Opinión

Aire privado: se necesitan urgentes medidas estatales

Por José Carlos Agüero

Escritor e Historiador

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La escasez de oxígeno medicinal se vivió dramáticamente en la primera ola de la pandemia del covid-19 en el Perú. El golpe de Estado de noviembre de 2020 paralizó durante semanas críticas el aparato estatal, es cierto. Sin embargo, era razonable suponer que desde meses atrás e inmediatamente luego de la crisis, el tema del abastecimiento de oxígeno habría sido prioridad en nuestros gestores. Y que se habrían tomado previsiones para evitar que un escenario tan catastrófico se repitiera.

Pero no fue así. O las previsiones fueron demasiado modestas. Hoy volvemos a ver las colas de familiares de enfermos durmiendo frente a locales que quizá los puedan abastecer en un rango de espera que va de horas a días; los hospitales reportando cero disponibilidad en regiones como Lima, Huánuco o Loreto; la falta de balones, concentradores, el alquiler, el préstamo, la compra desesperada, la usura, la venta de sitios, los establecimientos privados cerrando por desabastecimiento, las amenazas a los que venden a precios justos, el racionamiento en la venta, la desinformación, las mafias, estafas, el caos.

La producción está por debajo de las necesidades diarias entre 50 y 100 toneladas. Las causas son conocidas: un cálculo equivocado de la necesidad, nuestras autoridades tardaron mucho en asimilar la información de las segundas olas en otros lugares del mundo; la concentración en dos empresas que no se dan abasto; la demora en cambiar la calidad del oxígeno de 99 a 93% lo que habría permitido posiblemente aumentar la oferta, romper el monopolio, promover inversiones medianas y bajar precios. Y también la burocracia y las malas decisiones que llevaron a la demora en la importación tanto de plantas como de oxígeno.

La demanda, que es expresión de la velocidad de los contagios en las zonas populares, ha rebasado la oferta en miles de toneladas diarias y va en alza. Es un problema que no puede solucionar el mercado porque para las empresas medianas y pequeñas y para las familias no solo hay días de escasez, sino que hay días donde directamente no hay nada que vender ni comprar. El gran error es que se ha individualizado la resolución de la adquisición del principal remedio para atender o salvar a los enfermos de riesgo moderado y serio. El Estado ha declinado de su obligación de proveer oxígeno a este sector de enfermos, y los ha entregado a un mercado caótico y agotado.

Se sabe que los hospitales no tienen oxígeno y muchos no tienen camas. Y están aplicando criterios informales pero prácticos: no aceptan nuevos pacientes si no llegan con su balón, y este balón con su carga de oxígeno.

Las familias, las amistades, medio mundo, viene manejando decenas de hojas, directorios, publicidad sobre sitios de venta, alquiler de balones, condensadores y oxígeno. Y se sabe que hay que llamar a todos lados aunque en gran parte sea infructuoso. Encontrar cualquiera de estos insumos es cosa de paciencia, suerte, frustración y de mucha ayuda. La gente está más o menos conectada a redes familiares o de cualquier tipo, para pedir datos, compartir información, experiencias, solicitar auxilio o hacer correr la solidaridad. Todo se pone en juego y hay días que, para muchísimas familias, no funciona. Deben esperar un turno por días. Y en ese tiempo el enfermo se agrava.

En los últimos días, una de las formas de conseguir los balones vacíos es llamar y molestar a los familiares de personas recientemente fallecidas, para que esos balones roten, pasen de mano en mano o de muerto en muerto. Rompiendo la delicadeza del luto, no queda otra que irrumpir y pedirles a los deudos, preguntarles por balones, por datos. Quienes han estado en esas gestiones, saben que el modo más eficaz de conseguir un balón es averiguar por el rastro que dejan los muertos recientes. Y a veces ni eso alcanza, porque cuando se llama, los balones ya han rotado. En una semana, un par de balones pueden pasar hasta tres veces de mano, herencias que hay que interceptar.

Todo esto pasa a diario y se ha asumido como normal. Y no es normal. No es normal este calvario. Esta ruptura de los duelos, del respeto por el momento del vecino, esta banalización de la enfermedad y la agonía, y el peligro de contagio por la “autogestión” del riesgo y el cuidado.

No es normal que sea un asunto individual conseguir el oxígeno para que el familiar no se muera. No es normal que los hospitales pongan de requisito que el enfermo llegue con su gas bajo el brazo. Es como si cada quién tuviera que conseguirse su vacuna. Esta abdicación de la responsabilidad estatal puede explicarse por la crisis, pero no puede justificarse. Y como no puede justificarse ni aceptarse como normal, se debe corregir. Si los actuales gestores no saben cómo deben pedir ayuda.

