Opinión

Echarnos a andar

Por José Ignacio López Soria

Filósofo e historiador

Echarnos a andarFoto: Noticias Ser

Me avergüenza estar callado en circunstancias como las que estamos viviendo en el Perú. Creo que pronunciarnos se ha convertido no solo en una necesidad política, sino en una obligación ética.

Sostengo -aunque sé que no es este el sitio para tratar el tema a fondo- que lo que está pasando es solo la marejada, la superficie, la actualidad de un proceso que hunde sus raíces en nuestra vieja historia de rebeliones en busca de justicia y equidad tratando de abrirse paso en un medio que, desde siglos, es manifiestamente hostil a la mayoría de la población. El último ciclo de este largo proceso comenzó en la década de 1990 cuando los vencedores de siempre aprovecharon el entorno internacional, la debacle económica del gobierno anterior, las inseguridades y crímenes de la subversión y las “seguridades” y atajos que ofrecía la dictadura de turno para socavar la débil institucionalidad existente, fortalecer la presencia de “poderes fácticos”, borrar los límites entre legalidad e ilegalidad, y, sobre todo, imponer constitucionalmente un modelo económico que endiosa lo privado, a costa de lo público, y favorece abiertamente al capital. Esto le permitió al Perú arrinconar la subversión, facilitar las inversiones, reinsertarse -siempre en tono menor- en los ámbitos del capitalismo internacional y comenzar a recoger por “chorreo” algunos beneficios sociales. No se advirtió o no se quiso advertir que la presencia simultánea de debilidad institucional y regulativa y competencia desbocada en el mercado y otros espacios da lugar a un capitalismo salvaje en el que parecen “naturales” fenómenos como informalidad, oligopolios, corrupción, etc. Ocurre, además, que en esas circunstancias los confines de lo formal y lo informal, lo correcto y lo corrupto, etc. son difusos y, consiguientemente, los agentes pueden moverse con soltura en diversos ámbitos, como de hecho vemos que ocurre en la producción, la educación, la salud, el comercio, la vivienda, las finanzas, la política, etc.

Es decir, siguiendo un andar que nos viene de antiguo, nos hemos empeñado, nosotros, los incluidos, en construir una vivienda en la que no caben dignamente todos los peruanos. Se trata de un modelo de sociedad, es decir, de “convivencia” que obliga al “otro” a vérselas como pueda, incluso, más allá de lo normado. Frutos muy visibles del sistema son, entre muchos otros, la corrupción interna, por cierto, pero también la llamada “periferia” urbana, la informalidad laboral y productiva, el centralismo limeño, el deterioro de los servicios públicos (sanitarios, educativos, etc.), la débil vigilancia del estado sobre la actividad privada, y esa enorme cantidad de gente a la que calificamos de “vulnerable” para no llamarla “vulnerada” porque este segundo término apunta hacia nosotros como “vulneradores”.

Lo que me he propuesto con esta breve nota es insistir en la idea de que los males nos vienen de lejos, que tienen que ver con el funcionamiento, la esencia y la estructura del sistema vigente y no solo con los malestares, desaciertos, ilegalidades y atropellos de los últimos años. Por tanto, no se trata solo de tranquilizar los ánimos con algunas concesiones menores y algunos afeites procedimentales en la normativa electoral, aunque ello puede ser necesario. Creo que deberíamos comenzar -al menos, comenzar- a enfrentar el grueso problema del modelo de convivencia para que en el Perú quepamos todos dignamente con nuestras diversidades. Y esto es tarea ciertamente de los políticos, pero no solo de ellos, y tiene que ver naturalmente con la constitución vigente, pero no solo con ella. Soy consciente de que no es fácil proponer cómo hacerlo, pero considero que deberíamos, sin dogmatismos previos, comenzar a emprender esa tarea haciendo camino al andar.