Opinión

Vargas Llosa: ¿cisne o lechuza?

Por Alfredo Quintanilla

Psicólogo

Vargas Llosa: ¿cisne o lechuza?Foto: Adrián Vásquez / El Sol de México

Como lector me resulta interesante comprobar que, en un arco de 62 años, al comienzo y al final de su carrera literaria, Mario Vargas Llosa escribe sendos cuentos en los que el protagonista es un anciano. El primero, titulado “El Abuelo”, fue publicado en “El Comercio” de Lima, en 1958, y sería incorporado a la colección “Los Jefes”, publicada al año siguiente. Es un cuento breve, escrito en tercera persona, con un narrador omnisciente, que narra la celada que tiende un anciano a su nieto, al que se refiere como al “niño”, sin nombrarlo.

Siendo un novato de 22 años, Vargas Llosa, no tenía la experiencia vital ni las armas para crear un personaje dotado de sentimientos y pensamientos, pero como los buenos narradores, elaboró una intriga que queda flotando en la mente del lector al terminar la lectura, el llamado punto ciego de la historia, al que se refiere Javier Cercas: ¿cuál o cuáles pudieron ser los motivos que tuvo el abuelo para ese comportamiento censurable contra su heredero? ¿Venganza por algún maltrato sufrido? ¿Profunda envidia con los que quedarán en el mundo, mientras él devendrá en calavera? ¿Protesta contra las nuevas generaciones con las que ha roto la comunicación, pues lo creen loco?

El segundo, titulado “Los Vientos” fue publicado en la revista literaria “Letras Libres” de Madrid en octubre del 2021, aunque fue terminado en diciembre del 2020. A raíz de su disenso sentimental con la señora Preysler, un par de párrafos de él han sido muy citados y comentados por la prensa rosa, creyendo que los sentimientos del personaje correspondían con los del autor. Craso error de periodistas y lectores ingenuos que se quedaron en lo superfluo y banal, sin permitirse penetrar en el caleidoscopio que trae el texto y disfrutar –es un decir -, porque sus pasajes deben haber generado asco en las lectoras, pese al eufemismo del título.

Sin duda, hay una conexión cercanísima entre autor y personaje: ambos son ancianos, “irredentos conservadores”, con una vasta relación con el mundo de la cultura, avecindados en Madrid y hasta se podría decir que el del cuento también es peruano como el autor, porque a lo largo del texto se expresa con algunos peruanismos del castellano tales como “cojudo”, “huevón” o “pichula”. Pero no hay que caer en el engaño de la literatura realista: desde los clásicos Flaubert, Víctor Hugo y Balzac - los maestros de Vargas Llosa -, sabemos que el mundo de la ficción literaria para que tenga la capacidad de envolver y “enganchar” a los lectores, debe ser lo más parecido al mundo real. Y cualquier lector o espectador desavisado sabrá siempre reconocer la frontera entre lo real y lo imaginario, a menos que se llame Alonso Quijada, Quijano o Quesada.

El cuento está narrado en primera persona por el protagonista, un “bípedo centenario” sin familia y sin amigos que vive en un Madrid del futuro, en el que los zorros y las ratas se han adueñado de sus parques, como impotente testigo del paso o derrumbamiento de su época. La acción transcurre a lo largo de un día, cuando el protagonista se ha extraviado y no sabe cómo volver a su casa o, mejor dicho, a “mi cuarto y mi bañito”. La narración es un contrapunto entre el poco literario tema de sus descontrolados esfínteres y sus diatribas, reclamos, protestas contra la revolución tecnológica y las novedades de ese mundo posmoderno (“para gentes como yo, de otra época, la vida sin librerías, sin bibliotecas y sin cinemas es una vida sin alma”), en medio de la “legañosa ciénaga de su memoria” que le hace repetir muchas veces lo que ya dijo.

