Opinión

A propósito del Latinobarómetro ¿Se puede salvar la democracia peruana?

Por Carlos Reyna

Sociólogo

A propósito del Latinobarómetro ¿Se puede salvar la democracia peruana?Foto: Luisenrrique Becerra │ Noticias SER

Como se sabe el Latinobarómetro es una encuesta que se aplica, anualmente, a ciudadanos de 18 países de América Latina. Su objetivo es analizar sus actitudes, percepciones e inclinaciones respecto a la democracia de sus respectivos países. La última se aplicó entre octubre y diciembre de 2020 y se ha publicado la primera semana de octubre último.

La información, por lo tanto, se recogió unos cinco meses antes de la primera vuelta de las elecciones generales peruanas y unos siete meses antes de la segunda vuelta. Si sus hallazgos, en lo que al Perú respecta, los hubiésemos conocido apenas se recogió la información, entonces los resultados de esas elecciones no nos hubieran sorprendido tanto.

Lo que los resultados del Latinobarómetro muestran, o nos recuerdan, es que las bases de la inestabilidad y precariedad de la democracia peruana ya estaban bien instaladas entre nosotros. Lo único que ha ocurrido es que estas han continuado tal cual estaban y que tanto el nuevo Gobierno como el Congreso solamente han sido cómplices en el común y mediocre afán de mantenerlas.

El pobrísimo desempeño de los gobiernos anteriores al de Pedro Castillo.

Un primer dato que comparto es lo que piensa la gran mayoría de los peruanos sobre el desempeño de los gobiernos elegidos en esta democracia: el 86 % opina que gobiernan para beneficio de “grupos poderosos” y solo el 11 % “para bien de todo el pueblo”.

Esto tiene coherencia con la percepción de un 74 % de peruanos de que el acceso a la educación es injusto o muy injusto. Para el 76 % es lo mismo para el acceso la salud. Respecto al acceso a la justicia, el 89 % sostiene que es injusto o muy injusto. Apenas el 15 % opina que la distribución del ingreso es justa o muy justa. No extraña entonces que solo el 11% se hay sentido satisfecho con la democracia a fines de 2020.

La enorme desconfianza en los poderes del Estado y en los partidos políticos

No podrían, por tanto, encontrarse buenos resultados en cuanto a la confianza en los poderes del Estado y en los partidos políticos. Solo un 16 % refirió tener confianza en el gobierno y en el poder judicial. Pero los que quedan en calidad de villanos casi absolutos son el Congreso y los partidos políticos, solo un 7 % de peruanos declaró tenerles confianza.

Resultados como estos ubican al Perú entre los últimos lugares en cada uno de los puntos mencionados y ayudan a explicar las bajas adhesiones o simpatías por los partidos existentes. También que esas adhesiones, además de muy bajas, estén muy fragmentadas. Sólo el 12 % dijo tener cercanía con algún partido. Solo el 15 % refirió que votaría por algún partido “esta domingo si fuera el caso”. Esas preferencias se dispersan entre 28 partidos diferentes.

Divididos entre la democracia y el autoritarismo

Todo esto ayuda a explicar algo que el informe del Latinobarómetro muestra al inicio de su reporte de resultados pero es el producto condensado de todo. Solo la mitad (entre 48 % y 52%) de los peruanos preferimos a la democracia como forma de gobierno pese a sus fallas. La otra mitad (48%) apoyaría un gobierno militar o un gobierno no democrático “si fuera necesario” o que el Presidente tome control de los medios de comunicación “en caso de dificultades”.

Una muy alta desconfianza interpersonal

Y quizás lo peor de todo es el gran nivel de desconfianza de los peruanos al nivel interpersonal. Solo el 10 % de la muestra peruana declara que “se puede confiar en la mayoría de las personas”. Un sentimiento que, de hecho, junto con los demás datos compartidos, estaría afectando la disposición a la asociatividad política o social de los peruanos. Cabría indagar en qué ámbitos, rurales o urbanos, ocurre la mayor prevalencia de esa desconfianza interpersonal. Intuitivamente se podría sospechar que en los urbanos.

¿Quién dijo que todo está perdido?

Con todo, la encuesta comentada no nos trae solo cifras para deprimirnos. Nos da algunas pistas sobre dónde podría tener un mayor apoyo relativo algún relanzamiento de la democracia peruana. Refiere que hay una mayor proclividad democrática en los estratos de mayor educación y menor nivel socioeconómico, una paradoja interesante pues los miembros de este último grupo estarían entre los menos favorecidos por esa democracia.

Por el contrario, a mayor nivel socioeconómico, menor educación y menor edad, mayor apoyo al autoritarismo. Esto último también sorprende pero los últimos resultados electorales han sido afines a esto que reporta la encuesta.

Por otro lado, pese a todo, o quizás por todo, es notable la alta disposición a movilizarse que hay entre los peruanos. Es el 50 % según el Latinobarómetro. En esto Perú está en el tercer lugar entre los países de América Latina, solo después de Paraguay y Chile. De hecho las calles y las carreteras peruanas lo saben. Aún más alto es el alto nivel de aprobación de las protestas: 65 %.

Esta disposición a movilizarse y a protestar contrasta con la enorme desconfianza y desaprobación de los partidos y en el Congreso, que deberían ser los canales de atención por excelencia de las demandas sociales. Esto tiene que ver con la brecha entre movimientos sociales, partidos y Congreso que se fue abriendo cada vez más en las últimas décadas, sobre todo desde los años 90 del siglo pasado.

Cabe preguntarse, precisamente, si el foco del debilitamiento de la democracia peruana no está en las barreras –que no son solo las policiales, sino sobre todo la manera en que se elige a los congresistas- con las que el actual sistema de representación congresal peruano se separa, e incluso se protege, de los problemas del mundo social. Hacia ello arrastra a la gran mayoría de congresistas, pese al esfuerzo de algunos pocos de ellos. Buena parte de la deriva tan violenta de algunas de esas marchas y protestas ocurren precisamente en su ruta hacia el Congreso. Ese sistema electoral congresal debería ser materia de reformas constitucionales políticas que quizás generen más consenso que las reformas económicas.

Y si ello no ocurre, al menos toda esta información provista por el Latinobarómetro aporta más razones sobre por qué la mitad más excluída de los peruanos puso de Presidente a alguien como Pedro Castillo. O por qué el presidente gobierna como una versión discreta de los viejos caudillos y no como los señores que le robaron al Perú respetando el protocolo. También ayudará a entender mejor por qué, a los 110 días de su gobierno, nada de la precariedad e inestabilidad que lo llevó allí se ha aliviado un ápice. Y por qué, si todo sigue igual, el propio Castillo acabe retirado del cargo sin gloria, sin pena y quizás con la sonrisa de que lo bailado y lo de ex Presidente ya nadie se lo quitará.