Opinión

El Mayor Ayacuchano: Memorias de la guerra en Chungui y Oreja de Perro

2010-08-25
Por Renzo Aroni

Historiador.

coverFoto: Oreja de Perro, mayo de 2002. Lugar de la Memoria lum.cultura.pe/cdi/fotografia/viaje-chungui-oreja-de-perro-ayacucho

"El Mayor Ayacuchano: Memorias de la guerra en Chungui y Oreja de Perro"1 es producto de la entrevista de Renzo Aroni y Rosa Vera con el Mayor Ayacuchano. Lima, 27 de enero y 19 de febrero de 2010.

«Era buena gente», «era conversador», «era humilde», «se ganó la simpatía de la gente», «no era como los otros jefes», «era humano», «no quería que se maltrate o se le toque a los detenidos», dicen muchos testimonios recogidos por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) sobre el Ayacuchano, 2 apodo con el que se le conocía al Mayor EP Miguel García Seminario.3

No usaba uniforme militar; sólo se ponía un polo y un pantalón azul de marca Lee. En vez de gorra usaba sombrero. En vez de botas negras se ponía ojotas. En vez de una mochila usaba una manta andina para cargar su qipi. Se dirigía a la gente en quechua. También chakchaba coca. Es decir, se vestía y vivía como los campesinos quechua hablantes: «Así me vestía yo, sí, pues, [como] civil andaba, como un pueblerino, esa fue una decisión mía», dice. Se dejó crecer la barba para sintonizar mejor su ascendencia con el héroe peruano de la Guerra del Pacífico, Miguel Grau Seminario. Así, el Ayacuchano tenía que convertirse en un verdadero ayacuchano para recuperar a sus «paisanos» del monte, los campamentos, las retiradas senderistas y así alcanzar la «pacificación en nombre de Dios».

En setiembre de 1987, el Mayor Ayacuchano llegó a la Base Contrasubversiva de Chungui para comandar desde allí toda la zona de Oreja de Perro. Pero él no se quedó en Chungui, comenzó a recorrer y estudiar el territorio, la población y sus enemigos, visitando todas las Bases de Oreja de Perro. En su periplo encontró varios pueblos fantasma, ocultos entre las neblinas. Así llegó a Chapi, donde solo halló viviendas en escombros y malezas, con las paredes pintadas con la figura de la hoz y el martillo. En ese momento el miedo se apoderó de él y de sus soldados. La población ya había sido forzada por Sendero Luminoso (SL) a vivir en los montes. Entonces el Ayacuchano, siguió la orden superior de realizar rastrillajes, pero con mecanismos ofensivos de convencimiento, para recuperar a la gente que vivía en las retiradas.4

Luego, dio la orden de distinguir a los mandos senderistas de las «masas» (la población sometida por SL), sin necesidad de arrasamientos ni saqueos. De esta manera sus métodos distaban mucho de sus antecesores y posteriores, que actuaron en la zona de manera sangrienta. Advirtió otra estrategia de pacificación, como refiere el Informe Final de la CVR (2003: tomo V: 119), que en nuestra entrevista con el Ayacucho, fue citado por este, para demostrar su actuación humana en Chapi o Nuevo Belén:

Lo cierto es que la población recuerda que es con la llegada del mayor EP Miguel [García] Seminario, conocido como Ayacuchano (CVR, Testimonio 202678), designado como jefe de la base de Chapi entre octubre y diciembre de 1987, que la actitud del Ejército cambió: «Ese mayor Ayacuchano no permitía que se le golpee a los detenidos –Yo di la orden: ¡no se le toca a nadie, traten con amor, con cariño!–. Él reúne a la gente de los montes y hace el repoblamiento de Chapi antes del 25 de diciembre de 1987» (CVR, Testimonio 202678…); lugar que el mayor Ayacuchano cambia por Belén –Yo le puse Nuevo Belén de Chapi, por la fiesta de Navidad, por Navidad. A partir de esa fecha, las acciones del mayor Ayacuchano «lograron algo de pacificación» –lógicamente mi zona, no va a ser todo Ayacucho.

«Entonces, ya, empecé yo con la pacificación, porque no había pacificación», dijo el Ayacuchano.

