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Una publicación de la asociación SER
Abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

Río arriba, el petróleo

Llegar a Cuninico no fue fácil. Salimos del hotel de Nauta a las 5 de la mañana. Ya teníamos los boletos comprados para el rápido “Magin” (deslizador con una capacidad para aproximadamente 50 personas), así que subimos sin problemas, pero este demoraba demasiado en partir. Nunca nadie de la empresa nos dijo nada, simplemente el rápido no salió, impedido por la fiscalía. Justo ese día. El argumento que escuchamos es que no cumplía con los requisitos de seguridad. Sin embargo, las personas que iban como pasajeras, y que hacen la ruta constantemente, comentaban que era raro que no saliera, que esto nunca había pasado.

Igual teníamos que llegar. Carmen Rosa Arévalo del Vicariato de Iquitos, que dirigía la delegación, hizo cuentas de cuánto teníamos y cuánto más podíamos pagar para alquilar un deslizador más pequeño y preguntó por todo el puerto. A los veinte minutos estábamos en un rápido bastante más chico navegando por el Marañón rumbo a Saramuro, eso sí, carísimo. Llegamos a esa comunidad cuando estaba por oscurecer. Los grandes tanques de petróleo entre Saramurillo y Saramuro sobresalen en plena Amazonía y ahí te das cuenta de que no sirve para nada tener tanto petróleo tan cerca, si el combustible para los botes es demasiado caro para las comunidades nativas de la zona. Luego esperamos que el Apu de Cuninico, Galo Vásquez, que iba con nosotras se comunicara con la comunidad y nos vinieran a recoger. Salimos de Saramuro rumbo a Cuninico ya como a las 7 de la noche. Íbamos 10 personas en un bote pequeño, río arriba del Marañón. Yo iba con mucho miedo, navegando de noche y sin salvavidas, tratando de sonreír y disimular mi temor.

Llegamos a Cuninico casi a las 11 de la noche. Flor y César nos esperaban con los brazos abiertos en su casa, al costado del local comunal, tenían todo dispuesto para nuestra llegada, la comida, el café caliente, las camas, que eran sus camas y las de su familia, con los mosquiteros y por sobre todo con mucho cariño.

Al despertar al día siguiente, te impresionaba la imagen, una casa frente a un río soberbio, el gran Marañón, y todo era verde alrededor. Salimos a las 6:30 de la mañana a surcar la quebrada, al punto cero del derrame ocurrido en junio de 2014, hace casi dos años. Las costras de petróleo encima del agua están ahí, basta que con se remuevan un poco para que el crudo se esparza y se pueda tocar, embarrándote las manos de una masa negra y con olor penetrante. El agua también tiene una capa como de aceite que se ve a simple vista. Las boyas naranjas, barreras que ha instalado Petroperú, sucias por el petróleo también están ahí, pero no abarcan todo el ancho de la quebrada, como si las hubiesen puesto cuando el agua estaba mucho más baja y no se hubieran percatado que la quebrada se ha llenado en época de lluvias. En la zona no hay peces.

Las personas de la comunidad que iban en el bote nos contaban cómo hace casi dos años al ver a los peces bajando muertos por el río, se dieron cuenta de que el petróleo se derramaba. Nos contaban cómo hoy ya no podían pescar.

Luego de esto, la comunidad nativa de Cuninico tuvo una jornada intensa de dos días con su abogado. Allí todo eso que una estudia y repite, sobre que las decisiones de la comunidad deben ser trabajadas y consensuadas por la comunidad, y que sabía que era lo necesario, aunque muchas veces me cuestioné sobre si era viable o no, lo comprobé viendo interactuar a Juan Carlos Ruiz, abogado del IDL, con la comunidad, y pude confirmarme que sí es posible. Es cansado, sí, y bastante. Pero es lo que se tiene que hacer, el abogado de la comunidad explicándoles todo lo avanzado, el estado en el que está la demanda de cumplimiento y todas las acciones legales y de incidencia, nacionales e internacionales, que se vienen haciendo; y luego, en el segundo día, recogiendo cada una de las expectativas y demandas de la comunidad.

Fueron dos días en los que cada una las personas de esta comunidad del pueblo indígena Kukama Kukamiria contó sus temores por la contaminación por petróleo, dos días en los que pude conocer de manera directa como antes la comunidad vivía en la pesca (en uno de los extremos quedan aún las congeladoras varadas en la orilla del río) y ahora que ya nadie les compra el pescado, sienten que todo en su vida se ha trastocado. Cuentan que ahora se enferman más o cómo se llenan de llagas en la piel y que les es difícil atender su salud ya que en la comunidad no hay posta médica, que en el colegio a las niñas y niños les cuesta más aprender y atender en clase; que la alimentación ha variado, ya no pueden comer los peces ni tomar el agua del río; que como Petroperú empezó a pagar para que recojan el petróleo han llegado muchas personas foráneas y los precios de los alimentos han subido demasiado, se vende más alcohol, hay discotecas con música a todo volumen alterando la tranquilidad de la comunidad; también que hay más casos de violencia familiar.

La pesadilla empezó hace casi dos años, la contaminación de sus aguas, su río, llegó y hasta ahora no se va del todo. Lo que piden es solo seguir viviendo, algo tan básico que parece que Petroperú no quiere entender y ni que se diga el gobierno: necesitan una planta de agua potable, una posta médica equipada que les permita atenderse y sobre todo controlar el crecimiento de las y los recién nacidos, que hagan los exámenes a los peces para que puedan volver a pescar y alimentar a sus familias, que se limpie toda la quebrada y se remedie toda la comunidad de una buena vez. No pueden ni quieren seguir viviendo en medio del petróleo. Y también piden que la empresa y los ministros les pidan disculpas, porque los acusaron de sabotear el ducto, pero ellos no lo hicieron, y saben que la empresa ha reconocido que fueron casi veinte años en los que no se le hizo mantenimiento al ducto.

Esos días nadie habla de las elecciones, hasta allí no llegan los candidatos presidenciales y saben que no llegarán ni por elecciones, y si llegaran harían lo mismo que hicieron los funcionarios de Petroperú, les darían un sermón sobre lo que deben hacer, les mentirían y además mandarían a comprar su agua embotellada y, ni por asomo, comerían o dormirían en sus casas. Son dos años que llevan viviendo en medio del petróleo, ¿alguien se atrevería a cuestionar su desconfianza?

Regresar fue toda una odisea, el único rápido que pasa diario río abajo hasta Nauta puede recogerte o no, ese día pasó de largo y no nos recogió. Como para venir, Carmen Rosa hizo malabares y consiguió que llegáramos a Nauta a la media noche. En el camino de regreso iba pensando en todo lo escuchado, en tanto temor percibido y a la vez tanto cariño recibido, en las esperanzas que tienen por todo lo que están haciendo con su abogado, saben que lo que están haciendo se tiene que cumplir para lograr algo tan imprescindible, ser tratados como personas.