Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

“Roba pero hace obra”, ¿dónde quedó lo político?

La campaña municipal a la alcaldía de Lima presenta un panorama aterrador. Un candidato típico de la razón criolla, silencioso y con casos de corrupción de por medio; una candidata con partido o movimiento prestado que pone en acción aquello que Carlos Iván Degregori describiera como “lo antipolítico”; un candidato que ensalza seguidores con música… una carestía de debate alucinante. ¿Dónde quedaron los planes políticos? ¿”Hacer obra” por “hacer obra”? ¿Dónde quedan la planificación, los planteamientos políticos, la ciudadanía? ¿Dejar que robe la casa pero que haga obra? ¿Qué valores fomentamos y transmitimos como sociedad? ¿Qué tipo de licencia social, o mejor dicho, qué tipo de contrato político se gesta en esto que se permite, y qué política se construye de algo tan perverso como eso?

Como antropóloga, me he formado para entender que lo cultural se crea, recrea, transforma, así como los físicos se explican la materia y la antimateria.  Es decir, es constitutivo. Pero, ¿qué sucede en el terreno de lo político? ¿Qué se está gestando ahí donde prevalece un discurso tan contrario a derechos, deberes, ciudadanía, justicia, igualdad? ¿Dónde están los ciudadanos? Vergara postulaba que somos ciudadanos en busca de una república. Pero la república existe desde el siglo XIX, construida precisamente por aquellos ciudadanos que venían desde los lugares remotos, del siempre distante “Perú profundo” y que a partir de mediados del siglo XX transformaron la geopolítica de la ciudad de Lima, extendiéndola hasta en tres valles. Se vuelve necesario volver a las raíces y leer el magnífico estudio de Cecilia Méndez en La República Plebeya (IEP, 2014).  Me niego a pensar que somos una república completamente tomada por un discurso neoliberal pleno, representado en jóvenes desideologizados que administran ministerios, cuya única bandera es el bienestar individual, el “¡sí puedes!” frente al “no me importa el otro”; el libre mercado y la competencia frente al dolor dejado por el lastre del conflicto armado interno. Somos un país de posguerra, con sus propias disputas de memoria y una violencia que se torna cotidiana. Una de nuestras peores herenciasde los noventa, de la violencia y el lastre fujimorista, es precisamente ese aletargamiento de lo político y la crítica desmedida a quiénes hacen una política diferente; aquellos que salen de cánones y agendas oficiales quedan demonizados y reprimidos. Entonces, ¿qué queremos? 

“Roba pero hace obra” se me vuelve familiar, me evoca el trabajo de Hannah Arendt sobre el nazismo en Alemania y la banalización del mal; la banalización del poder político. La acción recae en la propia institución y la tecnología de poder que se construye en su entorno, y el sujeto queda libre de polvo y paja, queda libre para reelegirse, el cargo ameritaba que se cumplierala acción. Hay una trasposición entre sujeto e institución.  No hay una reflexión del sujeto sobre sus actos, tampoco un juicio público de la población sobre los actos del sujeto. Hay una dispensa, casi una despersonalización. Pero, ¿qué pacto silencioso se teje ahí? El problema es que el sujeto no es un simple burócrata que cumple con rigor y sin reflexión su función. Aquí estamos eligiendo a la cabeza de una institución que luego no queremos que nos atropelle en nuestro ejercicio cotidiano de derechos y deberes ciudadanos.