Lo que gastan las familias a diario puede estar entre los 1000 y los 6000 soles. Es insostenible para la clase media. Para los pobres es la muerte. Y, sin embargo, las familias se prestan, se endeudan, la solidaridad fluye. Pero la solidaridad en el marco del mercado tiene como límite el dinero de los demás, es concreto y económico, no moral. Este costo que es asumido de modo privado por las familias aumenta la miseria y la desesperación, y lamentablemente, ni siquiera pueda llegar a ser eficaz para salvar al familiar porque todo el circuito de producción y distribución es hoy ineficaz. Lo gastado puede llegar tarde, pero ya fue gastado.

El Estado, el MINSA y EsSalud deberían asumir la administración del oxígeno. Mientras se aumenta (ojalá de modo inteligente, con cálculos basados en proyecciones serias) la producción y provisión. El modo de hacerlo hay que inventarlo, no se pueden poner pretextos. En vez de mandar a cada quien, a comprar en un campo minado y egoísta, donde un enfermo compite con otro por un balón, el Estado podría comprar todos los suministros circulando hoy de modo escaso y desordenado en el mercado, y administrarlos de modo profesional. Pagar todas las existencias en el mercado mediano y pequeño y poner la logística que sea necesaria en ello para que se asigne con lógica. En última, podría asignar bonos para todas las familias a las que se les receta oxígeno. Lo que no puede seguir pasando es que la adquisición quede sujeta a la capacidad adquisitiva de las familias. Esto es brutalmente discriminatorio. Podría llegarse a un acuerdo con los proveedores pequeños y medianos, y cubrirles todas las cuentas de oxígeno para las familias que lleguen con recetas. O crear cualquier otro mecanismo que los gestores encuentren practicable. Y rápido, para ayer.

También se puede contratar personal para acompañar a las familias en la gestión de la adquisición del oxígeno, balones y condensadores. Hoy, para muchos, el sistema de salud receta, pide y suelta. La gente queda de pronto ante un caos donde con seguridad solo hay escasez, colas, deudas y más contagios. Esto no puede ser. El sistema de salud en esta crisis no puede acabar en la puerta del establecimiento de salud. Se debe extender a los procesos sociales que genera. No se necesitan médicos para esto. Se necesita personal de otras disciplinas que, de modo sistemático, gestionando la información de modo moderno y eficiente, actuando en red, no solo acompañe, sino que gestione la escasez y asigne suministros y espacios.

No es tarea fácil, pero es una tarea. Es notable el modo en que vienen trabajando innumerables funcionarios de todos los niveles y en varios sectores, yendo mucho más allá de su rol estricto. Ayudando a resolver incluso dramas caso por caso. Y sabemos, intentando salidas macro a esta situación. Pero esta tarea vinculada a lo cotidiano necesita ser atendida de otro modo. Hay que procurar el esfuerzo de organización de la respuesta.

Porque un tema parece ir amarrado a otro, por lo menos en el modo en que lo viven los usuarios. Por ejemplo, vinculado con el oxígeno va el tema de las camas. Acá los especialistas opinarán, esto es solo la impresión de un ciudadano más. Pero no parece una buena respuesta simplemente cerrar las puertas de los hospitales. Se entiende como la primera respuesta desesperada. Pero la desesperación no puede ser la respuesta planificada de la autoridad. Luego del impacto, del golpe duro de realidad, tiene la obligación de resolver el problema o de mitigarlo. Parece más razonable ingresar a la gente y hacer seguimiento a la familia porque todos son posibles contagiados, en vez de mandarlos a recorrer la ciudad en busca de insumos. Parece mejor darles contención con otros servicios, incluso si el oxígeno tarda en ser asignado. Aumentar las camas aparece como útil y urgente. No parece mejor devolver a la gente a sufrir en sus casas o exigirles como requisito de admisión tener el carnet del balón lleno. Con las personas internadas o por lo menos monitoreadas seria y rigurosamente en sus domicilios, la gestión de la adquisición y asignación del oxígeno podría ser más ordenada y eficaz y no como es ahora, donde depende de cada quién y de la suerte, y en hogares de todo el país, la gente se las va arreglando y muriendo en soledad.

Y si alguien tiene que llamar a los hijos, padres o deudos de los que recién han muerto para pedirles sus balones de oxígeno, que no sean otros desesperados. Por duro que sea, esa tarea ingrata, debe ser de funcionarios del Estado, que, al hacerlo, además, podrán complementar con servicios de salud mental y también, generar información útil para la administración de esta crisis. La solidaridad, que hasta ahora ayuda a muchos, no es sostenible para una situación tan honda y extendida. Hay que darle soportes para que florezca. Y no echarla al descampado para que se ahogue en el caos.