Javier Torres Seoane
I
Un candidato a alcalde propone una consulta vecinal para ver si el Memorial “El Ojo que Llora” debe mantenerse en su lugar o ser retirado. ¿Debemos oponernos a la propuesta?, personalmente creo que no, y lo hago basado en que la democracia moderna tiene que pasar por una relación distinta con el vecino. Un alcalde demuele un Memorial sin consultarle a nadie y todos condenamos ese hecho, salvo la gente que vive cerca al mismo y que afirma no conocer ni entender el sentido ni la estética del Memorial, pero cuando otro alcalde construyó ese Memorial sin consultar a los vecinos no nos molestó en lo absoluto.
El alcalde Manuel Masías restaura a pedido de los vecinos el Memorial de la Calle Tarata y coloca su nombre en la placa del mismo, lo cual genera malestar en algunos círculos e incluso una carta pública al respecto, pero no en los vecinos ni en las víctimas de aquel terrible atentado que no ven problema en ese “detalle”. Uno podría pensar que en una ciudad donde los alcaldes detestan los Memoriales referidos al conflicto armado interno es extraño que un alcalde quiera inmortalizar su nombre en uno de estos, pero resulta que ese Memorial es el único de nuestra ciudad que no genera problema alguno a nadie. Y todos los años se realizan conmemoraciones alrededor del Memorial de Tarata que no son objetadas ni interrumpidas por nadie, como sí ha ocurrido en el Memorial el “Ojo que Llora”. E incluso asisten no sólo las víctimas y sus familiares, sino también autoridades civiles y militares. Pero este año, una de las víctimas emblemáticas del atentado a Tarata, Vanesa Quiroga decidió postular como regidora a las elecciones municipales de Lima en una lista distinta a la del alcalde miraflorino y reclamó por no haber sido invitada, lo que lleva a Manuel Masías a desmentirla mostrando fotos inclusive de su participación. Aunque no creo que este hecho haga que el memorial de Tarata pierda legitimidad, nos muestra a todas luces que no hay espacio de memoria que no sea motivo de debate.
II
Al mismo tiempo que el gobierno nacional y sus aliados buscan levantar el fantasma del terrorismo, y desatan una nueva campaña contra el Sistema Interamericano de Derechos Humanos por las reparaciones que este habría ordenado que se pague a los terroristas, una marcha de víctimas de la violencia política de quince regiones del país llega a Lima y logra reunirse con el Primer Ministro, y consiguen que se forme una Comisión Técnica para que elabore una propuesta de reparaciones económicas individuales y que se apruebe algo de presupuesto para tal fin. Tres días después otra marcha de víctimas, en su mayoría ex miembros de las fuerzas armadas y policiales recorre el Campo de Marte con la finalidad de llamar la atención del Estado, por la desatención que sufren ante la discapacidad producto de la guerra interna y que se les reconozca los mismos beneficios que a los héroes de la guerra del Cenepa. En el fondo ambos grupos reclaman lo mismo, la atención del Estado por las secuelas que la violencia dejó en sus vidas y no debe llamarnos la atención la cuasi-convergencia de las movilizaciones. La razón es sencilla, ambos grupos saben que en un contexto donde el terrorismo busca ser “resucitado”, el Estado necesita víctimas legítimas que mostrar e incluso es más que probable que veamos al próximo Primer Ministro o al mismísimo Presidente de la República entregando reparaciones económicas dentro de unos meses y estoy más que seguro que algunos compañeros del movimiento de Derechos Humanos dirán que al igual que las reparaciones colectivas, eso tampoco es reparación, porque la importancia de la misma esta en el gesto y no en lo que se entrega.
III
El 16 de julio casi a la misma hora, se conmemoró una misa en la iglesia de La Recoleta para recordar a las víctimas de la Cantuta asesinadas por el Grupo Colina y una ceremonia cívico-religiosa (con rezo del rosario y presencia de la Virgen del Carmen incluidas) en la Calle Tarata, para recordar a las víctimas del atentado de Sendero Luminoso. Quien escribe esto hubiera querido asistir a los dos actos, pero lamentablemente es imposible estar en dos lugares al mismo tiempo. Un dilema siempre nos plantea que hay que optar y por la cercanía a los familiares de Cantuta opte por ir a la misa. Sin embargo, me preguntaba si habría posibilidad alguna de que se pudiese conmemorar a ambos grupos de víctimas en una sola ceremonia. Y tal como están las cosas concluí que sería imposible. ¿Cómo armonizar ambas memorias en dos hechos que tienen un vínculo directo? ¿Es posible pedirle a los sobrevivientes, deudos y familiares que lo hagan? Luego de varios años trabajando el tema, he llegado a la conclusión que desde el movimiento de derechos humanos hemos querido forzar procesos que deben tener su propio tiempo de maduración y que hemos querido que las víctimas hagan aquello que no es su deber. El deber de recordar, como dice el antropólogo Marc Auge, no es un deber de las víctimas, ellas por el contrario tienen que encontrar el equilibrio entre la memoria y el olvido para no terminar congelados en el pasado terrible que les tocó vivir. El deber de recordar está en manos de quienes vienen adelante. Por ello creo que nuestro aporte debe ser el de recuperar y poner en valor la mayor cantidad de testimonios del conflicto armado interno, de hacer que todas las memorias emerjan, que no queden sepultadas. Y creo que hemos exagerado al querer poner a todas las víctimas del conflicto armado interno juntas en un mismo memorial como “El Ojo que Llora”. Las memorias no pueden ser estandarizadas, homogenizadas, las memorias son diversas, contrapuestas, contradictorias inclusive y por ello es que debemos dejar de lado cierta tendencia a la uniformidad y a querer que el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación sea la nueva Memoria hegemónica que debe primar sobre otras memorias del conflicto, ya que al hacerlo caemos en la misma intolerancia de los actores de la guerra y le hacemos un flaco favor a las víctimas que antes que Memoriales buscan justicia y reparación.