Puede que la mística del Ayacuchano haya residido en su fe cristiana y su amor al prójimo. Por cuando halló a la gente en los campamentos senderistas, se presentó en el nombre de Dios. Fue así que convenció a mucha gente que vivía en las retiradas. Llegaron a repoblar Chapi, gente de diversos lugares: Oronccoy, Yerbabuena e incluso de Mollebamba. Cuando SL amenazaba desde los cerros con las llamaradas del fuego, había gente que «se escapaba, bajaba y llegaba» al Nuevo Belén de Chapi. «Al día siguiente aparecían cinco o más, porque por ahí, por los montes estaban escondidos». Cuando en las noches prendían la fogata, el Ayacuchano hablaba con ellos, así entraban en confianza y «soltaban sus experiencias».

Luego, esta misma gente pedía colaborar para rescatar a sus familiares y paisanos que estaban apresados en diversos campamentos senderistas. Por ejemplo, el propio camarada Milesio, le pidió al Ayacuchano: «Yo tengo más familia, mi esposa, podemos ir a…», « ¡ya! –le dije–, ¡vamos!» –Entonces ahí empezó la historia–. Así el Ayacuchano emprendió más salidas, no con ronderos –porque todavía no había rondas en Chapi–, sino con los «arrepentidos» como Milesio, siguiendo los senderos nocturnos hasta encontrar a más gente. No importaba si se topaba con mandos senderistas, «igual había ganar la confianza».

Así llegaron a rodear a mucha gente en las retiradas. Luego, el camarada Milesio diría a sus familiares o paisanos: «¡Hola! ¡Qué tal! ¿Cómo estás?, decía en quechua. Estoy acá con el Ayacuchano –¿Qué le diría?–. Hay paz, estoy viviendo esto. Lo convencería, ya la patrulla ya estaba rodeando todo. Avanzábamos y toda la gente estaba durmiendo. Hermoso era recuperar a toda esa gente». Luego, el Ayacuchano se presentaba diciendo: «Yo soy el Ayacuchano, vengo por la pacificación, los voy a llevar a su pueblo. Sigan durmiendo, van a ser bien cuidados, no se preocupen».

Así en la madrugada del día siguiente, emprendían el viaje de retorno a Chapi, a veces con más de cien personas. En Chapi se organizaban para vivir un poco mejor. A veces faltaban los recursos porque no llegaban los alimentos. Además, como dice el Ayacuchano, frente a la amenaza de la lluvia y la neblina el cachi-cachi (helicóptero) no entraba a Oreja de Perro.

[En Chapi] vivíamos en ramadas… como casitas, allí dormíamos en el suelo, en hojas de plátanos, tapados con plástico, muriéndonos de frío, de hambre, yo me recuerdo mucho, lo voy a decir con gran cariño y amor, no llegaba víveres, y allá abunda la yuca pues, y todo los días yuca, yuca, yuca, y pura yuca, y lo voy a decir con todo respeto, cuando íbamos al baño, en la intemperie, nunca había visto mis heces blancas, como la nieve.

Por otra parte, si acaso la gente hallada en los campamentos se enfrentaba a la patrulla, entonces «había que atacar». En ese momento la táctica cambiaba, como él argumenta: «porque si a usted lo mandan en una patrulla y ve gente que viene armada entonces se tiene que defender, es un punto importante, vivir o morir, pero si quiere vivir, usted tiene que matar, ahí no hay excesos, no hay nada, es el momento».

«El uso de las armas era cuando ya no había escapatoria, como puede ser en una emboscada, tenía que defender la vida de mis soldados y mi propia vida». Pero, «no había necesidad de atacar» porque la gente que encontraba en los montes era las masas de SL, personas famélicas, haraposas, piojosas, sin armas y sin ideología, «que daban pena». Porque los mandos senderistas «se corrían abandonando a las masas».

Si esta estrategia hubiera sido aplicada también por otros jefes militares, quizá la guerra en Oreja de Perro hubiera tenido otro rostro y no la deshumanización de tanta gente en una guerra total, tanto como para considerar que matar a la gente era igual a matar perros.5

La filosofía humana del Ayacuchano volteó rápidamente la actitud de sus soldados y la actitud de la población para que abandonen las filas de SL. Sin necesidad de usar las armas. No sembrando el terror. Sin arrasar a la gente, ni robando ganados o pertenencias. No cortando orejas o lenguas para luego hacérselas comer a sus víctimas. Sin degollar y jugar con la cabeza en un partido de fútbol.

