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Una publicación de la asociación SER

¿”Volver a las medidas anteriores” o comunicar la prevención?

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Sandro Macassi L. Docente de Comunicaciones - PUCP

Desde la cuarentena el gobierno apostó acertadamente a trabajar a dos bandas: mejorar la infraestructura sanitaria para atender el peor escenario de la pandemia y dar medidas que reduzcan en contagio.

Sin embargo, a pesar de las duras medidas de la cuarentena la epidemia siguió su curso ascendente. Hoy en medio de la apertura, las cifras se están disparando y la disyuntiva sigue siendo la misma: “volver a las medidas anteriores” o la epidemia continua.

Hay un aspecto que no ha merecido la discusión adecuada, pues el ruido político del voto de confianza desvió la atención. Durante la cuarentena se explicaba el incremento por dos razones supuestamente excluyentes: la idiosincrasia del peruano que no respeta las normas, y las precariedades económicas que lo impulsan al contagio.

Sin embargo, durante el periodo de apertura es evidente que las razones por las que el contagio se incrementa son muchas y exceden la falsa disyuntiva anterior. Se trata de causas convergentes, pero, respecto a la exclusión es muy poco lo que se puede en el corto plazo, es más, la pandemia la agudizó en todo el mundo.  En cambio, respecto al comportamiento y las narrativas existe una posibilidad de actuación inmediata.

En las últimas semanas el incremento de un promedio de 19% de positividad a un 24% se debe principalmente a las reuniones familiares, fiestas y almuerzos, en cambio, la expansión del virus se debe a las visitas y retornos a distritos alejados y zonas rurales. En países de Europa que flexibilizaron las medidas de restricción se constató que estos comportamientos fueron la causa de los rebrotes.

Además, la apertura ha relajado el estado de alerta, porque hay mucha gente en la calle de compras o de paseo, y se generaliza la percepción de que hay menos riesgo. En la práctica ¡se ha normalizado el riesgo!, que es precisamente el caldo de cultivo para un rebrote, por tanto, hay una dimensión cognitiva y cultural que debe ser atendida.

Entonces, si las causas son diferentes, y las medidas anteriores contuvieron y retrasaron, pero no bajaron la tasa de contagio, ¿por qué habría de “volver a las medidas anteriores”?

En nuestro país somos tan propensos a vivir los problemas públicos de manera polarizada que terminamos envueltos en disyuntivas irreconciliables, como el fujimorismo y el no fujimorismo, la minería y la anti minería y es de esperarse que las medidas sobre la pandemia se tiñan de esa visión blanco/negro que nubla nuestras percepciones sobre los problemas.

¿La disyuntiva es el crecimiento exponencial de la transmisión o volver al toque de queda los domingos? ¿La disyuntiva se da entre la solución punitiva o dejarlo a la responsabilidad de cada quién? Pues no.

La respuesta de la actual ministra es cierta: “El Minsa no va a salir con su pistola a dispararle a cada coronavirus”. Ningún Estado tiene la capacidad de vigilar el comportamiento de 30 millones de personas. No es suficiente con prohibir, sancionar o apresar a los infractores, se requiere sustentar y convencer a las personas para que adopten los nuevos hábitos, y lo más importante, que exijan a sus vecinos u ocasionales compañeros de bus o de mercado que respeten las medidas de seguridad. Estas medidas discursivas deben acompañar las medidas de control, restricción y protocolos sanitarios, una cosa va de la mano con la otra.

Las medidas dictadas por el Gobierno de mayores restricciones a las reuniones, la inmovilización social obligatoria los domingos serán ineficaces si caminan solas. En diferentes pandemias, como el MERS, el Ébola, el VIH, el Cólera, etc., se desarrollaron campañas de comunicación integral que complementaban las medidas de Identificación, vigilancia, contención, tratamiento y atención de emergencia.

Lo que no puede hacer el Estado con cada uno de los ciudadanos lo hacen las campañas integrales de comunicación, persuadiendo, generando alerta, incrementando la noción de riesgo, promoviendo la presión social para la adopción de hábitos preventivos.

En otras pandemias, las campañas integrales incluyeron spots publicitarios, pero sobre todo capacitaciones a líderes comunitarios, movilización de voluntarios, activación de las organizaciones sociales de ayuda, a la empresa privada, a las parroquias, se hicieron uso de parlantes de los mercados, de radios locales FM y de materiales educativos, etc.  

La idea es movilizar a las redes comunicativas locales, con mensajes precisos que alerten a la población, pero que también instruyan a las familias en cómo llevar a cabo eficientemente las 4 medidas básicas (barreras, distancia, auto reclusión y sanitiización), adaptándolas a sus condiciones y realidades culturales, pero sobre todo dándoles contenido, sobre el uso adecuado de la máscara, o la forma de desinfectar los alimentos, etc.

Por ello el MINSA debe dejar de lado su estrategia de gestión periodística y reenfocar la lucha contra la pandemia desde la salud promocional, es decir, la prioridad debe ser generar incrementar los hábitos preventivos, a fin de elevar la noción del riesgo para detener el incremento y la expansión del virus.

Durante la cuarentena, era difícil desarrollar una campaña integral, se carecía del conocimiento necesario sobre la pandemia y sus vectores, los actores locales comunitarios estaban aislados, no era posible producir materiales comunicativos pues no eran actividades esenciales, etc.

En cambio, con la apertura se disponen de recursos y capacidades para desarrollar campañas focalizadas en distritos de alto riesgo, para usar canales específicos para dirigirse a públicos vulnerables (adultos mayores, pueblos indígenas) y a públicos que actúan como vectores de transmisión (jóvenes y niños). Y la cooperación internacional puede estar dispuesta a apoyar iniciativas como estas, especialmente porque somos el cuarto país de mayor contagio por millón de habitantes.

En otro artículo sostenía que los hábitos resistentes se basan en narrativas culturales que justificaban y servían de barreras cognitivas para el cambio de hábitos sociales preventivos que deben ser tomados en cuenta en las campañas gubernamentales, por ello, una campaña integral debe desarrollar contranarrativas, que desactiven las prácticas trasgresoras.

Desde mi perspectiva una campaña comunicativa debe estimular la presión social, pues es imposible que haya un policía en cada esquina, pero sí un ciudadano o ciudadana que exija que se tomen las medidas pues amenaza a ella y a su familia y a la nación. “Volver a las medidas anteriores” sin una campaña comunicativa es una opción condenada al fracaso.