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Una publicación de la asociación SER

Verónika Mendoza: (re)pensar la política desde el pobre

Es bueno, además de aconsejable, reflexionar sobre ciertos sucesos una vez que el espíritu (léase apasionamientos) se haya calmado y podamos verlos en perspectiva; y por qué no, de cuál y cómo fue nuestro actuar frente a ellos, para evaluar y orientar nuestra posición en nuevos contextos que se avecinen. En este aspecto, hace bien seguir los consejos de Pierre Vilar cuando escribía que “hay que pensar la historia y pensar históricamente”.

Como es mi intención enfocar estas reflexiones en lo actuado por Verónika Mendoza, a quien se las dedico, empiezo poniendo como telón de fondo en qué contexto se fue perfilando su personalidad en el plano político. En un primer momento, cuando sus posibilidades de aceptación eran bajas, no resultaba difícil ignorarla porque bastaba con simular que no estaba en la contienda. Posteriormente, cuando Verónika empezó su repunte de manera creciente y sostenida, hasta transformarse en un serio peligro para el orden dominante, no demoró mucho para que saliera toda la batería de guerra sucia para neutralizarla, intentando, esta vez, invisibilizarla o ningunearla con la fuerza de la mentira y la negación de sus valores personales. Obviamente, esos ataques provenían del aparato mediático, uso de redes sociales, de comentaristas serviles del poder económico y de un amplio sector de periodistas para quienes conocer e investigar representa una ofensa. No tomo en cuenta la ética porque significaría colocar a todos ellos y ellas en posición incómoda, por decir lo menos.

Al referirme a las acciones realizadas por Verónika Mendoza lo hago no tanto basado en una correlación de hechos ya conocidos, sino en su modo mismo de actuar. Es decir, lo que pareciera ser, aunque esto suene a subjetividad, una fuerza interior que siendo constitutiva de su persona –un êthos, en el sentido etimológico del término-, que brota y la conduce a ser y actuar de la manera como lo pone de manifiesto. Lo que quiero expresar me surge de la manera como Vero se fue mostrando ante nosotros. Inicialmente, como parlamentaria, dando imagen de coherencia y consecuencia; y luego, cuando ganó la postulación en las primarias del Frente Amplio (octubre 2015), como lideresa que acompañaba y se sentía acompañada por todas y todos nosotros. Más que sumar adherencias, las multiplicó, hasta llegar al final de esta fase del proceso electoral con importante presencia de la izquierda en el escenario político nacional. Una izquierda a la que no quisiera ponerle adjetivos de por medio (me refiero a lo de “nueva, “moderna” o “centro”).

En ese proceso de irse manifestando con su carisma y capacidad de liderazgo, notaba en Verónika un rasgo particular en su estilo de hacer política. Me refiero, ahora, a su naturalidad para mostrarse como persona que siente la pobreza, que sabe colocarse con sinceridad y transparencia en el lugar del pobre, en su sufrimiento mismo. Una Vero ubicada en ese lugar del pobre que (re)pone en la escena política a quienes defienden sus tierras, sus derechos a ser personas; a aquel campesino, personaje central de Manuel Scorza, que, en El jinete insomne, levanta su voz porque “generación tras generación” carga sobre sí “los mismos reclamos, los mismos quebrantos, los mismos abusos, los mismos engaños, los mismos desalientos”[1]. En este sentido, no estaba en su forma de proceder adoptar poses “chicheras” ni gestos forzados de cercanía al pobre, que en algunos personajes, por el afán de ganar votos,  llegaron, incluso, hasta poner en evidencia cierta incomodidad, por no decir repugnancia solapada, al entrar en contacto con la forma de vida  a la que los pobres han sido arrastrados.

También, su estilo de practicar la política, hace que Verónika escape de esa visión estrecha de los derechos humanos, reducida, subrayo lo de reducida, a los derechos civiles y del ciudadano, propia de la revolución francesa que en su momento, hay que decirlo, excluyó a la población campesina. Su entendimiento de los derechos humanos es amplio porque los sitúa en la vida de sufrimiento de los pobres –en lo particular y colectivo-, en la vida de aquellos que Ignacio Ellacuría, sacerdote jesuita asesinado por la derecha salvadoreña (1989), llamó “pueblos oprimidos y mayorías populares”. Ella pone el énfasis de su actuar político en la persona humana, en lo más real y concreto de la vida de los excluidos, antes que en una categoría política, que para gusto y afán de los liberales (de este lado y del otro) no ven en ellos, en los pobres, más que a individuos ejerciendo el “derecho” y la “libertad” de elegir.

En ella prevalece el principio de humanidad porque coloca su corazón, digámoslo así, junto al del pobre. Hace suyo su sufrimiento. Y esta apreciación no significa intento alguno de una interpretación edulcorada de su actuar. De ninguna manera. No es así porque esa “dulzura” que manifiesta al contacto con el pobre, se transforma en energía, lo hemos visto, al denunciar las injusticias en nuestro país, en sus diferentes expresiones; de la misma manera verla anunciar con convicción, fortaleza y compromiso los cambios que se requieren.

Y llego, ahora, al punto central que me motivó dedicarle a Vero estas líneas. Me refiero a esa palabra en la que puso todo su sentimiento para expresar la razón que la llevó y colocó en ese lugar que los pobres del sur, en particular, le tenían preparado. Palabra salida de lo más profundo de su corazón: amor. Sí, amor. Palabra desapercibida por unos o tomada, quizá, hasta con sorna por otros, pero que para ella resumía al final de esa etapa electoral, de todo ese esfuerzo puesto de manifiesto en esa otra utilizada repetidamente durante la campaña: esperanza.

Salvo en un documento de carácter técnico que leí años atrás en cuyo prólogo se decía que el fundamento de la moral es la razón, y el de la ética el amor, no recuerdo haber escuchado a persona alguna en el ejercicio político haber aludido al amor como leit motiv de un discurso y un proyecto de país. Desde el balcón en el Cusco, y en la Plaza Bolognesi en Lima, el domingo 10 por la noche, nos decía Vero: “hemos vencido al miedo porque hay algo más fuerte que el miedo. ¿Saben que es? El amor, el amor”. Y lo repetía…

 


[1] Scorza, Manuel.El Jinete Insomne. Caracas, Monte Ávila Editores, C.A., 1977, p. 169.