Opinión

Castillo de naipes

2021-04-18
Por Angel Ragas

Politólogo, pre-docente universitario y funcionario público

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Ha pasado una semana desde que el candidato de Perú Libre (PL) –Pedro Castillo– sorprendió a la mayoría de analistas, generando una multiplicidad de explicaciones y realidades. Las acusaciones sobre el (des)conocimiento del “Perú profundo” no se han hecho esperar, abarcan un amplio rango, desde el literato que se jacta de su acercamiento a comunidades y poblaciones indígenas a través de una rigurosa lectura de Arguedas hasta el científico social que le cuesta reconocer aún el exacerbado centralismo académico que rige a las ciencias sociales, por más intentos de descentralización intelectual que se hayan realizado en los últimos tiempos.

Sin embargo –y reconociendo, con otro cliché, que el Perú no es Facebook ni Twitter– preocupa aún más la disociación de la realidad de varios de nuestros líderes de opinión, vinculados –de una forma u otra– a la izquierda liberal o moderada. Han asumido y alentado –rápidamente– supuestos imaginarios que no se condicen con el panorama político actual: “ahora es cuando para unificar a la izquierda”, “Castillo va a tener que ceder su plan de gobierno”, “la izquierda liberal y las clases medias tienen del cuello a Castillo”, “si Castillo quiere ganar va a tener que convencer a Lima”. Solo por mencionar algunas, estas frases se han convertido en el leitmotiv de quienes –paradójicamente– demandan por otros marcos analíticos que estén distantes de la capital.

Hay algo de cierto, pese a todo, en lo mencionado: Castillo no la tiene fácil, de una u otra forma va a tener que moderar su discurso y el planteamiento de sus propuestas, lo cual no significa la abdicación total a las mismas. Asumiendo que la labor partidaria que viene realizando desde el 2012 ha dado como fruto el 19.09% que lo respaldó en primera vuelta; la moderación (el polito blanco lavado con Opal o Ace) podría ser un duro golpe para sus bases, pero necesario para apostar el todo por el todo y tratar de tentar la presidencia (además de reavivar e intensificar el antifujimorismo que a todos nos ha hermanado alguna vez en diversas marchas). Para una derecha, en sus distintas versiones extremista o radical, no hubiese significado problema alguno el claudicar a sus principios a lo Groucho Marx: "Éstos son mis principios, pero si no les gustan, yo los cambio".

Un movimiento en falso y este castillo de naipes –merecidamente armado por el candidato de PL– se derrumba; en otra palabras: solo, no la hace. Su principal alianza estratégica –y no ideológica– para lamento de muchos tendría que ser con Acción Popular (AP), aún manchado por el semi-blindaje al golpista Manuel Merino en noviembre del año pasado. En varias regiones, AP se disputa con PL los primeros lugares, y el grueso del porcentaje. En el peor de los escenarios, AP le aseguraría el endose de sus votos rurales a PL, para que después dicha facción de AP sea acusada por su símil limeño de haber blindado a un candidato radical; cual “termocéfalos” y “carlistas” de la década del 60, sin llegar a un consenso.

Por el contrario, el voto rural de AP, así como otras fuerzas políticas con voto en ese sector, podría asegurar –hasta cierto punto– la estabilidad democrática (frágil, débil, pero estabilidad a fin cuentas) condicionando el endose de sus votos a PL, a través de la firma de documentos, pactos democráticos, declaraciones que brinden tranquilidad a los futuros (e indecisos) votantes de PL, intercambio de favores, entre otros tipos de mecanismos que aseguren la no-implosión de las condiciones democráticas. Probablemente, con ello, tendrían mayor margen de acción frente a sus pares centralistas, quedarían como “garantes” la opinión pública y, porque la política es así, eventualmente reclamarían favores a PL. Aunque nada es seguro, habría que buscar otros mecanismos para asegurar que la lucha por los ideales progresistas; en este caso, la garantía de la institucionalidad no iría en correlato con estos derechos justamente ganados.

Hay muy poco, de acuerdo a las cifras obtenidas por los liberales (Juntos por el Perú y Partido Morado), que les pueda permitir negociar, en verdad, muy poco. Tranquilamente el capital político (y partidario) de organizaciones al interior del país, le serviría a PL para comenzar a sumar votos cuantos antes; y, dicho capital podría ayudar hasta en la última instancia de las elecciones: personeros y pelea voto a voto en las mesas. La izquierda liberal –con la cual me identifico– no está en condiciones de esperar los ruegos de PL, ni de esperar que Castillo claudique por completo a sus principios, ni mucho menos sumar “programas de izquierda” para la unificación de la misma. Pero quizás sí está en condiciones, al igual que sus pares de centro o de derecha, de promover un mecanismo que durante los últimos años más parece una pose clasemediera que un efectivo sistema de rendición de cuentas: “ciudadanía vigilante”, no solo ahora, sino a futuro.

Como si no hubieran tenido navidad, más de uno ya ha comenzado a condicionar su voto, y listar sus deseos a futuro. ¿Por qué la clase media e intelectual, no siendo consciente de su limitado poder electoral, está tan segura que Pedro Castillo les dará la tribuna que ellos nunca le dieron? No lo sabemos, quizás se deba a una negación o distorsión de la realidad; habría que ver cómo se lucha por una garantía institucional, y, dentro del margen de acción, sobre derechos y libertades progresistas, pienso en la importación de cuadros al equipo técnico de PL, que podría ser determinante a futuro. Lo que sí sabemos es que para evitar que esa “ciudadanía vigilante” sea el hashtag de moda en redes sociales en Lima, es importante darle contenido, materializarla y accionarla en la realidad. Para quienes bordeamos los treintas (millennials), y estamos en medio del fuego cruzado entre la efusividad de los centennials y el escepticismo de los boomers nos corresponde asumir un rol más activo: de pronto militar, o lo más cercano a ello; viajar y conocer más al Perú, leer estudios regionales y locales, dejar el trekking o los paseos turísticos y hacer más trabajo de campo, aunque cliché, por ahora, es lo que hay.

Es un escenario aún temprano para plantear proyecciones y estrategias (¡ampay me salvo politólogo!), pero, quizás, y con Max Hernández podríamos afirmar que la política peruana es como una película francesa: está por terminar y todavía no sabes de qué se trata.