No sorprende que, en el encierro forzado de la pandemia, Vargas Llosa haya pensado en la posibilidad de su muerte, como nos sucedió a millones en el mundo (“pensé, asustado: “¿Me voy a morir?” Lo había pensado muchas veces, sobre todo en los últimos tiempos, cada vez que tenía un malestar”). Pero en su caso superó la angustia con su imaginación literaria que lo llevó a construir un anciano beneficiado por la ciencia con la prolongación de su vida por décadas adelante hasta quedar solo, sin parientes ni amigos. La anécdota que echa a andar la historia ocurre cuando se da cuenta que ha olvidado dónde vive, acompañada de eventos digestivos desagradables. Llega un momento en que luego de horas de un infructuoso vagabundeo por el centro histórico de Madrid, se precipita en las angustias de imaginar una muerte triste, callejera, en el abandono “como un perro vagabundo” y embarrado en caca, como pudo haber sido la horrible muerte que padeció el escritor Abraham Valdelomar, un siglo antes, según cuenta la leyenda.

Por su trama y contenido, este es un cuento ideológico, porque MVLL a través de su alter ego expone sus ideas. En realidad, en el cuento no pasa nada, salvo la larga caminata del anciano perdido. Nada parecido a un incidente o accidente, ni siquiera un tropezón, un diálogo con un viandante o el ladrido de un Batuque. En cambio, el grueso de la narración se ocupa de sus ideas acerca de la inteligencia artificial y la literatura (“El único novelista que queda vivo y pataleando en este planeta es el ordenador”); la pintura y el arte posmoderno en general (“todo lo que era artístico en el pasado, como el ballet, la ópera, la pintura, la escultura, la literatura, la música culta, las humanidades, se ha deteriorado al extremo de desaparecer o cambiar de naturaleza para peor”); sobre la tecnología, la libertad y las dictaduras, (“somos unos esclavos más o menos felices y contentos con su suerte. Orwell no imaginó que esta podía ser la evolución de ese “socialismo libre” que él imaginaba y que era simplemente imposible. Pues ahora hemos perdido la libertad sin darnos cuenta, y, lo peor, estamos contentos y nos creemos hasta libres. ¡Vaya cojudos!”); las teologías progresistas -aunque no cuestione la existencia de Dios -, (“sospecho que la Iglesia católica selló su partida de defunción cuando comenzó a modernizarse, cuando ese bastión del machismo y conservadurismo, intolerancia y dogmatismo que fue antaño, empezó a relajarse, a resquebrajarse, a hacer concesiones a los curas y laicos progresistas”) y las ideas de unos jóvenes disidentes del sistema social. Son ideas que, de alguna manera, repiten las que en sus ensayos periodísticos de las últimas décadas ha venido exponiendo Vargas Llosa, pero, sin duda, deben ser interesantes para quienes no los hayan seguido.

En cuanto al lenguaje, como la mayor parte de los trabajos de MVLL, la narración es llana, tributaria, probablemente, de su ejercicio periodístico. Eso no quiere decir que los textos periodísticos no puedan ser literarios, pues basta recordar los de Azorín, el maestro de las frases breves pero brillantes, Paco Umbral, Norman Mailer o los de Jaime Bedoya o Víctor Hurtado, entre los peruanos.

El último cuento de Vargas Llosa no es precisamente el canto del cisne (europeo), hermoso y postrero, sino el ulular de la lechuza sabia (arequipeña) que ha volado e intuye el final. No encuentro en él, como podría ser previsible, un monólogo interior o diálogos chispeantes, tan sólo flashbacks y reiteraciones. Tampoco encuentro las metáforas, los símiles, las oraciones anchas, arborescentes que van dejando ideas y sensaciones desperdigadas en sus frases subordinadas, estimulando al lector. Más bien hacia el final tiene un desliz de lesa verosimilitud al pretender que el lector crea que el vecino invite a su ascensor a un viejo desconocido que hiede a caca. Tal vez sea cierto lo que dicen sus críticos: está agotado y se repite desde hace tres décadas y, probablemente, la deriva conservadora de su pensamiento le haya hecho perder su libertad y audacia creativas y, con ella, a muchísimos lectores.