Opinión

Arte, panfleto, política

2022-05-06
Por Alfredo Quintanilla

Psicólogo

coverFoto: Patronato Cultural del Perú

En los tiempos duros de la guerra de Sendero, cuando sus huestes de la Universidad de San Marcos ejercían la dictadura de las amenazas, y nadie se atrevía siquiera a borrar o tachar sus pizarrones, un día en los baños de varones, apareció pintarrajeada la consigna del momento: “Paro armado!” convocando a la paralización de fábricas, tiendas y oficinas, proclamando que había llegado la fase del “equilibrio estratégico”. Al día siguiente, en el baño de la Facultad de Ciencias Sociales, aparecieron como respuesta dos palabras pequeñas pero visibles: “Yo, también!”, que inmediatamente provocaron las risas de los orinantes, cuando la coincidencia en la armadura, se refería a una erección monda y lironda. Extraña y paradójica resurrección duchampiana , se diría.

Ignoro quién fue el atrevido que, en plan de joda, les sacó la lengua a los stalinistas, pero Sandro Venturo cuenta que por esos años Herbert Rodríguez solía epatar el hígado, ya no el de los burgueses, sino el de los terroristas, con sus graffitis, caricaturas y afiches. Ajeno al circuito de las galerías, Rodríguez, como otros artistas de su generación y más jóvenes, siempre se mantuvo fiel a su arte político callejero, al paso, provocador y subversivo, antifujimorista y antisistémico, que algunos lo asimilan al arte conceptual y otros lo tachan de panfletario.

Ahora, cuando sus dibujos y graffitis, llevados de la mano de un curador de gran prestigio como Jorge Villacorta, han llegado a la catedral de las artes contemporáneas, a la Bienal de Venecia, donde todos los artistas del stablishment sueñan con llegar, se ha desatado una polémica entre académicos, periodistas y hueleguisos de las redes sociales, que ha enturbiado las aguas, antes que aclararlas para un lego como yo.

Descartando las reacciones de ciertas cucufatos y periodistas que se escandalizan por el gran pene que se luce en un panel (olvidan que Pichula Cuéllar se llama el protagonista de “Los Cachorros” de Vargas Llosa), hay desesperados cuestionando su índole artística para degradarla a aullido panfletario; descarte express como extravagancia marketera similar a los criticados por Vargas Llosa en un artículo de 1997; a su representatividad en el panorama actual de la plástica peruana; al procedimiento de su selección; la forma cómo han sido presentados o sobre el acabado o la técnica que exhiben sus trabajos.

Si nos atenemos al elogioso artículo aparecido en The Art Newspaper, queda claro que los críticos extranjeros conocían el contexto social en que se desarrolló la obra inicial de Rodríguez, por lo que su sustancia artística queda consagrada y su actualidad o inactualidad, técnica y acabado, corrección o disidencia, pasan a un segundo plano.

En teoría, el arte conceptual es aquel en que el autor quiere provocar en el espectador más que una emoción estética, preguntas sobre el significado de la obra; pero en la práctica, detrás del rótulo se han parapetado puestas en escena ridículas, que terminan siendo una burla vacua, más que una invitación al espectador para que medite sobre una idea. Y aunque no eran conceptuales sino revolucionarios, los surrealistas provocaron el inmediato rechazo de César Vallejo por sus poses y gusto por el escándalo.

Praxis artística y la praxis política son completamente distintas, pero su relación es estrecha aunque conflictiva, porque inciden sobre las emociones y porque ésta siempre tratará de someterla a aquella, pues resulta ser un código atractivo y persuasivo para llegar a las grandes mayorías. Se ha dado en Herbert Rodríguez, como en Vallejo, en el joven y en el viejo Vargas Llosa; en los surrealistas y en los románticos del siglo XIX que encabezaron revoluciones, aunque ellas terminaron petrificando la creatividad, como el caso de los bolcheviques stalinistas.

En la política desde siempre existió el panfleto como un artefacto verbal de alta carga emocional que impulsa a la acción. Su par en las artes gráficas sería la caricatura, que simplifica la realidad echando mano del humor, la ironía y el sarcasmo para burlarse de los poderosos. Y habrá entonces quienes consideren a la caricatura como arte menor o la desprecien como un híbrido que rebaja la calidad de la expresión artística y del discurso político. Y cuando se trata de no reconocer o rebajar la calidad artística de una obra que suscita emociones incorrectas en lo político, se la clasificará como panfletaria. Es posible que, al descartar sus cualidades estéticas, haya en el ánimo de algunos críticos de Rodríguez una postura política encubierta y hasta una descalificación ad hominem.

Y aunque usted no lo crea, humanos somos, algunos han deslizado que las críticas negativas se deberían a la personalidad del artista. Es una aproximación ingenua, pero universalmente extendida. Si el o la artista es buena gente, virtuoso, su obra debe ser magnífica; en cambio, si es bohemio o de ideas extremistas, será de inmediato expulsado del Parnaso personal, porque no me gusta, pe.

Contra esa ingenuidad nos advierte un gigante del pensamiento como George Steiner cuando dice que a la hora de juzgar hay que separar autor de obra, pues ésta tiene cualidades que deben ser apreciadas por sí o en sí mismas. Diferencia de perspectiva sobre el surrealismo que tuvieron a la hora de juzgarlo los camaradas José Carlos Mariátegui y César Vallejo. Pero esa será materia de otra nota.