Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Rompiendo el pacto de silencio

Definitivamente las mujeres estamos cambiando y en ese caminar estamos cambiando el mundo, la forma de concebir las relaciones, las cuestiones que permitimos y no permitimos, lo que queremos y lo que no queremos. Especialmente las más jóvenes nos están dando lecciones de valentía al enfrentarse con firmeza a las situaciones de violencia en la calle, en los centros de trabajo, de estudios y en la casa, rompiendo de esta forma ese oprobioso pacto de silencio que en nuestras familias se ha mantenido desde hace siglos. La lucha y las denuncias de estas chicas nos están permitiendo poner a la luz pública hechos que han venido ocurriendo desde que las mujeres tenemos memoria. Me atrevo a señalar que no hay una sola mujer que en algún momento en su vida no se haya sentido violentada sexualmente, desde un toque en el bus o en la calle, en el trabajo, en el colegio o en la universidad hasta una violación o abusos sexuales en su propia casa, en el lugar donde debería una sentirte más segura y protegida.

Hace unos días, la denuncia pública de Roxana Naranjo a su padre, el poeta Reynaldo Naranjo, que la violó cuando era adolescente, nos estalló en la cara. Un hombre intelectual abusando de su hija no es algo común en los medios, en los que sí suelen aparecer de vez en cuando casos de hombres abusadores en los sectores populares, cuando son denunciados. El caso de Naranjo[1], a quien por lo menos ya le ha llegado una sanción moral al retirarle temporalmente el Ministerio de Cultura el Premio Nacional de Poesía, nos da cuenta de que la violencia sexual no es nueva, lo que es nuevo es que ahora se habla, se grita públicamente del abuso de padres, tíos, primos, hermanos, de profesores a estudiantes en la universidad, de un actor a jóvenes actrices, de jefes a chicas que trabajan bajo su mando, de novios o esposos abusadores y hasta de amigos en quienes confiábamos plenamente, como lo ha denunciado recientemente Ale Wendorff  sobre la actuación del poeta Domingo de Ramos, un buen amigo suyo, quien en un ambiente de confianza habría abusado o intentado abusar de ella.[2]

Romper el silencio es un camino difícil para muchas mujeres, como lo refleja el testimonio de Roxana Naranjo. Es un camino que puede durar años, la mitad de la vida y más, es un camino que muchas veces no se puede iniciar porque la violencia sexual deja profundas huellas y heridas que son difíciles de sanar, que se prefieren ocultar, olvidar, porque no solo es la estigmatización que puede sufrir una víctima, sino el sentimiento de suciedad y culpabilidad que la marca o el miedo cuando recibe amenazas del adulto o la terrible sensación de soledad al no poder hablar del dolor, la desazón, al no poder pronunciar el nombre del padre o el familiar al que, pese a todo, ama. También cada vez más somos testigos en algunos sectores de que se está rompiendo el pacto de silencio, que chicas jóvenes encuentran apoyo y soporte incluso de sus madres, de profesoras, de otras mujeres, como sucedió hace poco con la chica a la que violó un taxista de UBER, cuando volvía de su casa, cuando la vio vulnerable[3]. Aunque sea el mismo repetido, es necesario mencionar que la violencia sexual contra las mujeres, o contra cualquiera vale mencionar, es una expresión del poder, de la posibilidad de dominar a la otra que se encuentra en situación de indefensión o que no se espera que se defienda.

Mujeres jóvenes están marcando la pauta, mujeres feministas que siguen el camino que abrieron las antecesoras, que no tuvieron quizá la misma posibilidad de expandir su grito, pero que fueron poniendo las piedras para hacer el camino que ahora transitan las nuevas generaciones.

