Opinión

Cuando todo se corrompe

2021-03-28
Por Violeta Barrientos Silva

Escritora y abogada feminista

coverLuisenrroque Becerra

El desmoronamiento paulatino del gobierno de Pedro Pablo Kuczinsky, primero su renuncia, la breve juramentación como presidenta del Perú de su primera vicepresidenta, y luego la asunción en el mando del segundo vicepresidente, Martín Vizcarra, fueron las luces de alarma para lo que se anunciaría después; la caída del presidente Vizcarra, en medio de un juego de ping-pong con el Congreso, al que primero disolvería con su mayoría absoluta fujimorista, para luego sucumbir ante un nuevo Congreso compuesto por grupos liliputienses hasta entonces marginales en política.

Como si esto no bastara para la ciudadanía, el presidente saliente, cuya institucionalidad se había defendido en marchas ciudadanas que costaron la vida a dos jóvenes, no estuvo a la altura de tal defensa y con el transcurrir del tiempo hicieron evidentes serios cuestionamientos a su credibilidad y a su involucramiento en la corrupción.

Tremenda caída de telón por no decir tinglado democrático de veinte años que siguieron al fin del gobierno fujimorista en el año 2000. Todos los presidentes “democráticos” en prisión, si bien no por crímenes contra los derechos humanos como Fujimori, por corrupción del Estado. Fin de un ciclo en el que las elecciones una tras otra, fueron yendo de menos a más en cuanto a escapar de la resurrección del fujimorismo, esta vez encarnado en la hija del ex presidente. Peligro que se constató muy de cerca en la asunción de Kucinzsky en 2016, que requirió de los votos de la izquierda pero que no pudo librarse de la aplanadora congresal de Fuerza Popular.

Sin duda, hubo nocivas continuidades respecto del milenio pasado las que llevaron a naufragar estas dos décadas de democracia hasta la orilla del colapso. Una reforma constitucional que nunca llegó durante el gobierno de Toledo, una “gran transformación” que no ocurrió durante Humala, fueron oportunidades perdidas que impidieron remover grandes fuerzas subterráneas antisistema que allí permanecieron y hasta salieron fortalecidas todo este tiempo.

¿Qué ha significado este contexto político para las mujeres? Recuerdo que, en los últimos años del régimen de Fujimori, el colectivo Mujeres por la Democracia (MUDE) creó la frase, “Lo que no es bueno para la democracia no es bueno para las mujeres”. Con ello se referían a los peligros que habían acechado a las mujeres en cuanto a la sospechosa tentación que ofrecía un gobierno tan contrario a los derechos humanos, pero curiosamente tan interesado en la creación de entes estatales referidos a la mujer. Las mujeres, así como cualquier otro grupo social en pro de iguales derechos, son usualmente blanco de ofertas de parte de partidos políticos y gobiernos que quieren hacerse de una buena base social.

Si bien los gobiernos de estos veinte años fueron favorables a la institucionalidad democrática y el último de ellos tuvo que responder a las demandas que la marcha Ni Una Menos levantó en 2016, creando nuevos tipos penales contra la violencia y promulgando una política de igualdad de género; la corrupción ha causado tal descreimiento en la democracia, al punto de la crisis de representación que vivimos ad portas de la elección del 11 de abril. Si el “fujimorismo” y lo que significa como populismo de derecha, estuvo en ascenso todo este tiempo para morir hoy en pleno impulso a su posible retorno, la corrosión producida por la corrupción es ahora la gran aliada de nuevos candidatos que representan a ese funesto populismo.

Todo esto no ocurre en cualquier momento. El Perú y el mundo llevan décadas funcionando bajo un sistema económico global que debilita a los Estado-Nación, y que ha cambiado la categoría de ciudadano por la de consumidor, cerrando así el ciclo del Estado de bienestar y los derechos humanos institucionalizados luego de la Segunda Guerra Mundial. No es casual que hoy una envalentonada “incorrección política” esté de moda mundialmente, tanto en Twitter como en muchos discursos presidenciales. La incorrección del autoritarismo pretende ahora identificar en el Perú, “democracia defensora de derechos humanos” y “corrupción”, y hacer tabla rasa de los derechos por los que se ha reconocido a las mujeres como sujetos a partir del siglo XX.

“Lo que no es bueno para la democracia no es bueno para las mujeres”; la corrupción no le ha jugado limpio a las mujeres y ahora pone en peligro los avances que la favorecen.