Opinión

El parsimonioso caudillo del siglo XXI y sus nombramientos escandalosos

2021-10-24
Por Carlos Reyna

Sociólogo

coverFoto: Presidencia de la República

Pedro Castillo está gobernando mal, de eso no debe quedar duda. Donde más claro se ve es en muchos de los nombramientos que hace. Si no fuera por la buena gestión de unos pocos ministros que estuvieron bien designados, especialmente el del sector Salud y otros en áreas críticas, su gestión sería desastrosa. Lo más defectuoso e irritante es el criterio que sigue para las designaciones que realiza.

Esos nombramientos

Una proporción importante de ministros, viceministros y altos funcionarios de entidades públicas han sido nombrados para pagar favores o adhesiones a su campaña electoral, o para favorecer a sectores de interés para el Presidente, como sus paisanos chotanos y sus colegas sindicales, o porque forman parte de esa intrigante relación autodestructiva que tiene con Vladimir Cerrón.

Tres de las más recientes de esas designaciones se explican por ese tipo de relación con Cerrón: la del fallido embajador en Venezuela, Richard Rojas; la del dueño de un currículum que más parece prontuario, el ministro del Interior, Luis Barranzuela; y la del farsesco Ricardo Belmont. Los tres con distintos tipos de cercanías a los hermanos Cerrón o al congresista Bermejo.

Una idea patrimonialista de los cargos

Es obvio que en la lógica que siguen estas y muchas otras designaciones, priman exclusivamente las sensibilidades personales de Pedro Castillo. Sin duda, ese tipo de ingredientes siempre van a incidir en las decisiones de algún Presidente en cualquier parte del mundo. El problema es que haya recurrentes designaciones en que incidan exclusivamente esos elementos, pero ningún otro que las justifique racional y objetivamente desde el punto de vista del interés público.

Que eso haya venido siendo reiterativo muestra que no se trata de simples errores. Se trata de una idea, una concepción muy arraigada en Pedro Castillo sobre los límites que tiene para el ejercicio de su poder en cuanto a los cargos que le toca designar. Castillo asume que ése es su botín personal y lo usa para premiar libremente a diferentes tipos de adhesiones a su persona. No le importa la calificación que tengan para el cargo, la opinión de los ciudadanos sobre tal práctica ni la legitimidad que tenga esa decisión. Se trata de un uso patrimonialista de los cargos.

Un caudillo parsimonioso en pleno siglo XXI

Total, dirá él, es el primer Presidente de los pobres y se debería aceptar que ponga a quien quiera, pasando por encima de las normas y costumbres en materia de nombramientos. Ese uso personalista de las atribuciones presidenciales para colocar altas autoridades estaría justificado por su rol como el salvador de los pobres, al cual sus designados le pagarán con una lealtad incondicional. Con Castillo, bajo ese sombrero, estamos ante el retorno de la figura del caudillo popular providencial, poco empático con las reglas institucionales de un Estado moderno.

Aunque haya llegado al gobierno con el voto popular, ese modo de gobernar de Castillo no solo es pre - democrático. Si no fuera porque durante la primera mitad del siglo XX se vio mucho de ese perfil de caudillo en varios de los líderes populistas, diríamos que es propio del siglo XIX. Si no fuera porque durante la república temprana ocurrieron aquellas guerras y conjuras de caudillos a caballo, podríamos decir que hasta es pre – republicano. Si solo se tomara en cuenta ese gesto de entrar a caballo al centro de Lima durante las elecciones últimas, podría decirse que más se parece a ese tipo de caudillos de nuestra república naciente.

Pero no, aquellos eran caudillos militares ex combatientes por la independencia, de vidas ruidosas y gesto airado. Castillo es un caudillo civil, pausado para hablar y para tomar decisiones, poco comunicativo, y así, tranquilo como paisaje cajamarquino, asume que los pobres no solo le van a perdonar que se siente en los usos institucionales sino que se lo van a pedir y celebrar.

Aquellos viejos caudillos aurorales se creían legitimados por su participación en las luchas por la independencia y por la esperanza que ellos despertaban entre sus seguidores. Este Presidente caudillo que tenemos ahora tiene aún una cierta legitimidad que deriva, primero, del mérito de haber sido el primer candidato de los pobres en ganarle a los candidatos de los ricos y, segundo, de la bronca de esa mitad del país contra los 40 años de líderes presuntamente modernos, pero duchos en la antigua costumbre de robarle al Perú. Es el caudillo popular que nos tocaba en el siglo XXI después de tanta permisividad y tolerancia de las instituciones de la democracia, y de grandes porciones del propio electorado, con tanto facineroso cargado de títulos y postgrados.

Un elegido gracias a la poca virtud de Keiko Fujimori

Cabe recordar que si ganó no es porque hubiera la certeza de que iba a gobernar bien. No había ninguna seguridad sobre cómo iba a gobernar. La que sí creía un poco más de la mitad del país era de que no podía ser que gobernara al Perú una procesada con altas posibilidades de ser condenada por ser la jefa de una organización criminal. Esta tuvo la osadía de comenzar su campaña electoral poniendo a su padre, sentenciado por crímenes muy graves, como un paradigma de gobernante. Y, segundo, cuando vio que iba a perder, llegó hasta el intento de destruir la legitimidad de los organismos electorales, de los resultados de la elección y hasta de la propia democracia peruana como un todo. Frente a ella, de lejos era preferible alguien que estaba limpio de antecedentes turbios y concitaba el apoyo de la mitad más pobre del país.

Pero como todo Presidente, Castillo tiene que gobernar de un modo por lo menos entre regular y bueno. Sin embargo lo está haciendo mal. Por cada buen paso que los mejores de sus ministros o él mismo le aportan a su gobierno, comete algunos de esos nombramientos inaceptables que echan a perder las posiciones que había recuperado y los hace una y otra vez como si no le importara su impacto en la opinión de los ciudadanos o su aprovechamiento por los medios masivos, la mayoría de los cuales son sus adversarios.

Poniéndose a tiro de sus enemigos

Este caudillo parsimonioso y de poco hablar probablemente obtenga el voto de confianza para su nuevo gabinete por parte del Congreso porque la designación de Mirtha Vásquez, y de algunos de los nuevos ministros y ministras, fue uno de sus pocos aciertos al escoger nombres. Pero debería tomar conciencia de que ahora el mundo de los medios y de la llamada opinión pública pesa mucho más en política que en los tiempos en que los caudillos sí podían hacer prevalecer sus liderazgos personalistas por plazos prolongados.

También debería asumir que si les sigue dando municiones a esos medios, estos, que en su mayoría ya lo detestan, seguirán siendo implacables con él y su gobierno. Que las municiones que más les gustan son los escándalos porque son estos el factor más frecuente de la caída de gobiernos. Y que esos nombramientos que hace son precisamente escandalosos. Con ellos está ayudando a empedrar el camino a esa quiebra de su gobierno que sus enemigos más enconados e irracionales vienen apisonando desde que ganó las elecciones. En fin, lo que Pedro Castillo debe ponerse bajo el sombrero ya mismo es la convicción de que un elegido por defecto del contrario debe gobernar con algo de virtud propia.