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Una publicación de la asociación SER
Socióloga, analista política y de género.

Señor Presidente: ¿y las mujeres y niñas?

Señor Presidente, como el resto de la ciudadanía, usted se habrá horrorizado al conocer el brutal caso de una bebé de 3 años violada en un nido, en Chincha. Quisiéramos pensar que se trató de un “monstruo”, un enfermo desquiciado de esos que puede haber en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, los datos de la Policía Nacional nos dicen que en nuestro país no es un hecho aislado.

Señor Presidente, en el 2016 se registraron 261 casos de violación a niñas y niños de 6 años o menos. Es decir, en el Perú, cada semana se registran 5 denuncias de violación sexual contra niños y niñas de 6 años o menos. Lo que ocurrió en Chincha no fue una excepción, sino un indignante crimen cotidiano. Según esos mismos registros, el 12% del total de las denuncias de violación sexual que se registraron en el país fueron contra criaturas de 9 años o menos.

Estamos ante una emergencia, Señor Presidente. Una epidemia recorre el país. Mujeres y niñas, desde muy pequeñas, son las principales víctimas. Una epidemia que hasta hace poco no habíamos identificado como tal, porque no lo queríamos ver así.

En efecto, según el Ministerio Público, si en el 2015 se registraron 1715 denuncias de delitos contra la libertad sexual, al año siguiente esa cifra subió de modo alarmante: 21,614, y el 2017 subió aún más: 23,999. ¿Qué pasó? La Ley 30364 Ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contras las mujeres, aprobada en noviembre del 2015, ordena celeridad de atención de los casos, reduciendo los “encarpetamientos”, el camino al olvido burocrático y sacando a la luz miles de denuncias más. Por eso, Señor Presidente, si la Policía Nacional y el Poder Judicial ya tenían serios problemas, hoy la realidad los ha sobrepasado.

Además, Señor Presidente, muchos jueces siguen ciegos a la tragedia de niñas y mujeres. El caso Arlette Contreras es una muestra de ello. No importa cuán bueno sea un fiscal, si tenemos jueces anclados en criterios machistas. Si, por ejemplo, un juez amparado en su formación “positivista”, sigue arguyendo que el intento de feminicidio no se puede probar, a menos que el marido que disparó contra su mujer porque esta le dejaba, no dijo en ese momento “te disparo porque te odio por ser mujer” o “te disparo porque tú eres mi propiedad”, o sandeces de ese tipo, es poca la justicia que se puede aplicar. 

Más importante aún, Señor Presidente, las niñas y niños necesitan educarse para sanarnos de esa epidemia. Primero, para que las víctimas potenciales aprendan a identificar ese peligro. Pero para defender su cuerpo ellas requieren conocerlo, así como saber sin tapujos de qué tiene que defenderse. “Vendarles los ojos”, en nombre del puritanismo, es sacrificar a más niñas. ¿Quiénes se hacen responsables de ello?  

El problema es aún más grave, Señor Presidente: seguimos reproduciendo ese virus. Siendo un problema masivo, no es un asunto sólo de “monstruos” depravados que acechan detrás de un árbol o en un cuarto oscuro. Reproducimos ese virus cuando no formamos a los chicos y chicas en la igualdad real y cotidiana. Cuando les hacemos creer a los chicos que ellos serán “los dueños y señores del hogar” y la mujer debe obedecer. Y que, por tanto, no hacerlo es una ofensa a ese “señor”, que siente que no le queda otra que “castigar”. Cuando no educamos a los adolescentes sobre qué es el “consentimiento” y el respeto entre mujeres y hombres.

Usted más que nadie Señor Presidente, siendo hijo y esposo de educadoras, sabe del rol fundamental de la escuela. Por eso es tan importante avanzar mejorando instrumentos como el Currículo Nacional y su enfoque de igualdad de género.

Queda mucho por hacer, empezando por reconocer que tenemos ese serio problema. Y por decidir que la felicidad de niñas y mujeres libres de violencia, y de niños y hombres sanos y libres de la carga machista, nos hará una mejor sociedad.