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Una publicación de la asociación SER

Tierra inesperada

Sobre “Persona”

El libro que enfrentamos nos lleva a puertos inesperados. Es un viaje. Un viaje que, además, es un reto, pues te obliga a confrontarte con una historia compleja de raíces profundas. Terminas el viaje destruyendo dramas y arquetipos, mientras los bandos de buenos y malos se confunden entre sí.

Además, es un libro diferente, con una construcción literaria bastante inusual. Primero, porque mezcla géneros literarios, desde el ensayo hasta la poesía. Además, el narrador tiene diferentes voces: por momentos es otra persona, por momentos se vuelve femenina. No contento con ello, mezcla también lo escrito con lo visual, transpone apuntes sobre imágenes y viceversa.

La primera parte del libro atrapa. Establece una metáfora que a mis ojos de cusqueña parece una discordancia o incluso un error. Viviendo en Cusco, siempre he escuchado cosas buenas sobre la “tierra”, que es nuestra madre, la conexión con nosotros mismos, la representación de la fertilidad. Es buena incluso cuando está relacionada con la muerte: enterrar es devolver a la tierra y dar paz eterna. Pero en esta novela la buena imagen de la tierra, que había alimentado durante toda mi vida, se rompió.

El autor presenta a la “tierra” como los restos de los muertos de la guerra interna. Anécdotas y reflexiones nos muestran que los desaparecidos terminaron siendo un hueso, un diente, polvo, solamente tierra. El autor reflexiona sobre el tránsito entre ser una persona y ser algo insignificante, una cosa que es cualquier cosa menos un cuerpo. Es más, explica cómo los procesos de memoria y recuperación de los cuerpos de desaparecidos obliga a muchos deudos a tener un poco de tierra como el único cimiento para construir toda la memoria de lo que alguna vez fue una persona.

Pero eso no es todo. La reflexión sobre la “tierra” se vuelve incluso más desconcertante, y me permito citar un fragmento:

“Sus bocas están colmadas de tierra, piedras, hierbas, insectos. Se pueden decir muchas cosas de unos niños muertos hallados en una fosa común, reventando de tierra: ¿estaremos dispuestos a aceptar que no es un mal destino? Son semillas. Son fardos funerarios. O, tal vez, momias modernas. ¿No es un acto caníbal, el de la madre tierra tapando la boca de sus hijos?”

Después de esta primera parte, la “tierra” deja de representar solamente esa cosa fértil para convertirse también en una cosa estéril que tortura gente y traga muertos. Este capítulo nos muestra que la reflexión a profundidad sobre lo sucedido durante la guerra interna crea contradicciones con aquello que siempre hemos dado por hecho. Es valioso brindar nuevos significados a las cosas que nos rodean, pues solo así podremos comprender mejor esta etapa insólita de nuestra historia.

Cosa similar pasa con dos imágenes que presenta el autor. Son dos fotos que evocan una nostalgia noventera y nos trasladan inmediatamente al colegio: dos útiles escolares muy populares con el mapa del Perú. Agüero empieza a escudriñar en la portada de un cuaderno donde los personajes van construyendo un Perú, aportando en conjunto a la edificación de un país, una metáfora bastante obvia. Pero la reflexión del autor se orilla en la molestia, pues no estamos frente a una representación idílica sino más bien frente a una imagen falseada que oculta un país mutilado.

Después, muestra tres imágenes de GoogleMaps que no apelan a la nostalgia, sino más bien a la cotidianidad. Son mapas de la ciudad de Lima intervenidos por el autor que nos hacen sentir que lo que vemos ahora son, en realidad, espacios travestidos y Agüero los desenmascara.

Debo hacer una confesión. Cuando vi los mapas pensé: “yo también le habría inventado un significado nuevo a todos esos lugares, nadie quiere pasar sus domingos en el parque recordando que justo al frente torturaban personas ¿Acaso no necesitamos ocultar ese dolor y hacer como si nada hubiese pasado?” Inmediatamente después sentí culpa por haber pensado lo que pensé. Después de un rato comprendí que es en realidad valioso enfrentarnos a estas imágenes que evocan respuestas que no son las fáciles, ni las correctas, sino más bien las de ocultar, olvidar o fantasear.

No obstante, el entregarte a la fantasía puede acercarte a la realidad. En una parte del libro llamada “Origen”, una fotografía de la familia nuclear de Agüero desencadena preguntas que lo conducen a imaginar tres destinos diferentes: ¿cómo hubiese sido la vida de su padre sin su madre, la vida de su madre sin su padre, o la vida de sus padres sin hijos? Se pregunta qué pensaban sus padres mientras posaban para la foto. El autor dedica varias páginas a darle vuelta a la realidad, y eso devela quiénes fueron esos militantes de Sendero Luminoso, los que no siempre fueron militantes, y nos conduce a sumergirnos en lo que siempre fueron: personas.

Por otro lado, este libro apunta a una deuda que tienen los estudios y representación de memoria con los militares y sus deudos. Agüero señala el vacío de no saber qué piensan ellos, no saber a dónde fueron desplazados ni qué sienten sus familias. Aunque muchas veces son tildados de héroes, eso no quita la muerte ni el dolor.

Hay cosas pendientes. Mientras hay muchos intelectuales y artistas construyendo una memoria, en el ejército es difícil encontrarse con un literato, un historiador o un poeta que pueda contar desde su propia subjetividad lo vivido y eso deja un hueco que, como dice Agüero, tiene un significado propio.

El silencio de las voces de los militares hace que resalten más las múltiples representaciones y construcciones de memoria que se están haciendo desde el arte. Creo firmemente que tratar la guerra interna como algo intocable, y tener que pensar mil y una veces que decir para decir siempre lo correcto, es un ejercicio inútil. Sí creo que debemos pensar y repensar sobre la guerra interna, mas no para esquivar las controversias sino para confrontarlas. Pero, ¿hay un límite?

Agüero nos aproxima, desde sus propias experiencias, a los momentos en que las historias del dolor e incluso los cuerpos de los desaparecidos fueron sacados de contexto o banalizados, mientras los deudos eran despojados de voz. Incluso debemos preguntarlos: ¿hay límites para las reivindicaciones políticas sobre los muertos? ¿Desde qué lugar está siendo enunciada nuestra memoria? Esta es una discusión que debe estar sobre la mesa, aunque seguramente será sujeto de una negociación continua en vez de terminar como un tema zanjado.

Como dije en un inicio, “Persona” es un viaje y tiene un final inesperado. El último capítulo está compuesto por puros dibujos hechos a mano alzada, bastante simples, que retratan a dos muertos de la guerra interna conversando entre sí. Los dos muertos conversan sobre las numerosas representaciones que han hecho sobre ellos con un nivel de sarcasmo que nos toma de sorpresa. Esperaba muchas emociones de este libro, pero cierra con broche de oro porque, aunque puede ser cruel, el último capitulo nos saca una que otra risa.

 

*Texto leído en la presentación de Persona (FCE, 2017) en la Feria del Libro de Cusco 2018.

 

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Claudia Farfán Valer: Antropóloga de Cusco. 

José Carlos Aguero