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Una publicación de la asociación SER

Temporada de Excavación: Mourning remains, Paisajes Ausentes y El Dolor del Retorno

El Equipo Forense Especializado (EFE) del Instituto de Medicina Legal (IML) de la Fiscalía de la Nación denomina “temporada de excavación” para referirse al periodo de tiempo, entre dos a cuatro semanas, en el que los expertos forenses se dedican a excavar full-time los restos de muertos-desaparecidos en las miles de fosas clandestinas, esparcidas por todo el país, como resultado del conflicto armado interno entre 1980 y 2000. A través de una investigación etnográfica y documental fotográfico, tres autores acompañan y narran en sus respectivos libros este proceso y la demanda de sus familiares por hallar sus restos en Ayacucho, la región más afectada por el conflicto. Ellos son el antropólogo peruano Isaías Rojas-Perez, Mourning Remains: State Atrocity, Exhumations, and Governing the Disappeared in Peru’s Postwar Andes (Stanford, CA: Stanford University Press, 2017), el fotógrafo documentalista y activista de derechos humanos estadounidense Jonathan “Jonás” Moller, Paisajes Ausentes: Memorias del Pasado Reciente del Perú (Madrid: Turner, 2017), y el fotoperiodista peruano Miguel Mejía Castro, El Dolor del Retorno: Exhumación y entrega de víctimas de la violencia política en Perú (Lima: Apu Editorial, 2017).

En Mourning Remains, Rojas-Pérez estudia la experiencia de un grupo de ancianas y madres quechua-hablantes de la Asociación Nacional de Familiares de Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP) y sus luchas políticas por hallar los restos de sus seres queridos, ejecutados y/o desaparecidos en la base militar conocida como Los Cabitos en la ciudad de Ayacucho. El libro revela la perspectiva indígena de estas mujeres y sus luchas políticas para rehacer los vínculos íntimos con sus muertos-desaparecidos dentro y fuera de los vehículos legales y discursivos del estado. A diferencia de las madres de ANFASEP que buscan a sus desaparecidos para su entierro digno, el libro dedica uno de sus ocho capítulos a un caso diferente: La experiencia de los familiares de la masacre de 69 campesinos en Accomarca (1985), quienes fueron testigos de la muerte y exigieron el reconocimiento político, antes que los rituales de entierro, mediante su participación en los procesos de exhumación y el juicio contra los perpetradores en el postconflicto.

Un primer argumento de Rojas-Pérez es que la búsqueda legal de los desaparecidos y la investigación forense en Los Cabitos revela la existencia de ciertas prácticas de “terror estatal” que daban como resultado algo parecido a lo que Hannah Arendt llamó “fabricación de cadáveres”, refiriéndose a la producción de muertes masivas similar a la ocurrida en los campos de concentración Nazis. Siendo el  principal centro de detención ilegal, tortura, desaparición forzada y ejecución extrajudicial de presuntos “terroristas” durante la guerra contrasubversiva, Los Cabitos era el modelo de aquella “fabricación de cadáveres” del “terror estatal” en Ayacucho. En efecto, seis años después de investigación forense, en el 2009, el Ministerio Público confirmó que, en el antiguo campo de entrenamiento y tiro de la fortaleza conocido como La Hoyada -adjunto a Los Cabitos- fueron hallados los cimientos de hornos de estilo industrial donde los cuerpos de las víctimas habían sido incinerados con el propósito de borrar todo rastro de su existencia. Asimismo, los expertos forenses excavaron decenas de fosas comunes de victimas con restos óseos desconocidos. Si bien exhumaron 109 cuerpos, solamente la mitad de ellos tenían esqueletos completos y el resto eran restos parciales junto con una cantidad innumerable de cenizas y fragmentos quemados de huesos humanos.

Un segundo argumento de Rojas-Perez tiene que ver con las políticas que el estado adopta para gobernar el cuerpo de los muertos durante el postconflicto. Esto es lo que el autor denomina “necro-governmentality of postconflict” donde el estado busca esclarecer el pasado violento y aspira garantizar la no repetición de los eventos traumáticos en el futuro a través de tecnologías de la verdad, lenguajes de marco legal, las ciencias forenses y razones humanitarias. Si bien durante el terrorismo de estado, éste tiene la soberanía del uso de la violencia y el poder sobre sus víctimas para dejar vivir o matar (necropower), en un contexto de postconflicto, adopta una política humanitaria para recuperar los cuerpos de las fosas clandestinas e identificarlos para darles un entierro digno. Sin embargo, el marco racional del estado y las ciencias forenses no garantizan del todo el retorno del cuerpo de los muertos-desaparecidos, porque las madres confrontan la verdad de que lo que queda de sus víctimas son fragmentos de restos calcinados, sin posibilidad de reconocimiento.

