Opinión

César Acuña como espejo de la política peruana

Por Carlos Reyna

Sociólogo

César Acuña como espejo de la política peruanaFoto: Facebook César Acuña

El libro de Christopher Acosta, Plata como Cancha, cuyo personaje es César Acuña, fue presentado hace casi un año, pero desde hace unos días se ha estado agotando en todas las librerías. La razón es la reciente sentencia que un juez aplicó contra el autor y contra el director de la editorial Penguin Random House en el Perú. Son dos años de prisión suspendida más el pago de 400 mil soles por presuntamente haber difamado a Acuña.

Ya había antes una corriente de simpatía hacia el libro y su autor porque la pretensión de la demanda era mucho mayor. Pedía el pago de 100 millones de soles de reparación civil. El abogado de Acuña justificó esa suma porque ese es, dijo, el monto de sus ingresos mensuales. Simpático criterio el de colocar el precio del honor de cada cual según su renta. Parece que la idea del juez fue que, en este caso, el honor supuestamente agraviado no valía tanto sino doscientas cincuenta veces menos.

Acuña está sufriendo la sentencia contra Acosta

El hecho es que, después de la sentencia, la gente manifestó su solidaridad e interés con el autor, y fue corriendo a comprar el libro y a enterarse más de la vida de Acuña y de su enorme sed de dinero, poder, ostentación y romances. Ingredientes que, junto a la buena pluma de Acosta, hacen una narración entretenida, sin duda. Si añadimos, a eso, la ola de pronunciamientos institucionales adversos a Acuña y al juez, tanto locales como internacionales, el saldo viene significando una derrota para don César. Como estratega es pues un fiasco para sí mismo, lo que, junto con sus tres fracasos como candidato presidencial, nos lleva a pensar que como político es tan hábil como Keiko Fujimori, solo que menos odioso, para ser justos. Al menos él no ha desconocido las elecciones que perdió ni ha cortejado al golpe militar.

Sin embargo, Acosta tiene otro gran mérito aparte de ser adversario judicial de Acuña y esa es otra razón de que su libro se esté vendiendo como cancha. De hecho, ofrece una descripción bastante verosímil y bien narrada sobre la trayectoria de uno de los políticos más discutidos y poderosos de la política peruana. Poder que se muestra en el hecho de que desde hace varios años, sus bancadas vienen decidiendo sobre la continuidad de al menos tres presidentes. Con ello, el libro también invita a recordar lo absolutamente expuesta que está nuestra política y el propio Perú frente a personajes como el que retrata.

Acuña no es un político auténtico

En verdad, Acosta no narra la historia de un político genuino que tiene una idea de bien común, que construye con sus pares una organización política, un programa y lidera su lucha para implementarlo desde el gobierno. El texto deja entender Acuña ni es eso ni lo será jamás. Cuenta más bien la historia de un hombre de pueblo que vio la educación básicamente como negocio y luego a la política misma como una proyección de ese negocio. Su partido Alianza para el Progreso, aparece básicamente como una extensión subsidiada de sus universidades.

Según se narra, para su éxito en la educación, más de una vez se movió varios pasos por fuera de ley y de la moral, como en el tema de los plagios sucesivos de un libro y varias tesis. Lo mismo habría hecho en la política, como en el uso de fondos municipales o del dinero de dichas universidades para las campañas de su partido. Cuando ha sido pillado, obtuvo arreglos secretos si los casos eran privados, o los judicializó si los casos chocaban con entidades públicas. Pero nunca reconoció sus faltas.

Hay algo de Acuña en todas partes

Leyendo el libro me quedó la impresión de que Acuña reduce la educación y la política a negocios por dos razones. Primero, porque el mismo no tiene la educación como entenderlas de otra manera. Y segundo, porque, como ocurre con muchos empresarios de la educación o con políticos aún más educados, el logro de utilidades o de resultados electorales los termina sometiendo al rol de puros gestores de mercancías, en el caso de los empresarios, y a los políticos a la condición de mercancías con sus respectivos precios. De modo que es más o menos perceptible que, hoy en día, hay algo de Acuña en cada empresario poderoso o en cada político importante.

Así que, con la sombra de sus negocios proyectada hacia su partido y hacia su modo de hacer “política”, lo que tiene Acuña en ese partido ya no son compañeros, correligionarios o conciudadanos. Son servidores, clientes o funcionarios.

Lo que tiene, como seguidores o activistas de base, es a servidores o clientes. A estos les entrega puestos de trabajo, vacantes universitarias o subvenciones sociales de algún tipo. Y lo que tiene, como dirigentes o colaboradores más cercanos, o incluso aliados, son funcionarios a los que paga un sueldo. A algunos los coloca en altos cargos en sus universidades, en particular en la César Vallejo. A otros los coloca como congresistas, gobernadores regionales o o autoridades municipales.

Acuña es el dueño, no el líder

César Acuña no es visto por ninguno de los miembros de su “partido” como un líder o dirigente político. Es el dueño, el patrón incuestionable. Y están dispuestos a justificar, tolerar, blanquear o simplemente a callar sobre todo. Ya sea frente al enjuiciamiento por 100 millones de soles a un periodista, o frente el plagio de un libro o una tesis, o ante el uso de fondos públicos para campañas partidarias o la transgresión de las leyes sobre financiamiento partidario. Son decenas de políticos con largas carreras, incluso algunos solían ser respetables hasta hace unos 20 años, pero cuando se enrolaron en las filas de Acuña asumieron ese comportamiento, a cambio del cual pasarán a cobrar puntualmente sus importantes sueldos. Con eso le dan la razón a la óptica de negocio con la que el dueño ve la universidad o al partido.

Inclusive un muy conocido escritor peruano, cuando un buen grupo de académicos que habían recibido doctorados honoris causa decidieron devolverlos a la Universidad Cesar Vallejo por el tema de los plagios de su propietario, justificó no hacerlo con el argumento de que “ese título no me lo dio el señor Acuña sino la Universidad y su Consejo Universitario”. Una actitud parecida a la que tuvo el propio Acuña cuando dijo “No es plagio es copia”.

Ese escritor es nada menos que Mario Vargas Llosa. Bueno, Cesar Acuña ya andaba cerca de la Fundación Internacional de la Libertad que patrocina el distinguido Nóbel y pasó a formar parte de su Consejo Asesor Empresarial y del grupo de empresarios aportantes al presupuesto de dicha Fundación. Negocios son negocios, pues, y hay algo de Acuña que es muy ubicuo en casi toda la política peruana.

¿Va a seguir expuesta la política peruana?

El punto es si la política peruana, y por tanto, el Congreso y el gobierno peruano van a seguir siendo tan permeables e infiltrables por “politicos” como el del libro Plata como Cancha. Seguramente hacen falta más reformas. Por ejemplo las que empoderen mediante más derechos sociales y políticos a los ciudadanos. Pero lo que aún no es visible es la aparición de grupos o corrientes con la energía, dedicación y constancia necesarias para construir verdaderos partidos, capaces de prevenir el recurrente encumbramiento de los aventureros y aprovechadores del ocaso partidario.