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Una publicación de la asociación SER

“Soldados” o “enemigos”: la militarización del lenguaje frente a la pandemia y el comportamiento ciudadano

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Carla Granados. Historiadora y candidata al doctorado en Antropología Social del Institut des Hautes Etudes de l' Amérique Latine (IHEAL)- Université Sorbonne Nouvelle Paris III. Especialista en los estudios de memoria de los veteranos de guerra en el Perú.

El empleo de la metáfora de la “guerra” para denominar el proceso emprendido por el Estado peruano frente a la pandemia del Covid-19 pareciera no formar parte únicamente del lenguaje de los altos mandos militares. Ahora también es puesto de manifiesto con contundencia por las autoridades civiles responsables de atender la emergencia nacional. La más reciente intervención de la doctora Pilar Mazzeti, representante del Comando de Operaciones Covid-19 y ex Ministra de Salud el pasado miércoles 8 de abril en Arequipa, así lo demuestra:  “Esta es un guerra, y es una guerra atípica porque cada uno de los que está aquí sentado es el soldado y a la vez, es el enemigo. Somos el enemigo porque tenemos la capacidad de pasar el virus a las personas que están cerca y somos soldados porque también tenemos la capacidad de no pasarlo... Estamos en guerra y no actuar es traición a la Patria”.

En el marco de esta retórica belicista, los ciudadanos y las ciudadanas aparecen antagónicamente definidos como “soldados” o “enemigos” diferenciados por el comportamiento que manifiestan en el campo de “batalla” frente a la propagación de la pandemia, aunque su “obediencia”, “disciplina” y “lealtad” al aislamiento social en muchos casos sea calificada inmisericordemente en la medida de su resistencia al hambre y la pobreza.  En esta misma línea, los medios de comunicación vienen reproduciendo este antagonismo. Los ciudadanos son presentados públicamente como “obedientes” o “desobedientes” según la actitud que asuman ante las medidas adoptadas para el confinamiento, sin mayor análisis que explique estos comportamientos.

A 30 días de iniciado el periodo de inmovilización social obligatoria y una cifra de más de 50 mil detenidos por  el incumplimiento a las disposiciones del gobierno, violencia y resistencia a la autoridad, no debemos homogenizar las “desobediencias". A estas alturas sabemos que NO todas las cuarentenas son iguales. El comportamiento frente al aislamiento ha develado con crudeza, lo que todos conocíamos: la desigualdad, la exclusión y la pobreza extrema.

Apelar a la unión nacional para enfrentar un enemigo común como es el caso de la lucha contra la pandemia, ha dado lugar también a una retórica épica en el Perú. Aunque esta colisione con la realidad. Mientras por un lado se invoca a la heroicidad de  médicos, enfermeras,  policías, militares, entre otros servidores públicos quienes se encuentran en “primera línea” frente al virus, de otro lado se  construye la imagen de los “enemigos de la Patria” un eufemismo empleado para referirse a los ciudadanos “desobedientes”, “indisciplinados” o “ignorantes” y excluirlos simbólicamente de la  Nación.  Adjetivos empleados despectivamente con  alusiones abiertamente racistas, machistas y homofóbicas, reforzando así los estereotipos preexistentes a la crisis.

El empleo de la metáfora de la “guerra” en el presente estado de emergencia ha vuelto a confirmar también los “otros” conflictos vigentes en el Perú: Lima vs. las provincias; ricos vs. pobres; los civiles vs. militares; blancos vs. cholos; educados vs ignorantes, etc. Pensamos que dividir al país usando la metáfora del “soldado” y el “enemigo” no hace más que profundizar las fracturas existentes de la sociedad peruana. Los debates generados acerca del uso de la fuerza ante la “desobediencia” ciudadana, se encuentra el ejemplo más extremo de cómo este lenguaje militarizado puede decantar en la legitimación de prácticas violentas.

Creemos que recurrir a la militarización del lenguaje en esta crisis sanitaria nos envuelve otra vez en una narrativa belicista que lejos de promover la unión nacional nos alienta a la confrontación.

La metáfora de la “guerra” en diversos países, como señalan los expertos, simplifica la actual tragedia sanitaria mundial. Reduce su gravedad como si sólo se tratara de oponer a los que se encuentran a favor o en contra de la propagación de la pandemia, cuando esta crisis sanitaria es ante todo una catástrofe “en condiciones de globalización planetaria”. De este modo lo que estamos experimentando en el Perú, no se trataría de una “guerra” donde participan héroes o verdugos. Esta tragedia tiene responsables. Lo que venimos enfrentando, es sobre todo, una crisis generada por el progresivo  desmantelamiento y precarización del sistema de salud pública, cuyo costo justamente es el alto índice de mortalidad.

Quizá resulte más útil que el Estado retome al empleo de un lenguaje cívico, en el que distinga claramente su responsabilidad de aquella de los ciudadanos, evitando recurrir al lenguaje militarizado que apela principalmente a la “vigilancia y castigo” de los ciudadanos responsabilizándolos por los efectos que pueda alcanzar la pandemia en las semanas venideras. Es evidente que existe una responsabilidad ciudadana en la seguridad nacional, así como el cumplimiento estricto de las medidas adoptadas por el gobierno en las actuales circunstancias. Pensamos que hacer frente a la crisis sanitaria en el Perú debemos ir más allá de la formulación de ensayos biopolíticos que se legitiman justamente bajo la metáfora de la “guerra” y que colocan en “primera línea” al Estado frente al virus, al Estado frente sus ciudadanos o a los militares frente a la población civil.

Para destacar el actual liderazgo asumido por el Estado peruano y la ardua labor que vienen cumpliendo de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, no es necesario invocar a la retórica bélica como estrategia de comunicación pública para enfrentar la gravedad de la crisis desatada por la pandemia. Y, menos en la comunicación que los agentes de seguridad vienen estableciendo con la ciudadanía, más aun si tenemos en cuenta que formamos parte de países con históricos antecedentes de conflictos internos. No conoceremos las implicancias del empleo de la metáfora de la “guerra” en el imaginario social sino hasta que pase la crisis. 

En un país fragmentado como el Perú, que se caracteriza por una tendencia popular al respaldo de políticas y prácticas autoritarias, cuyo antecedente más cercano se pudo observar en los resultados de las elecciones parlamentarias, resulta aún más necesario el empleo de un lenguaje asertivo de parte del Estado que ayude a mirarnos más como semejantes, a fortalecer nuestro respeto y solidaridad.  Los peores momentos vendrán con la crisis económica que se aproxima, aquella en la que sólo podremos sobrevivir practicando  los valores que distinguen la cultura de paz. Por ello, urge una mirada interdisciplinaria, desde los campos de la psicología, la antropología, la sociología y demás ciencias sociales en la conducción y comunicación frente a la crisis, una perspectiva que atienda la complejidad intercultural y los contextos de desigualdad que caracterizan a la sociedad peruana.