Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Un nuevo mapa

Me niego rotundamente

a negar mi voz mi sangre y mi piel

y me niego rotundamente

a dejar de ser yo

Shirley Campbell – Rotundamente negra

 

Por estos días circula en las redes sociales el artículo “Las desventuras de ser un voluntario negro en el Perú” de Craig Martin, voluntario del Cuerpo de Paz en Piura. En su texto, Martin narra las diferentes experiencias que ha vivido desde su llegada al país, varias de las cuales muestran las experiencias violentas, discriminadoras y cotidianas que vulneran el desarrollo individual y colectivo de las personas afro-negras en el Perú. Martin inicia su relato con una descripción tan simple como contundente; una declaración que muchas veces se pone en duda, se repregunta o juzga como exageración o victimización: “Soy un hombre negro. Mi color de piel no solamente ha afectado la manera como me percibo a mí mismo, sino que mi piel oscura afecta también la manera como el mundo me percibe.” El testimonio que brinda Craig Martin postula el escenario complejo y violento que enfrentan las diferentes personas afro-negras a lo largo de sus vidas, pero entre sus líneas se presenta una condición clave para nuestra socialización, como para el ejercicio pleno de nuestra ciudadanía: La percepción y autopercepción; la imposición ante la posición y el posicionamiento.

El testimonio del joven estadounidense es un ejemplo como muchos otros. Sin embargo, resulta clave para entender cómo el racismo es una ideología que permite desvalorar y vulnerar los derechos de las persona, trascendiendo las prácticas locales o las nacionalidades de quienes se insertan en nuestros cotidianos. Martin no es peruano, pero es afro y negro, y como tal, es depositario de sospechas, sin que sea necesario que se comporte de una manera diferente, pues su cuerpo revela otredad y resulta amenazante en el país de “todas las sangres”, porque a primera vista, no tiene todas las sangres; tiene una, predominante, que supera y limita, a primera, segunda y quizás hasta a tercera vista, su individualidad, y con ella, el reconocimiento de sus potencialidades o desarrollo personal. Craig Martin no es un voluntario, ni un profesional. A primera vista es y será un sospechoso, desde la negritud impuesta en el Perú, como en casi cualquier otra parte de las Américas. Son estas percepciones las que trazan y colorean el cuerpo, (des)valoran la historia, las ideas y los aportes de las personas afro-negras en las Américas. Son las que limitan y vulneran el ejercicio de nuestros derechos, y vuelven a vulnerar cuando se nos pregunta-propone por el empoderamiento o reacción individual, como si para enfrentar a un sistema hegemónicamente racista-clasista-patriarcal-hetero-occidentalizante, de manera constante e histórica, sólo hiciera falta que cada persona nombrada por otrxs como negra, desde su individualidad y por su individualidad, se defendiese ante el insulto, la mirada, el sonido, el chiste, el apodo, la exclusión de cada día.

Las experiencias narradas por Martin nos ponen ante (aparentemente) eternas preguntas: ¿Qué estamos haciendo como afro-negrxs para enfrentar las discriminaciones cotidianas? ¿Qué valoramos como afro-negrxs? ¿Por qué reivindicarnos como afro-negrxs en el Perú?

En el 2017, el Perú agregará la variable de autoidentificación étnica en el censo de población y vivienda nacional. Esta herramienta permitirá conocer las características sociales, económicas y de ejercicios de derecho de las poblaciones en el Perú. Uno de los rasgos importantes de la incorporación de esta variable es la posibilidad de autoidentificarnos, de decir, desde nuestras propias voces, cuál es nuestra identidad étnica y que esta valga. Así, responder a esta pregunta no es sólo el cumplimiento del llenado formal del cuestionario, sino es un ejercicio de derechos, de ciudadanía. Por lo tanto e incluso cuando no todxs lo reconozcamos así, es un acto político, desde el cual las poblaciones étnica e históricamente minorizadas reivindicamos nuestra existencia, pertenencia y aportes al país, así como planteamos la demanda de condiciones que permitan el desarrollo colectivo para las poblaciones indígenas (amazónicas, andinas y costeñas) y también para los afrodescendientes en el Perú.

Si bien el censo es una oportunidad de posicionamiento cuantitativo a nivel nacional, para exigir políticas públicas especializadas que permitan el desarrollo individual y colectivo de indígenas y afros, también es una excusa, un motivo, que tenemos las organizaciones indígenas y afros, para repensar y trazar caminos y articulaciones desde las cuales reafirmar nuestras ciudadanías interculturales, en donde empecemos a dar respuestas diferentes y complementarias a las preguntas planteadas anteriormente; en donde construyamos y reivindiquemos conjuntamente nuestras identidades, cargándolas de sentidos emotivos y políticos, éticos y estéticos, corporales, religiosos, familiares o culturales, porque las identidades étnicas no se nutren de un solo origen, ni se deciden exclusivamente en espacios políticos o académicos; porque mientras nos sentamos a conversar en espacios de incidencia o toma de decisión, en las calles del Perú y las Américas, miles de personas afro-negras o indígenas son vulneradas y violentadas por desafiar con su existencia a la homogenizante nación.

Si bien es necesario saber cuántos somos y dónde estamos, también es necesario construir y recrear el quiénes somos y por qué lo somos; llegar al 2017 y decir “soy afrodescendiente, afroperuanx, zambx, negrx o mulatx, porque me gusta, porque tengo cantos y danzas, dioses y diosas que he heredado y mamado, porque me reconozco diferente en mi piel, en mis labios y ojos, en la comunidad en la que vivo; porque la historia de mi pueblo no se cuenta en las escuelas, porque mi historia me une a la historia de una diáspora en las Américas, porque desciendo de personas esclavizadas, porque mi familia trasciende los vínculos de sangre o apellidos; o porque me cansé de modular mi entonación para no desentonar, porque me cansé de que tengamos un día o dos al año como reparación histórica del Estado, porque me cansé de “ordenar” mis pelos y aclarar mi piel para que se reconozca mi belleza o no se dude de mi inteligencia; pero también porque es un compromiso para reafirmar la existencia, resistencia y persistencia de nuestrxs abuelxs, como de nuestrxs nietxs, construyendo un nuevo mapa del Perú, dónde nos negamos a negar nuestras identidades”.