Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Trump

Vistos desde fuera, la reciente campaña electoral en el Imperio y sus resultados, parecen anunciar cambios profundos en la política y la vida social de ese gran país, que traerán, sin duda, repercusiones en el mundo entero. En efecto, es la primera vez que gana un outsider del sistema político a una mujer que había escalado paso a paso los escalones del poder. Un millonario que se impone con una mejor estrategia mediática a otra candidatura que tenía más millones y más aparato organizativo. Un millonario, cuyo discurso se acerca peligrosamente al discurso racista, xenófobo y prepotente (que algunos temen sea un fascismo en ciernes) que ha empatado con una cultura popular nacionalista que tiene al soldado invasor como a su héroe.

También, el proceso permitió que millones de americanos escucharan por primera vez un discurso persuasivo sobre la posibilidad de una sociedad distinta a la del capitalismo, aunque ese haya terminado desvanecido en los medios. Hablo de la prédica de Bernard –Bernie- Sanders que en el curso de pocos meses no sólo levantó el entusiasmo de los jóvenes del Partido Demócrata y captó las donaciones de 2.5 millones de personas,  sino que logró reivindicar a la palabra “socialismo” que por décadas vivió en el ostracismo, asociada al terrorismo y la violencia.

Sanders, que logró  reunir detrás suyo al 40% de los delegados de la Convención Demócrata de fines de julio es, sin embargo, un político responsable que la tiene clara. Aún en contra de muchos de sus seguidores que le planteaban formar tienda aparte o apoyar a la ecologista Jill Stein, planteó el apoyo firme y decidido a Hillary."Lo que debemos hacer ahora es derrotar a Donald Trump y elegir a Hillary Clinton. O más tarde miraremos hacia atrás solamente para arrepentirnos… En mi opinión, es demasiado fácil abuchear, pero es más difícil mirar el rostro de los niños que deberán vivir bajo una presidencia de Trump", dijo el 25 de julio. Pese a eso, al parecer algunos miles de sus simpatizantes fueron el fiel de la balanza que permitió el ajustadísimo triunfo de Trump en el caso de estados como Michigan y Wisconsin y aún Pennsylvania.

Y no es cierto que las encuestas se hubieran equivocado en fijar la tendencia del triunfo de Trump, sino releamos una noticia de fines de julio:“Un sondeo realizado por la cadena CNN y divulgado este lunes muestra a Trump por delante de Clinton en escenarios que consideran un duelo directo y otro en que le suman la candidata del Partido Verde, Jill Stein, y el libertario Gary Johnson. En el choque directo, Trump tiene una ventaja de 48% a 45% en intención de voto, pero en un escenario de cuatro candidatos supera a Clinton por cinco puntos (44% a 39%), de acuerdo con el sondeo.” (El Comercio 25/7/2016)

El outsider Trump criticó a todos los políticos y decía a voz en cuello y a los cuatro vientos lo que el americano medio quería decir. Ese americano, que no vive en la abundancia de Hollywood, sino que tiene que trabajar porque tiene deudas, que ha sido educado en una cultura nacionalista e imperialista, y vive angustiado desde el 11 de setiembre del 2001 temiendo que cualquier extraño lo ataque. Por eso sospecha del extranjero y está a favor de la Segunda Enmienda de la Constitución que permite que cualquier ciudadano pueda tener armas. A esa angustia se añadió la crisis financiera del 2007 con el estallido de la burbuja inmobiliaria que hizo perder a millones sus empleos y/o sus viviendas, sobre un terreno ya minado e instaurado por el NAFTA que fue firmado en diciembre de 1992 y que desmanteló parte de la industria del cinturón que va de Pensilvania a Minnesota para ser trasladada a México. En ese clima apareció el émulo de John Wayne con un lema seductor “Hagamos grande a América de nuevo”

El estilo hiperbólico y amenazador de hacer negocios de Trump (y de evadir impuestos) ha sido criticado en los grandes medios, pero eso también funciona al revés en la mentalidad popular individualista y liberal que ve a un triunfador en el que evade el control estatal. El Estado imperial es un organismo altamente institucionalizado donde no se hace de inmediato la voluntad (o los caprichos) del poderoso. Hay decisiones colectivas, procedimientos, plazos, contrapesos, controles que no se ven en la política peruana. La cuestión por ver es cómo va a gobernar Trump en medio de una ciudad como la capital americana en dónde sólo obtuvo un pobrísimo 4% de respaldo. Y no sólo eso. ¿Podrá hacer un viraje en la política imperial americana y llegar a acuerdos con Putin sobre Medio Oriente, cuando Washington ha sido responsable de impulsar el desastre que ha sido la, mal llamada, primavera árabe?