Opinión

Oppenheimer, la bomba atómica y la responsabilidad política

Por Victor Liza

Escritor y periodista

Oppenheimer, la bomba atómica y la responsabilidad políticaImagen: Poster de la película

El 21 de julio fue estrenada Oppenheimer, la más reciente creación fílmica de Christopher Nolan. Trata de la preparación de la bomba atómica a cargo del físico Julius Robert Oppenheimer; y las consecuencias políticas posteriores en su contra. La película casi coincide con el aniversario 78 de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki. Esto último marcó no solo la humillación y rendición de Japón, sino el inicio de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.

Oppenheimer cuenta varias historias paralelas. La del estudiante de posgrado en el Reino Unido y Alemania quien fue ninguneado al inicio en su propio país. La del profesor universitario que gana prestigio a su regreso a los Estados Unidos. La del colaborador discreto con la causa republicana durante la Guerra Civil Española. La del prestigioso investigador que comprueba la teoría de la bomba atómica con lo que Washington decide acabar con la guerra y enviar un mensaje a los soviéticos. La del humillado por el macartismo que le busca visos de comunismo para desprestigiarlo en calidad de venganza. La del amante en secreto. La del hombre que no se inmuta ni ante su propia explosión y que más bien tiende a la depresión.

Todas estas historias son contadas por Nolan con gran maestría. El cineasta británico intercala las escenas de distintas épocas hasta llegar a grandes definiciones, casi en paralelo. La prueba exitosa de la bomba atómica y su posterior utilización. El escarnio al que es sometido Oppenheimer en un proceso secreto y con las reglas en su contra. Y su reivindicación por el Senado de los Estados Unidos al ponerse de manifiesto que hubo una venganza.

La gran película que es Oppenheimer no solo radica en el talento de Nolan. Cillian Murphy, el actor irlandés reconocido por ser el protagonista de los Peaky Blinders, transmite en gran forma la caracterización del notable físico. Su timidez y su resignación redondean a un personaje que ni en su momento de gloria transmite emociones descontroladas. También ha sido aclamada la actuación de Robert Downey Jr., intérprete de Lewis Strauss, el miembro de la Comisión de Energía Atómica que denuncia a Oppenheimer por celos, envidias y rencores. Y que demuestra su enojo y frustración, a diferencia de Oppenheimer, quien se mantiene entre triste y sereno, casi estoico.

Este estoicismo de Oppenheimer abre una caja de Pandora. La culpa que siente el físico por haber generado un invento que no solo causó decenas de miles de muertes en un país lejano, sino que también lo perturba constantemente, es utilizada en el filme para transmitir un mensaje de responsabilidades individuales y no políticas. En una de las escenas, el presidente Harry Truman le dice, sin ningún desparpajo, a un Oppenheimer culposo y suplicante por una cruzada para detener el avance nuclear en el mundo, que en su calidad de comandante de las fuerzas armadas, fue su decisión usar la bomba. A partir de esto, se desencadena en la película una narrativa de la responsabilidad personal y no de la política.

Si pasamos de la (no) ficción a la historia, es cierto que la decisión del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki fue de Truman. Incluso debe decirse que la puesta en marcha del proyecto, si bien estuvo a cargo de Oppenheimer, fue una decisión del gobierno estadounidense. Estos hechos debe entenderse en un contexto de guerra, en primer lugar; y luego en uno posterior de victoria segura de los aliados. Alemania e Italia, agrupados con Japón en el Eje, ya habían caído a manos de soviéticos y estadounidenses, respectivamente. Era cuestión de tiempo que los japoneses se rindieran. El lanzamiento de la bomba atómica no solo buscó apurar un hecho inminente, sino que se trataba de una demostración de fuerza ante el otro ganador de la guerra: la Unión Soviética. El Reino Unido bajaba su perfil y pasaba a ser aliado de los yanquis. Esto generaría una contienda sin disparos directos entre los rivales, bajo la que se producirían invasiones, golpes de Estado y demás tensiones en los países del sur global y de Europa del Este. Al cabo de cuatro décadas, se impuso el más fuerte. La consecuencia es un neoliberalismo que oprime, aunque ahora está decadente.

Hace siete años, el entonces presidente Barack Obama visitó Japón. Tuvo la oportunidad de pedir perdón, pero no lo hizo. Casi ocho décadas después de uno de los hechos más horrorosos de la humanidad, se hace necesario asumir responsabilidades políticas. Porque no solo se trata del clamor silencioso de más de 300 mil víctimas: fue el inicio de una avanzada de poder sobre el mundo que hasta ahora perdura. Que las sutilezas discursivas de una gran película no oculten la perspectiva histórica.

En pocas semanas, Oppenheimer ha ganado reconocimientos del público y de la crítica especializada. Ya ha recaudado más de 500 millones de dólares en taquilla a nivel mundial. Expertos en cine han alabado la película de Nolan. Y acaso se perfila para ser nominada a los Premios Óscar. Lo sabremos en el próximo verano meridional.