Opinión

Chile y la oportunidad histórica de cambiarlo todo

2022-08-16
Por Paloma Rodríguez

Licenciada en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster en Historia mención Estudios Andinos por la Pontificia Universidad Católica del Perú.

coverFoto: Facebook Giorgio Jackson

Una década de múltiples marchas y manifestaciones que comenzaron con fuerza durante el movimiento estudiantil en el 2011, y explotaron en el estallido social, han caracterizado al Chile de este último tiempo. “No al lucro”, “No + AFP”, “Derecho al agua”, “Nunca más sin nosotras”, entre otras consignas, revelaban los malestares y demandas ciudadanas. Se anhelaba un país más justo, equitativo y de integración de todos los habitantes. Aquellos deseos, esperanzas y peticiones se plasman en la que podría ser la Nueva Constitución publicada el pasado 4 de julio.

Una propuesta que, por donde se le mire, resulta inédita. Fue elegida por votación ciudadana y redactada por 154 convencionales del pueblo chileno y con paridad de género. Primera vez en la historia republicana que un texto constitucional es escrito con dichas características, y con gran participación y aprobación civil.

Asimismo, propone nuevos principios fundantes de la nación, teniendo como eje central los derechos humanos (en contraposición de la anterior). Se integran y reconocen todas las etnias, pueblos indígenas, diversidades de género y disidencias sexuales. Se preocupa por una verdadera paridad y equidad de género. Se amplían considerablemente los derechos de las mujeres al reconocer el trabajo doméstico y las labores de cuidados, por lo que se estaría saldando una deuda histórica hacia dicho sector. También es relevante la oposición a todo tipo de violencias que atenten contra la vida de las personas El artículo 2 plantea que Chile:

“Se constituye como una república solidaria. Su democracia es inclusiva y paritaria. Reconoce como valores intrínsecos e irrenunciables la dignidad, la libertad, la igualdad sustantiva de los seres humanos y su relación indisoluble con la naturaleza”.

En suma, integra derechos de sectores que, hasta ahora, habían sido excluidos y se preocupa por una democracia sustantiva. Por ejemplo, se le otorga una fuerte preponderancia a las cosmovisiones y culturas indígenas, ya no de manera paternalista y de subordinación. Los pueblos indígenas tendrán injerencia en las decisiones estatales, primera vez que sus voces serán válidas.

A su vez, al proponer un modelo de socialdemocracia, pretende superar la inequidad social tan abrumadora que existe en Chile, ideada en el neoliberalismo medular de la actual. En la que el individualismo, el dinero y el lucro están por encima de los derechos a la salud, educación y vivienda digna, que son, por el contrario, pilares fundamentales del nuevo texto propuesto.

Por todo lo descrito, se puede considerar una constitución moderna, que apunta hacia el futuro. Deja a un lado los conservadurismos, y su visión progresista permite hablar de libertad de culto, de derechos sexuales y reproductivos. Citando el artículo 61, “estos comprenden, entre otros, el derecho a decidir de forma libre, autónoma e informada sobre el propio cuerpo, sobre el ejercicio de la sexualidad, la reproducción, el placer y la anticoncepción”.

Por lo mismo, el rol de los docentes y la educación es fundamental y defendido en la Nueva Constitución. Se enfatiza la importancia de la lectura y el pensamiento crítico, y pone especial atención en el enfoque de género, y en la educación sexual integral.

Igualmente, es una constitución moderna al ser ecológica. El respeto y preservación de la naturaleza es un eje transversal. Se reconocen los derechos de la naturaleza, lo cuál también es parte de las cosmovisiones indígenas, que persistentemente se han preocupado por el respeto y cuidado del medio ambiente.

