Opinión

5 de noviembre: análisis de una marcha

2022-11-21
Por Susana Aldana

Historiadora

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En esa fecha se dio una de las marchas en contra del Presidente Castillo. Si, fue muy numerosa y resultó interesante participar y analizar el escenario. Ciertamente hubo un accionar político pero no un discurso político partidario aunque si hubo un par de partidos moviéndose por allí y no faltó algun intento de utilización de los presentes porque, finalmente la gente común y corriente podía acercarse y expandir la bandera, sumamente larga, pero no llevarla enrollada a la marcha. Ello necesita una premeditación y por tanto, una organización partidaria.

La gente en realidad, ejercía su derecho a la indignación por todo un conjunto de situaciones que vienen ocurriendo. Una expresión plenamente ciudadana y democrática aunque muchos todavía se entienden en esa dicotomía ideológica de la sociedad industrial, capitalismo- comunismo, y no pueden pensarse en un marco de sociedad pos industrial, de una modernidad en franco deterioro o transformación y donde los elementos de juego son, por decir, diferentes y han radicalizado la oposición de partes. No solo en Perú sino en todo el planeta: la globalización ha relevado la fuerza de otras racionalidades más allá de la moderna occidental.

Pero en todo caso resulta interesante percibir tres situaciones en esta marcha: el promedio de edad de los participantes, el colorido social de los que estuvieron y que este grupo humano no fue percibido como amenaza por los que estaban alrededor. Me centro en Lima porque la marcha, como todas las que se realizan en este momento, tenía réplicas o coincidencias de realización a lo largo y ancho del mundo urbano peruano.

Como podrá atestiguar todo el que estuvo, lo interesante fue el promedio de edad de los participantes, entre 50 y 60 años. No que no hubiera alguna gente joven pero no fue lo característico, como si lo fue en la marcha contra Merino el 2020; allí los mayores brillaron por su ausencia. Pero en este caso, los mayores fueron la mayoría y se desplegaron formas tradicionales hasta para encontrarse; la gente se había puesto previamente de acuerdo en puntos fáciles de encuentro como la puerta del Sheraton, las estatuas de la Avenida de los Héroes o simplemente se vagaba hasta encontrar algún grupo de referencia. Ciertamente los celulares estaban presentes pero no eran elementos decisivos para la ubicación ni la vinculación social. Porque hubo quien fue solo y conforme se deambulaba con la marcha, se saludaba con conocidos y los grupos se iban juntando. Un buen número de buses, ocho por lo menos, había llevado a algunos porque si hubo una convocatoria dirigida. Pero muchos más llegaron con taxi, que abandonaron a la altura del Jardín Japonés por la complicación del tráfico y finalmente algunos más con carro, estacionados bastante lejos. Por lo que pareciera, no se respondía excesivamente a una convocatoria ideológica, que también, pero sobre todo a una protesta ciudadana, harta de todo un cúmulo de circunstancias; las conversaciones resultaban interesantes al respecto.

Resaltemos que este grupo etario si tiene experiencia política aunque no necesariamente partidaria. Si se calcula la edad, fue la generación que respaldó a Vargas Llosa frente a Fujimori en la elección de 1990; cuando, jóvenes de 20 a 30 años y que por lo general pertenecían a un sector de clase media a media alta, que se reunieron en aquellos años complicados el Colegio San Agustín a expresarse políticamente. La prueba de que no sólo fue una moda en el momento sino que una suerte de aprendizaje que realmente cuajaría treinta años después. Un grupo etario con capacidad de arrastre social, quizás por eso, en la votación del 2021 llevaron a sus padres octogenarios a votar y también pudieron influir en sus hijos de aproximadamente 30 años a más para que expresen su descontento y se sumen a la disconformidad por los resultados políticos. La pregunta, sin embargo, es porque no han logrado arrastrar consistentemente a la gente joven; no tengo una respuesta pero si es un punto a pensar.

Interesante, sin embargo, hacer notar un cambio en el colorido social pues en este caso era en promedio, más bien, oscuro. Por cierto, que hubo mucha gente blanca, que suele ser un signo de clase en el Perú. Pero quizás el colorido social puede ser un indicador de la emergencia social de grupos distintos a los que tradicionalmente se les ubicaba como limeños, clase medieros y urbanos. El crecimiento metropolitano de Lima y su ampliación social no sólo se expresa en el número de edificios en los barrios clasemedieros de la ciudad sino también se ha reflejado en la diversidad del colorido humano de estos sectores medios, como era visible en la marcha. Sin embargo, todos compartían la visión de mundo, el descontento y la indignación ante los hechos políticos que se viven.

Lo más interesante fue, quizás, que la marcha no fue percibida como problemática. El grupo caminaba pero ni gritaba ni saltaba como otrora; cuando de jóvenes se trata, se grita, se toca el tambor, se baila y sobre todo se canta. En este caso, sólo algunos aisladamente hacían algo de bulla; otros que buscaban marcar su protesta, llevaban carteles de denuncia y banderas; y otros más se habían puesto camisetas con el colorido de la bandera peruana -que salieron para el mundial- Pero en general, el grupo tenía un accionar tranquilo: el grueso solo caminaba. Y quizás por ello, en ningún momento hubo el tradicional cierra puertas que normalmente sucede con las marchas policlasistas o etariamente diversas.

En todo el camino, por los jirones Camaná y Lampa y finalmente por la avenida Abancay, los negocios permanecieron abiertos como debe ser lo normal en un sábado por la tarde. Mientras la marcha se llevaba a cabo, las tiendas ofrecían sus productos de manera habitual y también los participantes se acercaban a las mismas; era como que además, de la justa protesta, el grueso de la gente reconocía un espacio que no era parte de los lugares conocidos: el centro de Lima es un espacio lejano para la mayoría pero sumamente atractivo. NI siquiera se movieron los comerciantes ambulantes; la gente caminaba sorteando a las carretillas con fresas y arándanos y estos comerciantes literalmente vendieron sus productos muy rápidamente y hasta lo último, conforme la marcha transcurría. Un encuentro de clases que traspasaba la política y el ejercicio ciudadano de la protesta pero que no la invalidaba sino le daba un cariz muy humano.

Y si bien, se sabe que hubo algunos problemas -que cuando llegaban a los celulares, sorprendían a la gente- fue con los que encabezaban la marcha. Bandera en mano, la estrella aprista la inició y el grueso simplemente siguió. Pero una cosa es la protesta y otra la violencia. El grupo con gente etariamente homogéneo, probablemente con un nivel educativo y hasta profesional semejantes, que inicialmente temía la represión pero que está acostumbrado a cumplir leyes y respetar el orden, sólo buscaba dejar sentir su protesta política; en general, nadie estaba abierto a la violencia ni por edad, ni por ideología, ni por cosmovisión. Como se ha dicho, no era gente joven sino gente mayor bien poco manipulables.

Una marcha que dejo satisfechos a muchos porque se hicieron presentes para demostrar su desencanto y su disconformidad.