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Una publicación de la asociación SER

Taxi, taxi

El vocablo griego taxi es una denominación que ha adquirido un carácter universal para el desplazamiento en un móvil de alquiler, un distintivo que se generalizó junto con la masificación del automóvil como un medio que permite una amplia libertad de desplazamiento. El servicio de coches tirados por caballos fue quedando relegado ante la comodidad y seguridad de los vehículos a partir de la fabricación en serie de vehículos que se inició con el Ford T. El constante desplazamiento de personas generó una multiplicación de servicios de hotelería, alojamiento, restaurantes y, por supuesto, de esta suerte de primeros anfitriones urbanos que son los taxistas.

Desde los primeros libros con los que nos habituamos a la lectura, aprendemos de la existencia de este medio de transporte y a través de los años vamos adquiriendo cierta familiaridad respecto a este particular viaje que conlleva una interacción regulada por un pago, pero que se concreta en un espacio delimitado y habitual para quien conduce, el cual le da cierta impronta; así, el servicio de taxi en un determinado país, o ciudad, está estrechamente ligado a la identidad que predomina en esa sociedad. Por ejemplo, en Nueva York, los amplios modelos norteamericanos conducidos por variopintos chóferes que han llegado de excéntricos lugares del orbe consolidan la imagen de que esta es una suerte de capital del mundo. En Lima es un gremio muy informal y hace unos años bastaba comprarse un distintivo que se pegaba y despegaba del parabrisas para acometer el oficio, allí los precios de las carreras se transan al subir y los taxis suelen deambular por ciertos sectores establecidos de la metrópoli. En Buenos Aires, los taxistas tienen opinión de todo, se dice que más de alguno ha asistido a sesiones con psicoanalistas destacados y suelen dar buenas orientaciones acerca de cómo tener una buena pasantía, de cómo disfrutar esa ciudad con tantas reminiscencias de Europa.

En mi infancia tenía un vecino taxista. Su auto era un imponente Chevrolet Impala con el cual remontaba los por entonces calamitosos caminos rurales que llevaban a los rincones apartados de la comarca. En mi pueblo, hasta el día de hoy sigue siendo un oficio muy reputado y los taxistas, en sus largas estadías en el paradero, analizan el acontecer cotidiano: son una suerte de barómetro que permite captar los estados de ánimo prevalecientes. En la capital o en Temuco, por lo general, prefiero subirme a vehículos manejados por un conductor que pinte cana; normalmente se trata de personas experimentadas que son ya avezados navegantes de las arterias de cemento, pero que se aferran a su timón con seguridad y fácilmente nos llevan al terreno de su biografía, construido en miles de kilómetros de recorrido que se han sumados a la memoria. Con ellos se comparte bondades y defectos de los automóviles, la situación económica o alguna noticia coyuntural; a veces la conversación más bien es monologada por el que va al volante, quien la conduce a lo que podríamos denominar la “enseñanza de la vida”. En la intimidad del taxi chileno habitan los miedos engendrados, las tragedias, los sinsabores y también los denodados esfuerzos por salir delante de los compatriotas. El viajero eventual, en búsqueda de llegar a su destino, entra a participar de esa multitud de voces embarcadas en la cabina; en ese espacio vivencial no solo van pasando por las ventanas las arterias y barrios, sino también el testimonio rodante de los sueños y esperanzas una y otra vez puestos en marcha.