Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Una luz roja en la que todos perdemos

Vicente Sánchez

Exceso de optimismo. Una de las primeras lecciones de esta crisis política es que, en un país donde para millones la perspectiva es apenas del día a día, todo político curtido no debe sentirse triunfador antes de tiempo. Pedro Cateriano anticipó la impresión de que tenía la luz verde parlamentaria en la confianza a su recién estrenado gabinete. Tal vez pensaría que era un gobierno de salida, que en décadas no se le había negado la confianza a un nuevo gabinete, y que no había una correlación contraria de bancadas en el Congreso. Más allá de las presiones y cubileteos propios de estas coyunturas, no había presagio de nube negra. Hasta que reventó la bomba y tenemos un gabinete de tan sólo 20 días que tiene que hacer chivas para darle paso a otros protagonistas. Pero todo esto es la anécdota. Hay que ver más a profundidad.

La caracterización de la crisis. En primer lugar, esta es una crisis en la que perdemos todos. Rechazo aquellas posiciones -desde la izquierda y la derecha-, que asumen esto como un triunfo, esto en ningún lado del planeta puede ser un éxito para el Perú, es una crisis de suma cero: ha perdido el Ejecutivo, ha perdido el Congreso, han perdido los aún mudos futuros candidatos, y, sobre todo, han perdido los ciudadanos que quieren soluciones concretas a la crisis sanitaria que está lejos de aplacarse, y salidas inmediatas a la asfixia económica luego de un parón brutal de más de tres meses. Aquí tampoco hay crisis revolucionaria o pre-revolucionaria, una caída total del sistema capitalista como algunos ideologizados aún sueñan, demostrando una absoluta irrealidad.

La responsabilidad del Ejecutivo. El Presidente Martin Vizcarra sale golpeado de esta crisis. Pedro Cateriano debió entender a tiempo que estaba frente a una incertidumbre sobre la decisión congresal. Primero, el craso error de la designación del ministro de Trabajo y el escándalo de las laptops en el Ministerio de Educación. Segundo, la elevación de los infectados y fallecidos luego de derogar la cuarentena y la extensión de la pandemia por todo el territorio, obligaba a poner la lucha contra el covid-19 como el centro de su discurso, y no lo hizo. Y tercero, un discurso que se esforzó en la reactivación macroeconómica más que en la reactivación microeconómica, que es lo que millones necesitan, terminó de sepultar su neonato gabinete.

Una larga crisis partidista. La caída del gabinete Cateriano es una nueva expresión de la crisis política con la que convivimos los peruanos hace varios años, que las urgencias de la pandemia y la crisis económica dejaron atrás por un breve lapso, y que ahora nos explota en el rostro: partidos políticos que sólo ven sus intereses pequeños que ya ni siquiera se preguntan qué necesita el Perú como totalidad (lo que los libros llaman “la razón de Estado”), como si ellos en el poder nunca necesitarán un consenso nacional frente a un cataclismo de cualquier índole. En una guerra como la que vivimos ahora, no ver lo importante (salvar vidas) es casi una traición, una triste repetición de la conducta de los Prado y los Piérola en la guerra con Chile. Hemos llegado a un punto que cada partido tiene su razón que defender: su razón ideológica, su razón programática, su razón táctica, y hasta su razón “universitaria” hay.

Lo que cuesta entender. Esa pequeñez de miras, ojo, no se resuelve con una revolución socialista, un fusilamiento general o una dictadura neoderechista. Se resolverá en un largo proceso de conciencia ciudadana, participación democrática y control de los poderosos, un permanente flujo y reflujo de victorias y derrotas por varias generaciones hasta que los políticos entiendan que sólo administran un poder, que no son dueños ni del poder ni del relato del poder, que la soberanía no la pierde la gente así tengas una maestría en Harvard, una eterna militancia marxista-leninista, o así creas que los millones de peruanos necesitamos “un gran guía” o “un partido guía” para ser una gran nación. Sólo lo seremos si hacemos fluir la gran energía individual y colectiva que por milenios aflora en estas tierras y gentes.