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Una publicación de la asociación SER

Trump rumbo al desastre

Foto: Pete Marovich/Getty images

Jorge Frisancho

Faltan menos de tres semanas para que concluyan las elecciones en los Estados Unidos, y en lo que respecta al voto para la presidencia, la suerte parece estar echada para Donald Trump.

El candidato demócrata, Joe Biden, le lleva más de diez puntos de ventaja en las encuestas nacionales, y su tendencia es al alza. Más aún, Biden mantiene la delantera en varios de los así llamados "estados columpio" (estados cuya preferencia electoral ha oscilado históricamente entre los Demócratas y los Republicanos) que en 2016 le dieron la victoria a Trump por un margen menor a un punto porcentual, e incluso está en condiciones de disputar fortalezas que parecían inexpugnables, como Texas y Arizona. De hecho, Biden también va ganando el conteo del Colegio Electoral, la institución donde se definirá en última instancia al ganador de la contienda, aunque ahí la situación es más fluida.

Por supuesto, es posible que las encuestas estén equivocadas. Lo estuvieron hace cuatro años, una sorpresa de la que muchos observadores, comentaristas y ciudadanos en general aún no han conseguido reponerse (cuéntenme entre ellos). Ciertamente hay indicios de que esta vez no será así: por un lado, el margen de ventaja de Biden sobre Trump es mayor, más estable y más consistente que el de Hillary Clinton en 2016, y se extiende a más segmentos del electorado; por el otro, las encuestadoras aseguran haber sacado lecciones importantes de la experiencia y han tomado medidas correctivas en su metodología. Sin embargo, dos semanas son un largo tiempo en una campaña electoral y muchas cosas ahora imprevisibles podrían ocurrir. Además, hay dinámicas de fondo que se ocultan o se escapan a la mirada. Las placas tectónicas no se mueven hasta que se mueven, pero cuando se mueven, todo cambia.

En cualquier caso, Trump está hundido en un hoyo que él mismo cavó, por razones que combinan su propio temperamento y personalidad —o, para ser más precisos, su patología— con el estrepitoso desorden de la gestión que encabeza y la incompetencia de un equipo ejecutivo seleccionado sobre todo por su lealtad (o su falta de escrúpulos). La pandemia del covid-19 le quitó abruptamente el piso a una estrategia reelecccionista enfocada en la economía, y sobre eso Trump no tuvo ningún control. La responsabilidad por lo hecho desde entonces, sin embargo, sí es toda suya, y le juega abrumadoramente en contra.

Su catastrófico manejo de la crisis ha sido la causa inmediata de muchas muertes evitables. La realidad ha desmentido una y otra vez sus persistentes intentos de negarla, y el esfuerzo de Trump y sus propagandistas por cambiar el tema en el tramo final de la campaña, que en un primer momento pareció exitoso, terminó estrellándose contra un muro infranqueable: su propio contagio de la enfermedad. Trump llega así a estas últimas semanas sin mucha más opción que tuitear insultos y teorías conspirativas en todas las direcciones imaginables, sin ninguna disciplina comunicativa, y continuar minimizando el problema en regiones del país donde la curva de la pandemia está llegando a una cresta crítica. No sorprende que esté perdiendo apoyo aceleradamente entre sectores del electorado cruciales para su objetivo, como los jubilados de Florida o las mujeres de los suburbios de Michigan, un augurio bastante claro de inminente debacle en las urnas.

Hay que decir que aun si perdieran la votación popular y estuvieran en camino a perder también la cuenta de delegados al Colegio Electoral, Trump y los Republicanos tendrían todavía más de un as bajo la manga. Tanto sus continuas denuncias de un fraude en fragua (denuncias desestimadas por inverosímiles cuando han debido respaldarse con pruebas en una corte de justicia, no una sino muchas veces) como sus maniobras de supresión del voto están diseñadas para enturbiar el proceso, sembrar dudas sobre su legitimidad y, finalmente, llevar la decisión sobre la presidencia del ámbito electoral al jurídico o al legislativo, donde tienen las de ganar.

Es posible que estas operaciones, profundamente antidemocráticas, den resultado; lo sabremos pronto. Pero la verdad es que tampoco en ese terreno Trump navega con viento a favor. La sorpresa de esta semana ha sido la avalancha de votantes decididos a ejercer su derecho de forma adelantada y presencial, cuyas balotas serán mucho más difíciles de cuestionar que las enviadas por correo: son ya más de 20 millones, y entre ellos los Demócratas superan ampliamente a los Republicanos. La extrapolación es imprecisa, pero este vendaval de votantes tempranos parece anunciar un tsunami anti-Trump, de modo tal que incluso los conteos rápidos resulten tan abrumadores que le impidan cuestionar el inevitable resultado.

En suma: nada está garantizado, pero la tendencia es clara; si las cosas siguen por la ruta que hoy se vislumbra, Donald Trump perderá las elecciones, posiblemente por un margen amplio, y aunque se resista con furia deberá abandonar la Casa Blanca en enero. No hay que cantar victoria tan temprano, no, pero eso estaría muy bien.