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Una publicación de la asociación SER

Sabemos poco, coimeamos más…comemos rico

Son tres verdades, de muchas, que reflejan la tristemente célebre cotidianeidad peruana. Nos sentimos orgullosos e inflamos el pecho cuando alguien, en el exterior, nos reconoce como representantes del país con la comida más variada, sofisticada y exquisita del mundo. No obstante, también nos avergüenza saber que el estereotipo peruano en el exterior es ignorante, corrupto y traficante de drogas ilícitas (por no mencionar que debes ser pariente de Laura Bozzo). Quienes hemos tenido la dicha de viajar al exterior podemos, con tristeza, confirmarlo.

Pero, vamos por partes. Pisa 2012 nos demuestra que, a nivel latinoamericano, el Perú ocupa el último lugar en un ranking que analiza comprensión lectora, matemáticas y ciencias en chicos de 15 años. No obstante, hay que hacer la salvedad de que en este programa de la OCDE participaron solo 8 países de los más de 30 latinoamericanos, hecho por el cual no resulta certera la afirmación con la que comencé este párrafo y que ha sido titular de mucha prensa atolondrada y carente de afán de investigación. Pero, ¿de quién es la culpa? El peruano promedio está acostumbrado a ‘tirarle el pato’ al Estado. “Es culpa de los gobernantes”, “Son una tira de corruptos”, “S olo velan por sus intereses”, dicen algunos, dejando entrever que estos están más libres de pecado que aquellos. Sin embargo, no mienten pues todo lo que afirman es verdad. Lo que no mencionan es el aspecto privado; es decir, qué hacen ellos (considerando las actuales condiciones de desigualdad o ventaja de oportunidades) para mejorar los niveles de educación de sus propios hijos.

Yo creo firmemente que el Estado tiene una gran responsabilidad: proveer de Educación de calidad a sus ciudadanos. Además, creo también que el Perú, en este aspecto, falla muchas veces en cuestiones de administración y gestión pública, en asignación presupuestal, en claridad de metas y objetivos a corto y largo plazo y, además, en liderazgo sectorial. Aún así, muchos peruanos preferimos esperar recibir una bolsa de arroz a buscar los medios para sembrarlo. En otras palabras, los peruanos estamos mal acostumbrados (por tradiciones políticas clientelistas) a recibir todo muy fácil y a hacer muy poco por nosotros mismos.

Por otro lado, resultaría apropiado que el ministerio de Educación, si es que ya no lo está haciendo, haga  un  estudio para determinar las prioridades de los escolares. ¿En qué están pensando estos chicos? ¿En programas de televisión basura? ¿Tienen alguna meta específica? El sector  debería plantearse la idea de intentar reformar no solo el sistema educativo (en cuanto a contenido y gestión), sino también las formas de cultura existentes que están llevando a los adolescentes peruanos a interesarse en banales eventualidades.

Otra cuestión: de acuerdo a Transparencia Internacional, el Perú está en el puesto 83 a nivel mundial en el Índice de Percepción de la Corrupción, de 177 países. Ojo, ‘percepción’. En nuestro país ha habido bastante polémica en torno a la definición y lo que implica la percepción de ciertos fenómenos (inseguridad ciudadana, sobre todo). Contrario a lo que muchos sostienen, éstas  tienden a esparcirse rápidamente en una sociedad en la cual la falta de información (o la  información parcial, dudosa y con titulares alarmistas) reina en las calles. Pero la falta de información objetiva y la pasividad de los individuos que reciben la información subjetiva reflejan las principales falencias de una sociedad que nos ha educado para dejarnos ‘pisar el poncho’. Una sociedad en la cual las críticas se fundamentan ad hominem y carecen de argumentos válidos y sostenibles. Sin embargo, pese a esta ‘falsa percepción’ (que no es, ni será nunca objetiva por definición), sí existen niveles altos de inseguridad y de corrupción en el país.

Pero, ¡echémosle la culpa al Estado! Claro, él es el culpable  porque no dispone de mecanismos para hacer cumplir la ley de la forma más efectivamente posible. Además, porque facilita las condiciones para que se produzcan actos de corrupción (salarios bajos, lenta burocracia, entre muchas otras). Cierto, pero, ¿y nosotros? ¿Qué hacemos los individuos, desde el ámbito de socialización (familia, grupos de pares, escuelas)? ¿Qué hacemos nosotros para evitar estas prácticas generalizadas? No mucho, la verdad. ¿Dónde quedó ese individualismo progresista que buscaba la excelencia en la modernidad?

Los comportamientos de los individuos se basan en reglas y procedimientos informales que han sido inculcados desde temprana edad, y que, asimismo, han sido reforzados en aquellos grupos de socialización. Estas normas informales contrastan seriamente con las normas formales establecidas en la legislación y generan, ergo, una brecha que permite la realización de diversas actividades ilegales (desde una pequeña coima hasta traficar niños y más). Pero claro, comemos rico y somos reconocidos por eso. Eso nos preocupa más.