No cercenando senos de mujeres antes de ser violadas por toda la tropa. Sin violar a las mujeres después de bañarlas o insultarlas diciendo: «ahora aguanta, terruca», «terruca de mierda», «india de mierda». No quemando las casas con toda la gente dentro, haciendo cavar a las víctimas su propia fosa. No explotando a la gente en el lavado de oro para su propio enriquecimiento. Sin retacear a la gente con las balas y luego arrojarlos a los abismos o a los ríos Pampas o Apurímac. Sin necesidad de vender a los huérfanos en una feria de niños. ¡Acaso vale la pena imaginar tal ucronía!

La militarización y la deshumanización de la gente llevaron a desacreditar toda condición humana. Por eso en la guerra afloraron también matices personales, alimentados con el odio e intereses para saldar viejas cuentas. Es así que los campesinos ronderos también mimetizaron las prácticas violentas de otros jefes militares. Aunque «los ronderos al comienzo bien, pero, después, ellos quisieron ser autoridad, [y] que nadie les ordene nada, sino que ellos mismos resolvían la justicia y eso estaba mal», «porque ellos querían ser amos y señores», «verdad que ayudaron a combatir, pero también cometieron excesos», dice el Ayacuchano.

Estos ronderos pudieron ser ex senderistas, como también ex soldados. Pensar estas zonas grises es lo que amerita imaginar cómo fue y pudo extenderse la guerra hasta los niveles más intrínsecos de la historia y la memoria de los sobrevivientes que fueron a la vez victimarios y víctimas, y que hoy coexisten en comunidades como Oronccoy y Mollebamba de la zona de Oreja de Perro.

Si el jefe se comporta como un sanguinario, dice el Ayacuchano, el resto, sean militares o ronderos, «caballero tenían que entrar por la tangente», porque «los soldados te siguen». En efecto, después del Ayacuchano llegaron otros jefes a la zona de Oreja de Perro, como el Mayor Mondragón, el Mayor Najar, el Capitán Chapingo, el Capitán Pantera y el Teniente Robocob. A quienes, otro soldado, que había aprendido algo de la prédica y la práctica del Ayacuchano y a su vez estuvo bajo la jefatura de estos miliares cumpliendo su foja de servicio obligatorio en la zona de Oreja de Perro, denunció desde la prisión en su testimonio brindado ante la CVR, por todos los crímenes que estos militares cometieron en la zona de Oreja de Perro, para quienes sus habitantes, «todos eran terroristas y a todos había que matarles, a todos», aunque uno no quisiera, «pero tenías que cumplir las órdenes», «por ejemplo, al entrar a una casa tenías que saquear, encontrábamos radio, todo lo que encontrabas, tú tenías que llevar… a cada pueblo que entrabas tenías que saquear, tenías que matar».6

Si algo tiene sentido la condición humana es la indignación que aún subyace en la conciencia de algunos peruanos frente a tanta barbarie o ante la indiferencia de otros peruanos frente a lo que pasó en el Perú profundo, durante el conflicto armado interno en las zonas como Oreja de Perro, donde el Estado brillaba y aún resplandece por su ausencia.

Mientras estas comunidades siguen ocultas entre las montañas alto-andinas, solo circunscritas a través de los caminos de herradura si acaso ahora, para alcanzar educación o mejores condiciones de vida, siguen desplazándose por varios días para llegar a la capital del distrito o a la zona de Andahuaylas. Porque la carretera solo llega hasta Chungui y de allí sigue el abandono. Aquí el tiempo parece estar detenido en la realidad y el trauma congelado en la subjetividad de la gente. Los recuerdos enmarañados de sangre y los deudos que reaparecen en los sueños ya es parte de la cotidianidad. En todo caso, la vida sigue igual como si fuese ayer y el día de mañana parece no llegar.


