de las carátulas de los diarios en los kioskos, el 80 % de los cuales pertenecen al grupo El Comercio. O la mayor parte de las primeras planas de los programas políticos dominicales de la TV, parte de los cuales pertenecen a canales de propiedad de l mismo grupo empresarial

Castillo tiene mucho de criticable, es obvio. El problema es que, con frecuencia, lo criticable es burdamente aderezado con mentiras grotescas. Por algo un equipo entero de buenos periodistas de Cuarto Poder dejó el programa, y luego, los obsecuentes que lo reemplazaron fueron tan mediocres que tuvieron que ser sacados unos meses después.

"Un balazo para el chotano"

En ese polarizado clima de poca ética periodística que hay en la mayoría de los medios peruanos, no es extraño, sino sintomático que aparezca un periodista responsable de la sección política del diario más vendido del Perú que clame en twitter por “un héroe nacional que se acerque al chotano de mierda y le meta un balazo a lo JFK”. Ya no sorprende que ese periodista sea del diario El Trome, el más exitoso de varios de los periódicos populacheros del grupo El Comercio.

De modo que en ese pernicioso foso abierto entre el actual gobierno y la mayor parte de los medios, toda la responsabilidad no recae en Pedro Castillo. Han sido esos medios los que lo comenzaron a cavar y lo siguen haciendo día tras día. La que sí tiene Castillo consiste en no cruzar un puente sobre ese foso y no darse cuenta que, al abstenerse de expresarse también a través de ellos, o de tanto programa informativo menos sesgados, que hay en las redes, es él quien más pierde.

Tras el foso, la brecha que parte en dos a los peruanos

En esa actitud es posible que influya otra fisura más grande y profunda que nos divide a los peruanos. Es la brecha política, social y cultural que ya se vino expresando en los procesos electorales desde el 2001, pero nunca de modo tan crudo y violento como en el 2021. Pedro Castillo, quienes componen su gobierno, sus opositores de mayor encono, este Congreso, y los medios que tenemos, así como son, vienen a ser solo un síntoma y un resultado de esa grave falla sísmica que tenemos.

Al final de la entrevista, Hildebrandt le pregunta a su entrevistado, “¿Cómo le gustaría que lo recuerden?” Hay una cierta grisura depresiva en la respuesta: “Como alguien que creyó que el Estado podía acercarse al pueblo. También como alguien que se preocupó por la educación. Nada más”. Es el mismo tono abatido que hay en eso de que no lee periódicos ni ve televisión. El que corresponde a alguien que sabe que no ocurrirá lo que creía, ni mejorará lo que le preocupaba. Alguien que percibe que acabará devorado por el abismo que lo llevó al gobierno.