Además, defiende el derecho al agua, un problema bastante grave hoy en el país, al ser privada. El mundo entero está en números rojos por priorizar un sistema que arrasa con recursos que no son renovables, en vez de preocuparse por mantener los ecosistemas. Sin ellos, nosotros también corremos riesgo de extinción. Es solo cosa de ver las noticias para notar la urgencia de un cambio de mentalidad y de crear leyes que resguarden la naturaleza.

Por otro lado, resulta bastante paradójico escuchar el discurso de los adherentes del "Rechazo" a la nueva propuesta constitucional. Para ellos, está basada en el odio (¿acaso no fue esa la Constitución del 80?, ¿redactada mientras mataban y desaparecían personas?) y se han adjudicado rechazar por el “amor” y contra la “división” del país. Sin argumentos, y emitiendo solo juicios de valor bajo su lectura del texto (o en varios casos, sin abrir una página de él), pregonan en contra de las diferencias de las personas. Al parecer, la equidad y la diversidad para ellos es inconcebible, y un acto violento hacia la “unidad” nacional. Lo que se evidencia en la poca tolerancia hacia la apertura de la democracia en su afán por querer homologar y negar las diferencias. Visibilizar a los sectores sociales no privilegiados, les incomoda.

Es interesante que el “sector rechazo” no llame a leer la propuesta y a votar informados, sino que se han enfocado en la campaña sucia. En desinformar, mentir y tergiversar reiteradamente la información, lo cual es muy grave. Entre tantas mentiras, dijeron que iban a desaparecer los símbolos patrios, y sí están especificados. O que en la Constitución se aprobó el aborto (tampoco es real). Tanta ha sido su desesperación, que hasta han circulado borradores falsos. Y condenaron la campaña del gobierno por promover e incentivar su lectura, al repartir copias gratuitas. ¿Acaso no es lo lógico en este momento crucial?, ¿no es parte de nuestro deber cívico leer para luego emitir una postura fundamentada?

Aquellas sucias estrategias, me recordaron el audio filtrado de la ex primera dama, Morel, en el inicio del estallido social. En él, con voz entrecortada, decía: “tendremos que reducir nuestros privilegios y compartir con los demás”. Y es justamente el tener que repartir la torta lo que les molesta, y les da miedo. No quieren ceder sus privilegios y acortar las brechas de las jerarquías sociales. Evidenciar la desigualdad y la injusticia en el país, para ellos, es sinónimo de “odio” e incitación a la violencia. Sobre todo, el desprecio hacia lo indígena demuestra su grado de clasismo. Un amplio sector que ha sido considerado “de segunda”, y no quieren que incidan en las problemáticas nacionales. La clásica mentalidad decimonónica de la “civilización versus barbarie”.

Sorprendentemente, y a pesar de la gran reticencia de un sector a no querer que la ciudadanía lea y piense por sí misma, el nuevo texto se ha convertido en el “best seller” chileno de este mes. Un triunfo para el pensamiento crítico y la lectura en un país en el que es escasa. Para la autonomía y el saber. Da esperanzas de que una amplia mayoría de la votación será informada. La gente está leyendo, y eso ya es un triunfo magnífico.

El 4 de septiembre nos quedan dos opciones. O apostar por el futuro, por empezar a crear el país que hace años venimos imaginando, o por el gatopardismo del “rechazar para reformar” (nunca han querido hacerlo, ¿por qué creer que ahora sería diferente?). Está bien, no se tiene por qué estar de acuerdo con todo lo que propone la nueva Carta Magna. Nada es perfecto, y puede ser perfectible. Pero es mejor trabajar sobre un texto que se adecúa a los tiempos modernos, que seguir con la Constitución hecha a puertas cerradas bajo el alero del fusil.

Resulta hasta simbólico que la votación sea el próximo mes. En septiembre se cumplen 49 años del fatídico 11 de septiembre que inició la dictadura cívico-militar, y cambió el curso de la historia para siempre. ¿No sería hasta poético aprobar, justo en ese mes, la Nueva Constitución?, ¿y desterrar de una vez el legado del dictador?