  1. Se llama Oreja de Perro a la zona sur del distrito de Chungui, situado en la provincia de La Mar, en el nor-este de Ayacucho (ver mapa). El nombre de Oreja de Perro se lo pusieron los militares, debido a que el mapa de Ayacucho se asemeja a la figura de un perro sentado, donde la parte triangular formada por los ríos Pampas y Apurímac dan la forma de la oreja del perro. Entre Chungui y Oreja de Perro no hay una comunicación articulada. El acceso a Chungui sigue la ruta: Ayacucho-San Miguel-Chungui, que toma un tiempo de 8 horas; mientras a Oreja de Perro se ingresa por la zona de Andahuaylas hasta llegar a uno de los puentes sobre el río Pampas, que comunican los pueblos de Andahuaylas con Oreja de Perro.

  2. Los siguientes Testimonios recogidos por la CVR hablan de la actuación del Mayor Ayacuchano en la zona de Chungui y Oreja de Perro: 202247, 202418, 202665, 202678, 202660, 700284, 700813.

  3. El Ayacuchano fue el apelativo del Mayor Miguel García Seminario, de 52 años de edad, que nació en la provincia de Castilla, en la región de Piura en el norte peruano. Él dice: “Yo soy piurano, yo nací en Castilla, Piura, por ahí viene la línea, de [Miguel] Grau Seminario. Yo era seminarista, estuve en el Seminario de los padres redentoristas, estuve 4 años, y ahí fui formado como religioso, iba a ser sacerdote, pero el Señor al cuarto año me hizo renunciar”. Así, siguiendo el ejemplo de su padre, abandonó la sotana para vestir el uniforme verde y seguir la vida militar en la Escuela de Chorrillos (EMCH). “Dios no me quiso como un soldado de la religión, me quería como un soldado de la patria”. En 1974, al salir de la Escuela Militar, fue destacado como Subteniente (S-3) al Cuartel “Los Cabitos 51” de la ciudad de Ayacucho, donde permaneció hasta 1975. Allí conoció a una ayacuchana con quien luego se casó. En 1984 regresó a Ayacucho como Mayor y tres años después, en setiembre de 1987, fue destacado como Jefe de toda la zona de Chungui y Oreja de Perro. Allí comenzó a sonar su apelativo el Ayacuchano, que –por cierto– él mismo se puso: “Yo mismo me autodenominé como el Ayacuchano. Otros soldados se ponen nombres de guerra, nombres que desde ese momento ellos piensan que van a matar, está preestablecido, ¿qué significa todo eso? Guerra, matanza, yo no. Soy el ayacuchano.” Para él, ser ayacuchano implicaba aprender un poco de quechua, pero sobre todo “pacificar de otra manera”, “protegiendo y salvando” a sus “paisanos” ayacuchanos atrapados en los mantos de Sendero Luminoso. Los primeros días de febrero de 1988 abandona Oreja de Perro, cuando la población le suplicaba quedarse.

  4. Fue así que en su primera salida al monte, sorprendieron a un vigía en un campamento senderista, el camarada Milesio. El Ayacuchano dice de Milesio: “encontré un vigía, que quería escaparse (…), el muchacho tenía más o menos 20 años. Le dije: “mira hijo –conversé con él– yo soy el Ayacuchano, vengo en plan de pacificación, vengo en nombre de Dios, mi palabra es el nombre de Dios, (…), te voy a decir una cosa hermosa, si tú te quieres ir, anda escápate, así de simple, vete, pero si confías en mí, vas a venir conmigo, vas a ser diferente, así que piénsalo, (…), yo te voy a dejar acá, si quieres te vas, no me interesa”. El primero que lo capturé [fue] a él, fue algo maravilloso… Después le dije: “mira hijo –le puse las cartas sobre la mesa– te voy a dejar acá, voy a estar a unos 15 ó 20 metros, piénsalo bien, yo me voy con la patrulla, si quieres te vienes”. “¡Ayacuchano voy contigo!”. “¡Ya, está bien!” Entonces lo dejé, después voltee… “¡Ayacuchano voy contigo!”, “¡vamos!”, se bajó”.

  5. Véase los testimonios y dibujos del libro de Edilberto Jiménez, Chungui: Violencia y trazos de memoria. Lima: IEP, Comisedh, DED, ZFD. 2da. Edic., 2009.

  6. Por confidencialidad del propio testimoniante no señalaré el código de su testimonio brindado ante la CVR.