Lo anterior conduce al tercer argumento del autor, donde las madres reacomodan los sentidos de comunidad humana para devolver a los desaparecidos las prácticas cotidianas de duelo y conmemoración. A través de un paciente trabajo de campo realizado entre los años 2005 y 2007, Rojas-Perez recoge relatos biográficos, rituales, sueños, canciones y memorializaciones, donde las madres se esfuerzan por reconfigurar las fronteras ontológicas entre la vida, la muerte y la tierra (pacha). Al invocar a las deidades andinas como los cerros tutelares (wamanis), los familiares logran comunicarse con sus muertos-desaparecidos mediante visiones, apariciones y rituales de conciliación para devolverle la agencia humana y alcanzar una forma de justicia alternativa. A través de estas prácticas y tecnologías locales, las madres conciben la muerte no sólo como el final de una vida sino también como una experiencia humana, una forma de respuesta a la “fabricación de cadáveres” del estado y su discurso racional de la ley, la ciencia forense y la política moderna en el postconflicto.

En Paisajes Ausentes Jonathan Moller acompaña el trabajo del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF), entre los años 2009 y 2016, mientras en El Dolor del Retorno Miguel Mejía sigue al Equipo Forense Especializado del Ministerio Público, entre el 2013 y 2016. Ambas publicaciones bilingües (español e inglés) presentan textos e imágenes visuales de los muertos-desaparecidos durante los procesos de búsqueda, exhumación, identificación, restitución y entrega de los restos humanos a sus familiares. Los dos también contienen testimonios y fragmentos de entrevistas a los familiares de las víctimas.

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Moller, no sólo retrata los paisajes en los que las personas están ausentes, sino también la angustia de los familiares en su derecho de saber dónde están sus desaparecidos. Las imágenes recorren la geografía del terror en Ayacucho: pampas, montañas y quebradas desoladas donde antes hubo estancias de ganado, pastores con sus ovejas, caseríos con niños jugando en el atardecer, escuelas levantadas con adobe y techados con ichu o calamina, y aldeas llenos de vida. Aunque hoy estos lugares están despoblados, bajo su relieve yacen las fosas clandestinas, esparcidas, y a menudo con victimas esperando reencontrarse con sus familiares. Más allá de las cifras que se manejan, alrededor de 16 mil desaparecidos, como resultado de la violencia de Sendero Luminoso y la campaña contrainsurgente del estado, la fotografía y el activismo social de Moller le otorgan la memoria y el rostro humano a los muertos-desaparecidos en su conexión íntima con sus familiares.

 

Por su parte, en El Dolor del Retorno, Mejía acompaña a los deudos de las víctimas durante el proceso de búsqueda, rescate y restitución de los restos óseos de las personas asesinadas por Sendero Luminoso, el Estado o las rondas campesinas. Dividido en  tres capítulos (Rescate y la esperanza, El exhumador de los Andes y El dolor del retorno), el libro presenta no sólo la narrativa visual de la barbarie desenterrada en Chungui y Oreja de Perro, en la provincia de La Mar, sino también crónicas de la búsqueda, ubicación, exhumación, reconocimiento y entrega de los restos humanos a sus familiares de diversos pueblos de Ayacucho. A través de largas caminatas por caminos montañosos durante más de 15 horas hasta encontrar las fosas, así como el acompañamiento a los forenses y familiares de las víctimas, el autor registra la sensibilidad y cuidado con que los expertos recuperan los restos óseos durante la excavación y el llanto de los familiares. Los hallazgos son estremecedores como el color cobre de los casquillos de fusil que prueban los orificios en los cráneos, el corte con un machete sobre la columna cervical, los anillos entre las extremidades de una osamenta y las prendas de numerosos niños. Por ejemplo, en las fosas halladas en los parajes de la comunidad de Huallhua, decenas de niños y mujeres murieron perforados por las balas o degollados por el Ejército y los ronderos de la comunidad de Mollebamba entre 1986 y 1987. Del total de 19 fosas exhumadas durante dos semanas de investigación forense en Chungui, 56 víctimas fueron recuperadas, de las cuales 24 eran menores de edad y 18 eran mujeres.

Más allá del discurso legal y humanitario del estado y la teoría global de la justicia transicional que prestan mayor atención a garantizar la no repetición de la violencia masiva, estos libros ofrecen una perspectiva local e indígena diferente de cómo los familiares, especialmente las madres quechua hablantes, conciben a los muertos-desaparecidos para su entierro ritual y memorialización durante el postconflicto. Por último, revelan que las atrocidades y el terror son posibles expresar a través de una etnografía colaborativa y la narrativa visual. Contienen testimonios vivos de lo ocurrido en Ayacucho y sus comunidades, por lo tanto, son indispensables para la memoria histórica y un referente documental y metodológico para las futuras investigaciones.