La denuncia pública en las redes está siendo la principal ventana en la que se cuentan los hechos. Si bien no es para nada un espacio seguro, es el que permite que se haga mayor difusión y se genere de alguna forma la solidaridad de otras mujeres, para de ahí pasar a otros espacios, como la universidad o el espacio de trabajo. Precisamente hace unos días, una reunión convocada por la Decana de Ciencias Sociales de la Universidad Católica para tratar sobre el hostigamiento sexual en la universidad fue el escenario para hablar de lo que pasa con las chicas en el espacio universitario y también para preguntar sobre los avances en el caso de un profesor que habría violado a una joven y a quien se había retirado de las clases mientras duren las investigaciones. Ésta es una denuncia más de los casos de acoso y abuso que se vienen dando en dicha universidad y es más impactante porque el profesor aludido en este espacio, Jaris Mujica, es un investigador sobre violencia de género y ha sido miembro de una institución feminista que trabaja firmemente por los derechos de las mujeres, la cual, al recibir la denuncia de la joven agraviada le pidió que  renuncie.

Este es un caso que demuestra lo difícil que es hablar de lo que pudo haber pasado para una mujer, de lo difícil que es hacer el camino hacia la denuncia, especialmente cuando ha pasado mucho tiempo y ya  no existen pruebas tangibles, que es lo primero que le piden a una mujer que se atreve a denunciar. Generalmente y de manera inmediata, como en el caso de la denuncia contra Mujica, se levantan voces contra la denunciante de manera explícita o implícita, tildándola de mentirosa o insinuando que tiene ocultos intereses, y en defensa del denunciado, resaltando su prestigio, su trayectoria profesional, su compromiso familiar, como si eso fuera la vacuna inmunizadora de esa masculinidad tóxica que se les inculca a los hombres en nuestras sociedades. Lo bueno es que también hay otras voces que apoyan los testimonios, que, conociendo lo duro que es hablar de estos hechos para la mayoría de mujeres, les creen, sin por ello dejar de señalar que esperan una investigación de los sucesos.

Sí, las nuevas generaciones están marcando el camino, pero queda mucho por hacer, como bien lo menciona la politóloga Carmen Ilizarbe en su Facebook: “Enfrentamos pues el urgente reto de cuestionar y deshacer formas instituidas de violencia y subordinación, de fortalecer procedimientos institucionales aún débiles o ineficientes para sancionar abusos y crímenes, y sobre todo de trabajar cada día y en todos los espacios por cambiar las formas de relación que permiten la reproducción de la violencia y la subordinación de género y el abuso del poder.” Es entonces un esfuerzo que nos compromete a todos y todas en los diferentes espacios en que actuamos.

Ese es pues el camino para que las mujeres, para que nuestras hijas e hijos también no tengan que vivir con la violencia como parte constitutiva de sus vidas, para que una chica pueda tomar un taxi a cualquier hora, vestida como quiera, con trago o sin trago, y que ningún hombre piense que por ello puede disponer de su cuerpo y de su vida. Nuestra sabia amiga Ana Tallada, quien voló hace unos días hacia el infinito, nos dejó marcada la ruta que tenemos que seguir todas y todos quienes queremos otro país y otro futuro. “Los peruanos merecemos un país en el cual las mujeres y las niñas caminen en libertad, sin temor a ser violentadas; no permitamos que la violencia les arrebate ese derecho.”[4]  ¡No lo permitamos!

 

[1] Gabriela Wiener y Diego Salazar, “Reynaldo Naranjo: una historia de terror en París”, Ojo Público, 6 de agosto del 2018. https://ojo-publico.com/770/reynaldo-naranjo-una-historia-de-terror-en-paris

[2] https://www.facebook.com/ale.wendorff/posts/10160871318655370?__tn__=K-R

[3]  “Joven denuncia haber sufrido violación sexual en taxi por aplicación, El Comercio, 20 de agosto del 2018. https://elcomercio.pe/lima/policiales/uber-joven-denuncia-haber-sido-violada-taxi-aplicacion-noticia-548729

[4] Ana Tallada, “Las mujeres y el país que merecemos”, El Peruano, 24 de noviembre del 2017.

https://elperuano.pe/noticia-las-mujeres-y-pais-merecemos-61421.aspx