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Una publicación de la asociación SER

¿Cuáles son las condiciones de vida de las mujeres que hablan lenguas originarias?

Vanessa Yurnek Sulla Mamani. Cibercorresponsal Puno

En Huantacachi (Puno), una mujer de 50 años me contó que su esposo le vació la olla de comida encima porque ella había asistido a un taller de tejido y no había regresado a tiempo para preparar la cena. “¿para qué vas a aprender tejido? Yo te puedo enseñar, ahí te van a pedir plata, vas a regresar tarde y quién me va a cocinar” le dijo su esposo luego de agredirla. Apenas su esposo se iba a Ilave para trabajar ella asistía a los talleres.

Hoy viernes 21 de febrero es el Día Internacional de la Lengua Materna y sería interesante no solo pensar en el valor de la lengua en sí misma sino identificar a quienes la hablan, sobre todo a las mujeres que han sido históricamente discriminadas y consideradas menos que los varones.

La invisibilidad hacia las mujeres que hablan lenguas originarias del Perú se réplica en distintos espacios, mi experiencia está vinculada a las comunidades aimara, pero sé que no es excluyente de otros contextos. Las mujeres de la comunidad de Sacari Peñaloza del distrito de Pilcuyo, provincia de El Collao, al asistir a una reunión comunal están obligadas a pagar 3 soles (por ser mujeres) y no estar inscritas en el padrón de comuneros calificados (que implica no ser consideradas en las jornadas en las que se toman decisiones colectivas)

Ellas no tienen derecho a tener voz y voto salvo que tengan que remplazar a su esposo cuando este no puede asistir a la asamblea, o en el caso de que sean solteras y que su padre sea muy anciano.

Para formar la junta directiva los cargos de autoridad los asumen los varones y en el estatuto figura que solo pueden participar dos mujeres, que no son consideradas para asumir roles de decisión, y para cumplir con la cuota de genero les dan el cargo de secretaria, logística o tesorería.

Los hombres consideran que las mujeres no pueden asumir cargos de decisión porque no se desempeñan de la mejor manera, un argumento vacío en el que no consideran las condiciones implícitas de asumir un cargo político; por ejemplo, tener tiempo y apoyo colectivo para dedicarse al mismo. Las mujeres de las comunidades tienen miedo a que en colectivo los hombres ridiculicen sus opiniones o simplemente no les presten atención. Además no pueden renunciar a las labores del hogar, un trabajo que condiciona e imposibilita que puedan realizar un trabajo político.

Luego de trabajar 3 años en jornadas de enfoque de género en comunidades aimaras de Puno, considero que enfrentar los roles y prejuicios contra las mujeres es una tarea que seguirá pendiente por mucho tiempo. Las consideraciones de menosprecio hacia nosotras han sido una triste tradición que debemos de erradicar con educación, trabajando la igualdad y el dialogo sostenible.